La enfermedad anunciada por el señor Solari no impacta en su constitución mitificada.

 Dice Roland Barthes que el mito es un habla, un lenguaje. Dice José Luis, el encargado de mi edificio, que lo de Tinelli cayendo en la Trinidad para sacarse no sé qué cosa del culo es medio un mito. En el primer caso, mito significa un enunciado, un sistema de comunicación, un mensaje; es decir, un tipo de verdad. En el segundo, mito refiere directamente al tráfico público de una mentira, a la proliferación y rodaje de un relato de lo no-ocurrido. Entonces el mismo fonema, mito, es tironeado por ambos hemisferios del sentido: la mentira, la verdad, como si el mito pudiera ser ambas, como si un mito tuviera la facultad de ser todo lo que necesitamos que sea. Sin embargo, hay un hecho común que ocurre en cualquiera de los dos casos: el mito precisa tiempo para soldar sus partes y manifestarse frente a sus constructores, consumidores. Sea una certeza o sea una fábula, no hay mito sin tiempo acumulado. Cuarenta años arriba de un escenario lleva el Indio Solari, el último gran producto en la góndola de la mitología nacional. La naturaleza pasiva del mito proviene de que el mito no actúa por sí mismo: porque no hay mito sin un otro, el mito solo en el mundo sin nadie que lo adquiera no puede sobrevivir porque el mito es la suma de la proyección de sus deseantes: mucha gente queriendo que algo ocurra en un nivel simbólico para que sus vidas tengan un plano donde refractar una esperanza y una fe. Creen, creemos todos, nos forzamos a creer, que el vector del mito es de él hacia nosotros, cuando en realidad el mito es de nosotros hacia nosotros, somos nosotros construyéndonos un tótem de esperanza, un holograma de fe que repara la falta de sentido de la existencia y su angustia derivada. El mito nos da un héroe y nos hace creer, otra vez, no en él, sino en nosotros, que somos capaces de producirlo.

 

¿Cuándo fue la última vez que le vimos los ojos al Indio Solari? Esa persistencia de los parasoles que lleva en la cara ensambla la idea de que el mito no tiene ojos, no los precisa; porque el mito no mira, el mito solamente es mirado. El mito no percibe, el mito es percibido. El mito no contempla, el mito es contemplado. El mito es la construcción de una mirada colectiva y está hecho desde afuera hacia adentro. Si el mito mira, se desmitifica. Si el mito mira, se muere.

Septiembre de 2013. Son casi las once, o las doce, o las tres de la madrugada, ya nadie lo sabe sobre el asfalto del autódromo Jorge Pena, localidad de San Martín, provincia de Mendoza, y si nadie lo sabe es porque a nadie le importa. Arriba del escenario el Indio se prepara para cerrar el show. Abajo, una marea de gente esperando recibir la bendición de esos últimos acordes. Ciento veinte mil entradas vendidas significan que este es el show más multitudinario en la historia del espectáculo argentino. Y yo estoy acá, en esta noche imposible, asistiendo a un momento único, el momento de la alineación, el exacto momento en el que mitificado y mitificantes se encuentran en el córner de la ansiedad de ambos. Ahora estoy acá, estuve allí cuando me tocó estar, y lo que vi, lo que sigo viendo a casi dos años de aquel show, es, finalmente, el mito ocurriendo. No su relato. No su cuento. El mito vivo que sucede. Los ojos ciegos del Indio y los ojos ciegos de quienes necesitan ver un mito donde descansar, y todo pasando a la vez. Yo estoy acá, yo estuve ahí, no lo soñé.

El Indio es Perón eligiendo dedicarse al rock y no a la política. Perón es todo el peronismo condensado en un nombre, en una figura, en una entidad. El Indio es toda su tribu condensada en el Indio. Ricoteros, pueblo, agite y murga de las pasiones. Ricoteros, muerte a Soda, muerte al cheto, muerte a la puta oligarquía. Ricoteros, el sentimiento despreocupado de la trama argumental de su explicación. Ojos ciegos para amar al mito, para armar el mito. Cultura es lo que hacemos como cuerpo social frente a la contingencia de la historia y el devenir de la existencia. Y lo que hacemos define lo que somos. Cultura, entonces, es lo que somos. Y cultura, entonces, es lo que hacemos. Y hacemos mitos, los fabricamos y los ponemos sobre la cinta de embalaje de nuestra imaginería colectiva. La ausencia del mito produce un ahogo, una asfixia. Que no nos falte el mito. Que no nos falte el tipo que nos da la masilla con la que lo edificamos. Diego, Charly, Gardel, el Indio. Siempre hay alguien con las materias primas de la leyenda a mano, por suerte.

De golpe, a los puntocom de noticias llega el sabroso pedazo de carne de un breaking jugoso, a punto como para sacudir la pantalla y agitar con ardor el mercado del último momento: el Indio está enfermo, el Indio se retira. Lo dijo en Vorterix, una radio, pero a quién le importa dónde lo dijo. La primicia, esa criatura estelar, tampoco encuentra su lugar en el mundo nuevo de las redes y sus réplicas. No importa, importa que no hay más Indio, o, más precisamente, no hay más Carlos Alberto Solari, el sujeto, que no tiene nada que ver con su propio mito porque su mito está hecho de nosotros sobre él mucho antes que de él sobre él. Y muera, viva para siempre o ninguna de las dos cosas, su mito no le corresponde porque sus discos, sus shows y sus canciones, sus arreglos y sus letras son su obra, pero el mito es obra nuestra, bah, del que se quiera hacer cargo. Si el mito pagara regalías en Sadaic tendríamos que ir todos a cobrarlas todos los meses. Por lo tanto, la enfermedad anunciada por el señor Solari no impacta sobre su constitución mitificada. Tal vez, como ocurre con la significación de la muerte, la consolide. Los mitos no se enferman como no sea del olvido de quienes lo soñaron.