Un comediante de stand up despertó la polémica al sentenciar en su rutina: “Bill Cosby, sos un violador”. El resto, esta tapa que se convirtió en historia.

Todo empezó por un bufón. Porque sólo un bufón se anima a decir lo que nadie dice adelante del poder. Reyes y emperadores de todas las épocas han mandado a matar por un chiste inconveniente, un sarcasmo demasiado duro, una gracia que es divertida para todos menos para ellos. Y sólo los bufones, los más burlados del reino pero también los más graciosos, los más incorrectos, los más delirantes, pueden decir lo que sea protegidos por el absurdo del humor. Eso, hasta que dicen una verdad tan grande que no hay humor que alcance. Una verdad que empieza como chiste y se transforma en rumor.

El bufón se llama Hannibal Buress, sólo que ahora le decimos “stand up comedian”. Sin reyes, la nueva monarquía es el show business. Un negocio serio en el que estos sujetos se mueven como peces, pero con total libertad para ahondar en el humor más negro, hacer los chistes más inapropiados o deslizar verdades que todos saben, que todos piensan, pero que nadie se anima a decir. Son transgresores, independientes (van a clubes, actúan en cualquier lado, no necesitan de un canal de TV que los cobije) y ricos. Por su naturaleza tienen permiso para reírse de las vacas sagradas sin ser decapitados por la guillotina televisiva. ¿Qué dijo entonces nuestro bufón Hannibal, qué verdad vomitó en uno de sus shows hace meses? Simple y directo. Un chiste que no es tan chiste: “Bill Cosby, sos un violador”.

Al menos 45 mujeres habrían sido drogadas, abusadas y violadas por Bill y sus amigos. Para tal fin utilizó metacualona, un sedante hipnótico que es conocido en los Estados Unidos como “ludes”, el cual provoca pérdida de la voluntad y relajamiento. Todos recordamos la escena de El lobo de Wall Street donde Belfort maneja bajo el efecto de estas pastillas. Cosby les quitó la posibilidad de decidir. Bajo el efecto de esta droga, cualquier relación es no consentida.

Lo impactante es la repetición. No fue un caso, no fueron dos. Son al menos 45 durante cuatro décadas. Al menos una cada año. Y decimos al menos porque, como se ve en la impactante tapa de la revista New York, hay una silla vacía: la silla de quien aún no se anima a denunciar.

 

Pero volvamos a nuestro bufón Buress. Fueron siete segundos agregados a su rutina de imitaciones. No es algo que tenía incluido en sus shows. Simplemente se envalentonó y “se mandó”, como dicen los comediantes. Billy Crystal, uno de los grandes bufones de nuestra era, equipara al stand up con el boxeo. Estás arriba solo y tu oponente es el público. Cada golpe genera risas o no. Gana quien más golpes justos mete. Ese pequeño momento en donde el comediante siente que está metiendo un golpe tras otro y que, diga lo que diga, va a entrar. Un momento embriagante, de gloria. Un momento ideal para meter un “Bill Cosby, sos un violador”.

Pero lo que no estimó Buress es la naturaleza extremadamente viral de nuestra época. La misma sentencia que hubiese quedado entre las paredes del teatro o a lo sumo entre algunos familiares de los presentes llegó al ágora mundial demillones de ojos: YouTube. Y lo sabemos. Y lo vivimos. Y lo aceptamos en cada momento de nuestras vidas, pero no está de más recordarlo como mantra. “Todo lo que existe y está cerca de un celular, cámara o tablet, termina en YouTube.” Repítanlo tres veces antes de seguir leyendo, en una de esas les sirve para sus propias vidas.

El video de un espectador grabando la rutina de Buress se convirtió en viral. Millones de estadounidenses lo vieron antes de que los medios se pudieran ocupar del tema. Cosby era una celebridad intocable, de esas que los medios solían proteger. De hecho, decenas de las mujeres que hoy hablan callaron en su momento por eso mismo: “¿Quién iba a creerme cosas así sobre Cosby?”. “¿Qué medio publicaría una denuncia sobre alguien tan querido?” Fin de una era, amados mediáticos. Si existe y está en las redes, nadie puede frenarlo. No hay espacios protegidos ni silencios indulgentes. Las redes son la Toma de la Bastilla de esta nueva monarquía que reinó en el siglo XX. Los sans-culottes proscriptos en los medios encontraron su revolución y nada volverá a ser como antes.

¿Esto significa que los medios no tienen más espacio? Para nada. Si se genera buen contenido, los medios salen potenciados de esta revolución. Es lo que hizo New York con su tapa. Entendieron que el nuevo rol de los medios no es salir detrás de una primicia que se agota y se clona en cinco minutos, sino que fueron más allá.

Reunieron a 35 mujeres de diversas etnias, edades y clases sociales con un denominador común: todas fueron presuntamente abusadas por Cosby. Jody Quon, directora de fotografía de la publicación, tuvo la idea: “¿Qué pasaría si juntamos a todas las denunciantes?”. En una gran tarea de producción, consiguieron el contacto de cada una de ellas y avanzaron en juntarlas.

Ese es el rol de los medios en esta nueva democracia mediática. Son los únicos con recursos, tiempo y know how para realizar una investigación tan profunda.

Nosotros, los sans-culottes, podemos tuitear y googlear. New York puede y debe ir más allá. Temieron que no se animaran a hacerlo, pero las víctimas respondieron de manera contundente. Primero seis, luego catorce, más allá 20 y finalmente 35 decidieron dar la cara para uno de los testimonios más crudos e importantes de los últimos años. El mensaje fue claro: “Abajo con la monarquía, el rey Cosby caerá”.

 

 Al menos 45 mujeres habrían sido drogadas, abusadas y violadas por Bill y sus amigos. Usó metacualona, un sedante hipnótico que es conocido en los Estados Unidos como “ludes” y provoca pérdida de la voluntad y relajamiento.