DEMASIADO SOFISTICADO PARA LA JOVEM GUARDIA, MUY POTENTE PARA LA BOSSA NOVA Y CON LETRAS QUE NO ENCAJABAN EN LA TROPICÁLIA, ESTE REBELDE HIZO SU CAUSA DE ROCK AND ROLL, SOUL, FADO, BALÃO Y MPB.

  

La muerte de Tim Maia fue para el soul brasileño lo mismo que la muerte de Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati y Pappo para el rock argentino, no sé si me explico. Esa noche de fin de siglo, cuando Tim entregó el equipo y apagó la luz en un hospital de Niterói después de un show, perdimos un archipiélago, toda la humanidad. Quiero decir, perder un archipiélago es una tragedia espantosa para el equilibrio ecológico y, tanto geográfica como históricamente, una pérdida referencial irreparable, aunque jamás le hayamos prestado atención antes del desastre. Con Tim Maia pasa lo mismo. 

 

Tim fue un rocker en los años 50 influenciado por los ídolos juveniles de esa época: Elvis, Gene Vincent y Jerry Lee Lewis. Comenzó a tocar la guitarra y a componer sus propias canciones a los 13, y ya a los 14 les enseñó a Erasmo y Roberto Carlos, sus amigos del barrio en Barra de Tijuca.

 

Tijuca en esos tiempos no era lo que es hoy (el distrito más exclusivo de Río de Janeiro, tanto así que uno de sus últimos candidatos a gobernador proponía independizarse y convertir al barrio en ciudad). No, señor: en esa década de 1950, Barra era un suburbio de Copacabana, de Ipanema y de Leblon. O sea que los Carlos y Maia no eran chicos de clase acomodada, eran más bien unos gamberros con ganas de ganar mucho dinero sin esforzarse demasiado. La música podía ser un buen camino y, un par de años después, llegaron a formar una banda llamada Los Sputniks que duró nada, aunque se hicieron algo conocidos. Llegaron a tocar en la televisión, pero era una banda demasiado pequeña para albergar dos egos tan enormes como los de Tim y Roberto, así que adiós.

 

Roberto se junta con Erasmo y comienzan a hacer la suya. Tenían entre 18 y 20 años a nes de los 50, como Tim, que decide migrar a los Estados Unidos a tocar y estudiar. Cuatro años duraría su aventura norteamericana, donde los estudios le resultaban bastante aburridos y la música no lo estaba esperando, así que después de cuatro arrestos por robos menores y asuntos por el estilo, fue deportado en 1963 por tenencia y consumo de marihuana (en aquellos años, casi un delito de terrorismo). Y de vuelta en Río, que explotaba de bossa nova y Jovem Guardia. 

 

Claro que Tim se había perdido la movida porque estaba geográficamente más cerca de Motown que de Roberto Carlos y João Gilberto, así que quedó huérfano de etiqueta artística, obligado a tomar por el camino más áspero pero más reconocido, que es el de ser tu jefe y tu esclavo, tu luz y tu sombra al mismo tiempo.

 

No obstante lo cual, a Tim le seguía gustando el cabaret (como diría Pappo), las drogas y el vértigo de la vida peligrosa, así que no dejó en esos años de visitar dependencias policiales en calidad de detenido por robos, drogas y aledaños. Fue a buscar ayuda en sus viejos rapases compañeros de Tijuca a los que les estaba yendo fenómeno, y como él era una compañía poco recomendable, lo esquivaron obligándolo a dejar la cidade maravilhosa para probar suerte en San Pablo, donde la movida no era tan intensa pero ofrecía más posibilidades para un tipejo como él.

 

 

Es que mientras Roberto y Erasmo ruleaban en Río de Janeiro, Jobim, Gilberto y demás celebrities partían con sus valijas llenas de bossa nova a tomar Nueva York. Así, la escena de San Pablo empezaba a brillar con Wilson Simonal y Os Mutantes, y en ambos shows la presencia de Tim Maia hacía una diferencia, lo que motivó que grabara su primer simple, “Meu Pais”, con cierta trascendencia. Ahí sus amigos de la Jovem Guardia lo reconocen y le piden algunas canciones para Roberto Carlos, para Erasmo Esteves y para Jorge Ben. Andamos por 1967: los Beatles mandan en el planeta, pero en Río mandan los bosseros, que volvieron de triunfar en los EE.UU. Los integrantes de esa Jovem Guardia precursora, una especie de Club del Clan carioca (con Roberto Carlos y Erasmo Carlos a la cabeza), presenciaron el nacimiento del movimiento Tropicália, nada menos, con Caetano Veloso, Gilberto Gil y Chico Buarque de Hollanda como mascarones de proa de esa nave que llenó de belleza a toda América. Tim era parte de eso como un paria, reconocido por sus colegas pero aun medio desconocido para el gran público, tanto así que graba su primer dueto en 1969 con la hermosa Elis Regina, “ese Are the Songs”, lo que ayuda a ponerlo en el menú de la gente como una nueva gurita difícil de encasillar.

 

Es que Tim era un fuera de catálogo, más cerca de Aretha Franklin que de sus amigos; sonaba más soul que pop. Su sonido era demasiado sosticado para la Jovem Guardia, sonaba más fuerte que la bossa nova y sus letras –si bien eran combativas– no encajaban en la Tropicália. Así que ahí andaba Tim, surfeando entre las nuevas olas con su tabla construida con bras de rock and roll, soul, fado, balão y MPB. Divino. 

 

Entre la grabación con Elis Regina, en 1969, y 1973, Maia grabó cuatro álbumes, uno mejor que el otro, y todos llegaron a lo alto de las listas de ventas empujados por el fervor que esa mezcla de funk y balada generaba en las clases bajas de Río y en los clubes de baile. Mientras, Tim se enamoraba y se casaba con la señora Geisa Gomes. Él ya tenía un pequeño hijo y ella también, así que se llevan a los dos a su casa, Tim adopta también al hijo de Geisa como propio y tienen un tercero entre ambos. De momento todo parecía sonreírle a nuestro héroe. 

 

Pero la verdad es que Tim nunca abandonó la cocaína y la marihuana, y eso, a la larga, siempre se garpa. Y como todo drogón de raza, a mediados de los 70 es atrapado por un culto extravagante, el Rational Culture, una locura sectaria que lo lleva a pelearse con todos, incluidas sus discográcas, a las cuales acusa de haberlo estafado con sus royalties. Funda, entonces, Seroma Discos, donde publica uno de los álbumes más extravagantemente bellos de la historia: Racional, una joya que es diamante y kriptonita, producto de un estado de confusión lógico, motivado por su nuevo estado espiritual. Convertido de repente en vegetariano, deja las drogas y comienza una nueva vida.

 

Una nueva vida que le duró poco, pero la hizo.

 

Y aquí empieza lo bueno, el mejor Tim Maia: vuelve a sus viejos problemas, destruye su sello y saca Racional del mercado, desencantado con el culto. En 1976 firma con Polygram; en el 78, con Warner, y en el 79, con EMI. Se dedica a la música disco, saca sus mejores trabajos, con canciones como “Sossego”, “Acenda o Farol” (ambas en Tim Maia Disco Club), y empieza a hacer unos shows impresionantes con una banda genial y un público delirante. Así hasta que se muere, en el 98. Una vuelta, hace más de 20 años, estaba poniendo música en el Botánico de Río. En esa época comenzaba mis sets con “Play Your Game”, de Barry White, que en Buenos Aires jamás me fallaba pero allá, en Río, pasaba tan inadvertido como una rata muerta en el agua podrida.

 

Desolado por la nada que estaba generando en la gente, miro al disc jockey que me precedía y le pregunto: “¿No gusta Barry White acá?”, y el tipo, torciendo los labios, me contesta: “¿Barjy Wjite? Não, acá tenemos a Tim Maia”.

 

OK, totalmente de acuerdo. 

Buenas tardes, mucho gusto. Nos hablamos, ¿sí?