Quería ser actor, pero mientras merodeaba por el mundo del cine se cruzó con un mánager de rockeros que le cambió la vida. A él y a todos nosotros, porque si hubiera seguido su primera vocación nos hubiéramos perdido algunos de los discos más extraordinarios del siglo pasado, del presente y del que vendrá.

 

Tom Waits es el último beatnik. Nacido en Pomona, South California, es el brazo armado de los escritores beatniks. Siempre me pareció más cercano a Burroughs y a Kerouac que a Bob Dylan o a Bruce Springsteen, pero quizá sea mi percepción sugestionada pour la galerie de personajes sórdidos y oscuros. De todas maneras, la ligereza con la que a veces escuchamos a Waits nos impide profundizar en la poesía degenerada que balbucea en sus canciones. Dueño de una voz hecha mierda, ceceoso y dientón, están en las antípodas de los cantantes pop.

 

La verdad es que Tom Waits iba para actor. Por eso se mudó a Echo Park, un barrio chiquito en LA, una vecindad de departamentos baratos tomada por un aquelarre de chavales con onda. Uno de sus vecinos era Herb Cohen, un flamante mánager de nuevos artistas, medio tío de Daniel Grinbank, que en esos años 70 les manejaba la carrera a algunos del barrio. Uno era Frank Zappa, otro era J. D. Souther, songwriter muy cercano a los Eagles (para muchos, un eagle en la sombra), tanto que compartía el departamento con Glenn Frey, el cantante de la banda, y eran vecinos de Jackson Browne. Todos se reunían en la Napoleone Pizza House, donde un tiempo después Waits debutaría como músico, lugar que recordaría años después, ya consagrado, en su genial disco The Heart of Saturday Night. “The Ghost of Saturday Night’s (After Hours on Napoleone Pizza House)” es una canción que te sienta de culo en una puta mesa de la Napoleone hasta que termina.

 

Firma un buen contrato a los 22 con Asylum Records y durante unos años saca hermosos discos y gana bastante dinero. Así empieza a vincularse con gente del cine y llega a hacerse amigo de Francis Ford Coppola, quien usa algunas de sus canciones en sus películas. En realidad, los presentó Kathleen Brennan, en esos días novia de Tom y aún hoy su esposa, su socia, su mayor influencia. Ella fue quien lo inició en la música de Captain Beefheart y otros outsiders geniales del rock.

 

Sus discos se vendían como tomates, la crítica lo aclamaba y la gente lo adoraba, entonces Tom aprovechó el viento a favor y empezó a sofisticar su música. Llevado de la mano por Kathleen –con quien empezó a compartir autorías–, se metió con la música de circo, con el vodevil y con las melodías de Berlín de preguerra, el tango y el flamenco. El blues quedó en el recuerdo.

 

 

UN TESORO TRAS OTRO

Hoy está en su mejor momento, su último disco fue presentado en el histórico programa final de David Letterman, un puñado de canciones geniales que ya tienen unos años reunidas en Bad as Me

 

Tom Waits nos lleva a la canción, al valor de la canción. En cada uno de sus discos hay tesoros. Prefiero hablar aquí de canciones y no de álbumes. Ya en su primera obra, Closing Time, del 73, estaba “Ol’ ‘55”, que los Eagles incluirían en su multipremiado On the Border y que también canta Bruce Springsteen, un disco que realizó mientras abría shows de Martha and the Vandellas y Frank Zappa. Después hizo The Heart of Saturday Night y se reveló como un showman extraordinario. Su personaje escénico fascinaba a un público que era cada vez más numeroso, así que ahí hizo Nighthawks at the Diner, que captaba un show de Waits en el Tropicana Hotel de Santa Monica. Ahí está “Eggs and Sausage (In a Cadillac with Susan Michelson)” que es de llorar. Era un vinilo doble que preparó emocionalmente a todos sus acólitos para la masterpiece Small Change, con una tapa de Tom en un camarín rodeado de coperas, apoyado en una mesa que es un altar al vicio. Empezaban los 80 y Tom ya estaba al lado de Bukowski y de Henry Miller. “The Piano Has Been Drinking (Not Me)” y “Bad Liver and a Broken Heart” son dos canciones de ese álbum que aún hoy sobreviven en sus shows. Dos rapsodias melancólicas y dolorosas que se hacen llevaderas por el humor negrísimo de Tom Waits.

 

Y acá ya se me mezclan los discos, tantos, tan buenos, tan hermosos. Recuerdo una canción que se llama “Christmas Card from a Hooker in Minneapolis”, que es una carta de una puta que está embarazada, y después de escuchar la canción te dan ganas de ir a buscarla y proponerle matrimonio. Y otra, creo que de Heartattack and Wine, que se llama “In Shades” y que recomiendo para todos los musicalizadores de televisión cada vez que se les ocurre poner “You Can Leave Your Hat On”, por Joe Cocker. Es decir, cuando era chiquito cada vez que aparecía una mujer en bolas en la tele ponían “Blues in the Night”, por Louis Armstrong y Oscar Peterson, hasta que apareció Nueve semanas y media y ahí la música del striptease pasó a ser “Puedes dejarte el sombrero puesto”, que a esta altura es de Disney, así que podrían probar con “In Shades” y millones de oídos se los agradecerán: no hay mejor melodía para desnudar a alguien.

 

También recuerdo siempre “That Feel”, ya más en los 90, una melodía percusiva atronadora donde Waits se desgañita con Keith Richards, otra garganta con arena, en los coros. Ambos, a los gritos apagados que permiten sus gargantas, parecen dos desalmados. 

 

Pero son sus discos mano a mano con Kathleen Brennan los que lo acercan al Cielo. Algunos son música de obras de teatro del Off Broadway, como “Frank’s Wild Years”, escrita por ambos y que fue un éxito en Chicago durante años a manos de la Steppenwolf Theatre Company. También Tom actúa en películas de Jim Jarmusch y monta The Black Rider. The Casting of the Magic Bullets, con William Borroughs, que estrenan en Alemania a teatro repleto. 

 

Un tiempo después vuelve a los estudios con Kathleen para hacer Mule Variations, otra obra maestra, con el inmenso Marc Ribot en guitarras y una seguidilla de canciones que no parecen tener mucho que ver entre ellas pero que al estar cantadas con un Waits en su mejor expresión hace imposible sacar el disco una vez que empieza. Adoro de ahí “House Where Nobody Lives”, historia chiquita, como la mayoría de las que canta Tom, que habla de una casa del viejo barrio que alguna vez estaba llena de gritos de chicos al cuidado de una familia y que ahora está vacía y abandonada, una historia de todos lados, nuestra historia. ¿O quién no se asoma al viejo vecindario y recibe la sorpresa de una casa que ya no es más la casa que conocimos? 

 

Eso es la música de Tom Waits, canciones que sabemos todos, no desde la música, sino desde el espíritu. Obviamente, hablo de todos los que nos manejamos mejor de noche y jamás recomendaríamos a nuestros amigos a nadie que ande buscando amigos.

 

Desde lo personal, hay una canción de Tom Waits que amo por sobre todas las demás, no por algo especial ni por alguna situación que haya vivido escuchándola, sino sencillamente porque es divina, dulce, romántica, dolida, que parece estar cantada de rodillas y con unos arreglos al mejor estilo Blue Note: se llama “I Beg Your Pardon” y figura como dúo con Cristal Gayle, una bellísima cantante de country music pero que no se escucha en el disco. Me atrevería a catalogarla de infalible.

 

Bueno, con un beso para toda la parroquia acá me despido. Au revoir.