Ni alta ni en el cielo, Aurora es un fantasma genial y habita en una novela del absurdo.

Los dibujos de gatos, ovejas navegantes y babosas viajeras harían palidecer a Dalí, pero las chicas que pasan las noches en las discos exclusivas quizás no.

 

Aurora está muerta. Estaba cantando la canción de la bandera y en mitad del acorde de “al purpurado cuello”, un elepé se clavó en su yugular como un búmeran desquiciado. 

Cayó ensangrentada, irreparable. Su marido, el Coronel Domingo, la lloró un rato y luego la vida familiar volvió a su curso. Pero Aurora sigue ahí, como un fantasma inmaterial y benévolo, para ser testigo y narradora de su vida sin ella. En Fuera de la jaula (Emecé), Fernanda García Lao construye un universo delirante y surrealista, con una prosa cercana a la poesía, en la que la forma y la musicalidad empatan al contenido.

Allí, cualquier situación en apariencia inofensiva puede volverse inquietante, logrando que aparezca la risa con los eventos más trágicos y que se anude la garganta con lo que se suponía que iba a ser un paso de comedia. Sus personajes lo dicen todo: Man/Fredo, un hijo bicéfalo al que los médicos intentaron “separar”; Yedra, una mucama particular, y Lana Carne, una criatura fabricada por el Coronel, remedo de Frankenstein del subdesarrollo ideado para su placer. Y por supuesto, ella, Aurora, la que antes de no ser fue amante de políticos y actriz en un espectáculo en el que sufría las embestidas de una enana sobre el escenario, antes de ser “descubierta” por su esposo militar. En una trama que honra la mejor tradición de la literatura del absurdo, Fuera de la jaula es un experimento inusual que mezcla referencias a los distintos períodos del peronismo con críticas a la idea del “ser nacional” y los simbolismos patrios, con una mirada impiadosa hacia la religión y una burla a la muerte. Una novela que confirma una vez más a Fernanda García Lao como una de las plumas más poderosas y originales de la escena literaria actual.

Con cerca de 80 libros en su haber, es difícil llevar la cuenta de las novelas de César Aira, porque puede publicar tres o cuatro por año, en general en distintas editoriales. Entre tanta obra tiene títulos inolvidables y otros menores, pero algo es seguro: todos son un delirio. Cualquier cosa puede pasar sin que lo explique ninguna lógica, más que la del propio uso del lenguaje, un registro que Aira maneja a la perfección. Entre sus dislates más geniales está Yo era una chica moderna (Interzona), una novela publicada en 2004 que por fortuna sigue siendo reeditada. La historia de dos jóvenes amigas con una relación simbiótica, sumamente histérica, que en su afán por codearse con lo más esnob de la noche porteña van metiéndose en una sucesión de enredos que son territorio para el despliegue del exceso. Un gran chiste montado a partir de lo que se considera “ser moderno” y el imperativo de no aburrirse jamás, con una mirada a la vez tierna y despiadada para con sus protagonistas: dos jóvenes que trabajan en empresas privatizadas y de noche se la pasan de fiesta en fiesta, experimentando con drogas y coqueteando con los extranjeros que llegan a Buenos Aires con la necesidad de resultar exóticos, en un entorno que venera lo pop y lo under (de hecho, su lugar de encuentro es “la disco más pequeña del mundo”). Allí están los dealers, las chicas bellas y los artistas, en una clave disparatada que va enlazando imágenes y sucesos aparentemente inconexos, en un ejercicio literario que es a la vez una síntesis paródica de la moral individualista y las modas de los noventa. Y en ese despliegue de aparente frivolidad, aparecen también otros temas: la maternidad, el aborto, los celos entre mujeres, todo en un movimiento de fuga hacia adelante y de acumulación constante que es su sello de autor. Un Aira de pura cepa. 

 

DE OTRO MUNDO

Pocos libros de ilustradores pueden desarrollar, sin ninguna apoyatura en viñetas escritas, una historia tan bella, compleja y surrealista como la que plantea Mariano Díaz Prieto en Mondo Babosa (Adriana Hidalgo). Un gato mira por la ventana, ve a una mariposa en pleno vuelo, se lanza a su búsqueda y llega a un mundo extraño en el que los desechos son habitados por seres minúsculos que montan orugas, una oveja aguarda una improbable esquila fotando en el océano amarrada a un puerto y botellas de leche forman piletas improvisadas sobre su lomo. Todo dibujado al detalle, con un trazo y un uso del color exquisitos. La invención de un universo en el que los planos subvierten las proporciones, que nada tiene que envidiarle a Alicia y su país de las maravillas.