El sommelier de café más famoso habla de sus inicios en el periodismo, de la inmensa minoría que lo sigue en sus escritos y programas y de lo orgulloso que está de ser quien es. Una entrevista fuera del closet.

 Nicolás Artusi es todo lo que está bien. En una televisión en la que la premisa es inventar escándalos y sentarse a opinar libremente y juzgar conductas ajenas, él sólo decide entrar para conducir un programa sobre diversidad sexual en el que en lugar de gritar, se escucha. En una radio llena de hits, consignas obvias y columnistas que siempre se quieren pasar de listos, él hace un programa de viajes, estilo de vida, música y libros. En una gráfica dominada por los romances de la semana, él escribe su columna de cultura contemporánea en la renovada revista de La Nación. Y en un mercado editorial cargado de investigaciones políticas, biografías de celebridades y novelas rosas, él convierte su libro sobre la historia del café en un best seller que agota reediciones.

Nico Artusi tiene el talento, la imagen y el carisma para atrapar a la inmensa mayoría del público, y sin embargo él elige quedarse con su inmensa minoría. Esa que no mira Showmatch, que no sabe a quién acaban de echar de Gran Hermano y que prefiere saber dónde se sirve el mejor brunch de Buenos Aires, cuál es la cerveza más cotizada del mundo o quién escribió la última novela de Anagrama en lugar de estar atento a los pormenores de la vedette del momento. Desde su programa Diverso, por el Canal de la Ciudad, Su atención, por favor y Brunch, por Radio Metro, y sus libros, artículos y columnas, Nico Artusi conquista cada día a nuevos seguidores que buscan una sola cosa: eso que a él le parece interesante. 

“Sentí la llamada desde muy temprano. De chico siempre supe que quería ser periodista de diario y de radio, porque nunca me sedujo demasiado la tele. En mi casa se leía mucho el diario y se escuchaba la radio. Y yo hacía mis propios fanzines que iban variando según mis intereses de la época. Primero los dibujaba con birome y les sacaba fotocopias, y después me fui perfeccionando hasta que tuve mi primer retrógrafo, esa regla con letras caladas. Después me regalaron una imprentilla, que era un juego con tipografías de goma que funcionaban como sellos, con el podía componer sobre una guía los titulares y armaba mi propio diario”, dice sobre sus inicios en la tarea periodística. “Cuando terminé el colegio tenía muy claro que quería estudiar Periodismo, y a los 18 años tuve mi primer trabajo, en el diario Cuarto Poder. Entraba a las cuatro de la tarde y salía a las 11 de la noche; comíamos en una estación de servicio y yo después me tomaba el bondi a casa, era muy feliz. Después, a los 19 años, entré en Clarín”.

–Estuviste en el diario 14 años, y en el medio de eso fuiste un chico MTV.

–Estando en el diario me llamaron para una prueba de cámara en MTV y quedé para hacer MTV Noticias. Recuerdo que juntaba los francos compensatorios del diario para irme de viaje con la cadena. Conduje dos o tres red carpets en Miami, entregué premios en la transmisión de los Awards, era el emergency man, sentado entre el público con un micrófono y una cámara con la instrucción de tomar la transmisión ante cualquier emergencia. Ese papel me lo habían dado por mi aptitud para hablar sin parar durante cinco horas.

–¿Son más importantes los “no” que los “sí” en tu carrera?

–Yo confío mucho en mis gustos y en mis intereses, y me sigue gente que de alguna manera comparte eso. Tengo muchas reflexiones al respecto. Creo que hoy estamos en una fase posinternet: la oferta que nos hacía la web cuando apareció era todo, todo el mundo, todo lo que quieras a tu alcance, y ahora lo que se valora es la curaduría, que aparezca una persona que te diga: “Pará, todo no es importante, estas cinco cosas son importantes”. Ese es el valor del curador, por eso creo que va a volver el periodista en algún momento, pero como editor, no como redactor. El periodista que es capaz de hacer un recorte de la realidad y que tiene un poder de empatía o de sintonía con un montón de gente que comunica y conecta con ese recorte de la realidad. Yo produzco contenidos en los que hablo de viajes, de tecnología eventualmente, de diversidad sexual, de costumbres gastronómicas, de café, de libros, de discos y de películas. Esas son las cosas que me interesan y sobre las que he trabajado toda la vida. El que decide qué es interesante para mí soy yo, y hay una inmensa minoría que me sigue y comparte esos intereses. A la inmensa mayoría le parece interesante el Bailando, Gran Hermano y todo eso, pero a una inmensa minoría le parece interesante lo que hacemos nosotros. Y yo me quedo con esa inmensa minoría.

 

–Hoy sos un referente en la radio y conducís un programa de diversidad sexual. ¿Qué te atrajo de este formato?

–Cuando me llamaron para hacer Diverso me pareció que iba mucho con lo que yo hacía. En distintos medios hablo sobre café, viajes, estilo de vida, de las lecturas. Y hoy la diversidad sexual es una expresión más de la época, como cualquier otra, que crea su propia cultura, sus propios circuitos, sus propios negocios y que, aparte, implica una revolución social en las costumbres, definitivamente.

–¿Por qué creés que todavía en los medios hay personajes que ocultan su sexualidad?

–Tiene que ver con una huella familiar y cultural atávica muy importante que se resume en una palabra: la vergüenza. Y no me parece casual, etimológicamente hablando, que la palabra que identifica a las personas que dicen públicamente que son gays sea orgullo. ¿Cuál es el antónimo de vergüenza? Orgullo. Entonces me parece que en esa polaridad se resume la cosa. Hay gente que vive naturalmente con vergüenza lo que es, lo que siente o las personas de las que se enamora. Y hay gente que puede no sólo vivir sin vergüenza sino incluso estar orgulloso de eso.

–¿Cómo es tu caso?

–Yo nunca sentí la necesidad de empezar un programa de radio o de tele diciendo “Hola, soy gay”. Cualquiera que me conozca lo sabe, lo sabe mi familia desde que tengo 18 años, lo saben todos mis amigos, calculo que lo sabe la audiencia que nunca me pregunta por mis novias ni nada. Nunca tuve la necesidad de mentir. Aunque sé también cómo es el medio y siempre me cuidé mucho de preservar mi intimidad. A mí me parece que este cambio social, esta revolución de la que estamos hablando tiene que ver con eso, con un tránsito de paradigma muy importante que es pasar de la vergüenza al orgullo. Es muy penoso tener vergüenza de lo que uno es; probablemente sea una de las peores cosas que le podría pasar a una persona. Imagino la tristeza de alguien que tenga que vivir una doble vida, inventarse para el afuera una vida que le es ajena.

–¿Qué faltaría para que eso deje de suceder?

–Creo que no hay demasiados modelos públicos de gente homosexual virtuosa. Y no hablo de grandes artistas o estetas, sino gente que se levanta todos los días a laburar, que lleva adelante una familia, que se preocupa por los hijos, que tiene una profesión. A mí me encantaría que un gran actor nacional dijera públicamente que es gay. O un gran cientíco, un director de orquesta, un médico famoso, el plomero, el sodero, el vendedor del kiosco. Ellos son los que laburan, los que construyen realmente la sociedad. Por eso en Diverso tuvimos la idea de mostrar todo: gente famosa, gente anónima, gente de buen pasar económico y gente pobre, gente de la Capital y gente de las provincias.

–¿Alguna vez sentiste vergüenza de lo que sos?

–No. No hay que tener vergüenza de contar quién sos, sobre todo cuando eso que ocultás y te dene está basado en el amor, en amar a otra persona. ¿Qué puede tener eso de malo? Nada que derive del amor puede ser malo.