El hijo prodigo creció y se constituyó en un hombre del rock con sus propios preceptos musicales y estéticos. En esta entrevista habla de su familia, del amor, de la muerte, de la paternidad y de un presente signado por la pulsión de no perder la conexión con el alma.

La visera plana, furiosamente roja, lo recorta entre las mesas de este bar de Colegiales, donde saluda a amigos, conocidos, fans. Cruces circunstanciales que se le acercan con intermitencias. Dante Spinetta no pregunta, lo recibe todo y a todo le pone una generosa sonrisa de brackets a los 38. Es un hijo del rock convertido en un hombre del rock que se copa explicando tácticas y estrategias para que Brando, su hijo, le entre el año que viene al Lengüitas. Averiguó Dante, como se averiguan estas cosas cuando uno va mordiendo los cuarenta y tiene hijos y la vida es menos un clip de la vanguardia que un puñado de momentos entre el trabajo y la familia, que al chiquito lo tiene que sacar de la consola de juegos, que se tiene que sentar con él a ver qué mierda le van a tomar, que tiene que tenerlo anotado en otro secundario porque si no entra al Lengüitas en algún lugar va a tener que hacer primero. Le pasa a Dante lo que le pasa al rocker y al auxiliar contable, lo que le pasa al periodista y lo que le pasa al que lee al periodista. Creció.

–Los hijos nos igualan, somos todos los mismos frente a los hijos.

–Sí, te rompen la cabeza. La chiquitita me mira y… Dante se lleva una mano a la frente, se recuesta un poco, el respaldo de la silla recibe la presión porque todos nos echamos un poco para atrás frente al asombro, frente al desafuero, porque adonde el lenguaje no llega, llega el cuerpo, y es el cuerpo el que habla: “La chiquitita me mira y…”.

Dante completa la línea con una gramática gestual. Después es el padre que desenfunda el celular y te muestra: diez años la hija, ahí vestida con las ropitas de su gimnasia artística, fotos de domingo a la tarde y feria del plato. Dante Spinetta siempre ha creído en la operación visual del rock, en la puesta. Sabe que Elvis son sus canciones pero también son sus patillas y sus solapas. Y que en Hendrix, la camisa es un deber. Esta fe es profundamente constitutiva de su obra, y su caudal artístico también es impulsado por un montaje del diseño, por comprender el trabajo de vestuario como un área más en el campo de la canción. En algún momento de los ochenta, más cerca del final de la década, los Spinetta fueron al piso de Susana. Dante y Emma Horvilleur tendrían doce, trece años, escuchaban MC Hammer y le pedían al peluquero que les replicara el corte, esas rayitas hechas a máquina detrás de las sienes. Susana les preguntó qué quería decir el corte ese. Y ellos hablaron de rap’n’roll. Ya lookeaban, ya sabían por dónde iban a pasar las cosas. Desde entonces su trabajo fue, no solamente pero sí también, una constante fotografía del rock.

La última prueba de esta disposición esteticista es Volans, la línea de Dante, que se puso a dibujar ropa y ahora tiene una colección rmada dentro de Garçon García. Ahora, este amable chico con gorra que yo tengo sentado acá adelante se enciende más cuando habla de que el nene le juega bien al fútbol que cuando dice no sé qué cosas del funk. Parece ser un tipo contento, esa cara la tiene la gente cuando tiene un buen día. Será que el mecánico le prometió el auto listo en un rato. Será que después se va de viaje. Será que, como los futbolistas, tiene chicos y señora. Tiene algo de enternecedor ver a este vanguardista experimental convertido en un papá de la coope.

–Ser padre, ser hijo. A veces es demasiado todo junto.

–Uno por vez, ¿no?

Se ríe, Dante. Una ancha risa lo deja del lado de los nenes que se divierten con lo que se les acaba de ocurrir. El reviente del rock nunca sedujo a este chico tranquilo de Villa Urquiza, al que le tocó un padre como el que le tocó, con ese peso artístico, y tantas veces hizo de hijo en el nomenclador de la fama y la celebridad, pero sólo allí, en el habla del otro. Y lo que hace, lo que hace con sus muertos y con sus vivos y con su obra y con su contingencia, es un mismo movimiento que él mismo dene como “ir para adelante”.

“Hay que avanzar. La muerte pasa y de golpe no hay nada que negociar, ningún bancame con la parca”, suelta. Se le llenan los ojos de autoridad cuando lo dice.

–¿La muerte de tu padre es la esquina donde dobla tu historia?

–No, para nada. El nacimiento de mis hijos es donde cambian las cosas. Mi padre es una energía muy presente, muy constante. Pero la historia es siempre la propia historia. Creo en hacer.

Desde aquel living de Susana hasta Chance, el último disco de estudio, de 2012, hay más de veinte años de Illya Kuryaki and the Valderramas, más de dos décadas de los Kuryaki, que fueron y vinieron entre separaciones, carreras solistas y vueltas a juntar. Le pregunto a Dante por su relación con Emma, suponiendo que es la hora de abandonar la órbita íntima y pasar a la charla del arte y la composición, pero Dante me trae de nuevo a donde estábamos cuando responde: “Y… Emma es familia”.

Que tiene la relación que se tiene con alguien que comparte su tribu. Que nunca se permitiría la pena de la pelea pública, que son hermanos, que se llevan como se llevan los hermanos. Que incluso cuando Kuryaki se separó, se separó bien. Que ahora están sonando brutal, que tienen un funk alado.

–¿Qué quiere decir que sea familia?

–Que son esas relaciones que vas a tener toda la vida, que la familia siempre está ahí. A veces te cruzás, a veces no, pero siempre hay un aura de amor que lo contiene todo y no permite que nada se dañe definitivamente.

–¿Con el amor que no es filial ocurre lo mismo?

–Mirá, yo tuve tres grandes amores en mi vida: Eloísa, mi primera novia; Majo, la madre de mis hijos, y Luz, actualmente. Hay momentos en que las cosas terminan pero incluso dentro de la pareja no es necesario que el daño perdure. Estamos vivos, somos dueños de toda esta energía. No podemos permitir que se fugue lastimándonos mutuamente.

–¿Por qué te pusiste a hacer ropa?

–Porque no hay rock sin su estética correspondiente. ¿Vos podrías imaginar a los Beatles de “Yellow Submarine” sin esos trajes? ¿O a Michael Jack son sin zapatitos de charol? Bueno, podría seguir toda la tarde con los ejemplos. Me gusta la música asociada a conceptos de imagen.

–¿Tenés alguna idea de qué cosa es el futuro?

–No, ninguna. Por eso trato de hacerlo bien ahora que estoy acá. Y no perder conexión con el alma y con el espíritu. Después, allá adelante, qué sé yo. Me pondré más grande, tendré nietos.

Esta noche el River Plate de su padre y de su abuelo va a empatar con Guaraní de Paraguay y se va a clasificar para jugar la final de la Copa Libertadores de América. Dante se cruza un gaste amistoso con el hincha de Boca de la mesa de al lado, y este barcito de Colegiales, tan pos-Palermo, se hace cantina. “Bosteros acá no”, dice Dante, y se abraza con uno. No dijo “hinchas de Boca”, dijo “bosteros”, hizo sonar ahí el embrague del hincha. La herencia del fútbol es intransigente. Y los tipos que te heredan una camiseta y que te explican de qué color deben ser las cosas dentro de una cancha, no importa cómo se llamen ni qué hayan hecho, son siempre tu viejo. De ese Luis Alberto Spinetta habla Dante cuando habla de su padre, de un sujeto que no tiene importancia cómo se llamó.

 

“Estamos vivos, somos dueños de toda esta energía. No podemos permitir que se fugue lastimándonos mutuamente.”