La música pasó a ser casi una anécdota frente a su monumental grito fashion antisistema. A los 74 años sigue bombardeando con estilo y, por supuesto, está más vigente que nunca.

 

  

¿Qué hago acá?”, esa frase repica en su cabeza desde que se despertó agitada entre sueños febriles. Piensa en los dibujos realizados por sus alumnos de primaria, en esa carrera de arte que condena a una chica obrera como ella a enseñar en escuelas de barrio. A su lado duerme un marido que pronto será apellido y marca icónica, pero ni ella lo sospecha. 

 

Sólo piensa. Repasa, una y otra vez, los rasgos de Malcolm, un iracundo estudiante compañero de su hermano criado por una abuela loca a espaldas del sistema. Ni siquiera le gusta tanto, pero por alguna extraña razón no puede sacárselo de la cabeza, le atraen sus bocetos, esa ira apenas controlada y una pasión subterránea que crece.

 

Entre sueños imagina a su padre joven, trabajando en el almacén. Ganchos para los fiambres, envoltorios plásticos, bordes de latas chamuscadas. Y vuelve a Malcolm. Siente que el ansia de cambio irrumpe como un tornado, arrastra prejuicios y libera instintos hasta llevarla hacia un auto perdido en donde con él concebirá un hijo que años más tarde fundará el emporio lencero Agent Provocateur.

 

La abuela de su amante le dará dinero para que interrumpa el embarazo y ella lo gastará en un conjunto de cashmere que idolatrará hasta el fetichismo, como si fuera Ed Wood. El padre de ese niño es Malcolm McLaren, quien pronto se convertirá en manager de los Sex Pistols y logrará que la canción “Anarchy in the U.K.” sea número uno sin siquiera pasar por la radio. Ella es Vivienne Westwood. Felicidades, ha nacido el punk. McLaren y Westwood hicieron de la moda una cruzada. En sus manos, el punk se convirtió en el último estilo subcultural auténtico, nadie ha vuelto a producir tan alto impacto social. La música era casi una anécdota frente al monumental grito antisistema. 

 

Cuando los Pistols eran aquella bandita que tocaba para 42 personas y conseguía un contrato con la legendaria Factory Records que cambiaría la historia, Westwood tuvo una epifanía: la moda podía ser más importante que esas canciones desgañitadas por Johnny Rotten. El lenguaje áspero y provocador era incluso más potente desde las prendas que sobre los escenarios. Junto a McLaren abrieron una serie de tiendas en King´s Road que marcaron al punk como movimiento. Let It Rock, Sex, Too Fast to Live, Too Young to Die, Seditionaries y World’s End fueron los lugares donde los movimientos sociales explotaron como una esta interminable.

 

Westwood considera hasta el día de hoy que el contacto directo con el público en esos locales la formó como diseñadora. Allí aprendió a leer los cuerpos, a interpretar el sentido detrás de las siluetas, a crear para todos y para ninguno. A hacer de la ropa el último reducto donde resiste la individualidad.

 

Por esas paredes pasaron diferentes estilos, desde el teddy bear, basado en los ciclistas de los años cincuenta y del cual el punk heredaría las cadenas, hasta el bondage escapado de sótanos sadomasoquistas. En 1976 creó la camiseta Torn Flag, esa que reprodujo la bandera británica pisoteada y rodeada del imaginario de los Pistols que sacudió al mundo. 

 

Lo que su padre descartó alguna vez en el almacén, ella lo reconvirtió en moda: hojitas de afeitar, metal desechado, púas, candados, collares de perro. Hizo una oda al tartán y la identidad escocesa perdió su fama de segunda clase. Westwood convirtió a la rebelión en aspiracional y descubrió el poder subversivo del sexo.

 

Sus atuendos de cuero y goma, los agujeros descarados y pantalones sin bragueta que desafían el género son homenajeados gloriosamente hasta hoy por diseñadores argentinos, como Emilse Benítez. Los límites se crearon para ser traspasados, sin embargo, lo más contracultural del punk quizás radique en que es uno de los pocos movimientos dentro del cual las mujeres tienen el mismo poder que los hombres.

 

La belleza se convierte en autoconciencia: es bello quien se atreve.

 

Después vendrían años en los que Vivienne desaó todos los cánones establecidos. Hizo moda con piratas, damas eduardianas, pueblos originarios y hasta con marcianos. Diseñó vestidos envolventes como repollos, camisas que sobresalían desfachatadas sobre pantaloncitos cortos y experimentó con el tejido hasta connes insospechados. Cambió de marido, de cosmovisión, de gustos y de ideología. Cambiar para ella es una fuerza de la naturaleza.

 

Luchó tanto contra lo establecido que terminó siendo coronada por la reina como Dama del Imperio, es militante de la sustentatibilidad pero fabrica en China. Aboga por la moda como militancia cultural y contrata de imagen a Pamela Anderson. Llena su front row de celebrities estrafalarias, hace una causa de lo brit, pero ama vestir a Marion Cotillard. Se casa con un discípulo al que dobla en edad y posa junto a él en trajes de Adán y Eva. Acepta formar parte del lme Sex and the City pero huye de la avant premiere declarando que su famosa fashion stylist Patricia Field creó el vestuario más aburrido del mundo y que esa película para minitas es un embole chino.

 

 

Indudablemente, Vivienne Westwood sabe bombardear el sistema desde adentro y convertir la contradicción en fortaleza.

 

Por estos días disfruta del éxito de su biografía editada a fines de 2014, promociona un libro homenaje creado por Moleskine, participa del boom mediático generado por su campaña Save the Arctic (donde 60 celebridades, como George Clooney y Kate Moss, usan sus remeras contra el cambio climático) y recuerda con una sonrisa el impacto pop que causó su antiguo sombrero Buffalo cuando fue usado por Pharrell Williams en los premios Grammy 2014.

 

Sospecho que nada de eso le importa demasiado. Entiende el mecanismo mentiroso tras la propaganda, cada una de esas trampas que subyacen en la exposición, los viejos trucos del establishment. Disfruta de la irritación que todavía es capaz de provocar. La anciana dama sigue molestando al mundo. God save the punk queen.

 

Hojitas de afeitar, metal desechado, púas, candados, collares de perro. Hizo una oda al tartán y la identidad escocesa perdió su fama de segunda clase. Westwood convirtió a la rebelión en aspiracional y descubrió el poder subversivo del sexo.