Mientras los nuevos ricos veranean en Cancún, los millonarios de verdad están volviendo a la ciudad que enamoró a Hollywood hace medio siglo. Esas playas y ese mar no tienen rival.

 

Los años 50, la era dorada de Hollywood. El reinado de Ava Gardner, Liz Taylor, John Huston, Richard Burton. Esa es la época en que lo exótico tenía nombre de bahía: Acapulco o Copacabana, ambas de una belleza natural que deslumbra. Las stars comienzan a visitarlas, establecen sus casas de verano, los directores de cine las utilizan como sets. Después, un relativo e injusto olvido. 

 

Las mansiones cambian de manos. Nuevos destinos atraen a los nuevos ricos, aunque nunca tan charming, nunca con el exuberante encanto de esos espejos de aguas esmeralda, enmarcadas por montañas, donde la luna llena se refleja gloriosa. Por suerte, el glamour prevalece.

 

 

LA BAHÍA DE LAS ESTRELLAS

La ciudad enclavada sobre la bella bahía comenzó a desarrollarse a mediados de la década de 1940. La finalización de la monumental autopista Acapulco-Ciudad de México, a principios de los 50, dio inicio al boom de este destino turístico, y la inauguración de su aeropuerto en 1964 atrajo al viajero internacional, especialmente a las estrellas de cine, muchas de cuyas mansiones aún dan testimonio de esto.

  

Hasta la década de 1970 fue sinónimo de la sofisticación y el paraíso terrenal. Los gobiernos siguientes, al fabricar destinos como Cancún, Ixtapa o Vallarta, la opacaron por algunas décadas. 

 

 

Ver la bahía mientras se toma un margarita desde uno de los bares de la Punta Guitarrón o comer a la luz de las velas en algún restaurante de la Playa Condesa son formas de recrear el viejo Acapulco que enamoró a millones. 

 

Los clavadistas al atardecer, jugándose la vida en cada salto en el otro extremo de la costa, son todo un espectáculo.

 

Pero está también la ciudad, que recobró su protagonismo a comienzos de este siglo. Los condos y las villas “alla new Acapulco” se multiplican por el área que los mexicanos han dado en llamar Diamante. Acapulco Diamante es una bahía detrás de otra bahía. Refugio de millonarios, los Alfa Romeo, los yates anclados en sus aguas y las costosísimas motos de agua delatan su importancia.

 

Ningún mexicano que se precie de ser alguien cambiará nunca esta playa legendaria por la nouveau riche Riviera Maya. La pregunta es: ¿por qué habríamos de hacerlo nosotros?