A un año de su desaparición, aún cuesta resignarse a la ausencia del líder de Soda Stereo. Al menos físicamente, porque su obra trascendió lo material y se instaló en nosotros para siempre. Aquí lo recordamos con estas fotos inéditas de Guido Adler.

 

Así como todo gran alquimista de la cosmogonía del rock, Gustavo Cerati supo no sólo sobrevivir al paso del tiempo, sino también adaptarse a las modas y las tendencias por su imaginario y consistencia innovadores. Lo que demostró recientemente la celebración del primer cuarto de siglo del disco Canción animal, con el que Soda Stereo estableció un punto de inflexión en su carrera debido a que modernizó la identidad del rock argentino a partir de su tradición sonora. Si bien ese trabajo significó su consagración en su propio país, la terna logró finalmente hacerse de tamaño reconocimiento tras haber conquistado todo el continente americano. Por lo que hasta el día de hoy sigue ostentando la marca de “grupo emblemático del rock en español”, que al parecer mantendrá en su poder por un buen rato más porque aún no se vislumbra a otro artista con la osadía, contemporaneidad ni capacidad visionaria del frontman.

 

 

Aunque su impronta se puede reconocer en exponentes noveles nacionales como Barco (considerado por muchos el Soda Stereo versión 2015 del indie argentino) e incluso en su vástago, Benito, quien lleva adelante el laboratorio sonoro Zero Kill, la influencia de Cerati trasciende la canción en sí. Y es que el músico apeló no sólo a la innovación, lo que lo convirtió en un artista único, pues dio cátedra en la traducción de la vanguardia primermundista a la idiosincrasia latinoamericana, sino que su inagotable curiosidad también lo moldeó en un operador cultural capaz de tener el tino para reclutar o respaldar talentos paridos en el anonimato del under. La muerte de Luis Alberto Spinetta ya representaba un inesperado y duro golpe, la partida del autor de “Cosas imposibles” puso en jaque al rock argentino debido a que lo dejó acéfalo de un liderazgo con proyección de futuro. Lo que quedó en evidencia en el último año, en el que las contradicciones, falencias y carencias de la escena saltaron a la luz en busca de orientación.

 

Dos libros sobre su vida, el doodle que lanzó Google con motivo del que hubiera sido su cumpleaños 56, una extensa lista de tributos (el más reciente sucedió con una puesta orquestal, el 4 de setiembre, en el CCK, para conmemorar el primer aniversario de su muerte) y el compilado Cerati infinito son el inventario de emprendimientos de la industria cultural argentina para, según el cristal con el que se lo mire, capitalizar o mermar la pérdida del músico. Pero aludiendo a su canción “Adiós”, transformada por sus fans en un símbolo de su despedida, hay vacíos que no pueden llenarse. Aunque Leandro Fresco, otrora integrante de la última formación solista del ex Soda, se animó a rescatar una colaboración junto a él para su reciente disco, El reino invisible. Justo el lugar que Cerati tornó en su feudo, mientras su madre, Lilian Clark, una campeona de la adversidad, lo que la convirtió en una inesperada heroína del pop, se encarga no sólo de velar por su legado, sino de descubrir cada vez que se anima una historia del niño que soñó con transformarse en una estrella de rock.