EL LÍDER DE JAMIROQUAI ES UNO DE LOS BICHOS MÁS RAROS DEL UNIVERSO DE LA MÚSICA: VENDE MILLONES DE DISCOS, NO ALARDEA DE NADA Y LO QUIERE TODO EL MUNDO. ERA POCO MÁS QUE UN ADOLESCENTE CUANDO SALTÓ A LA FAMA, DE LA QUE ENTRA Y SALE CUANDO SE LE DA LA GANA.

Es mucho lo que se supone y poco lo que se sabe en verdad de Jay Kay. Hijo de una cantante de cabaret y de un vago portugués, el pequeño Jay gateaba mientras los que a la postre serían sus ídolos hacían lo suyo. A principios de los 70, Stevie Wonder y Sly Stone ya tenían sus highlights, y la madre de Jay se separaba de su portugués y se iba a vivir con el señor Kay, quien le otorgará por fin un apellido al niñito flaco y moreno que ya debía de bailar bien.

Jay Kay es Jamiroquai. Muy a la usanza anglosajona, el líder es la banda, tal como pasa con Mick Hucknall, que es Simply Red; o Chrissie Hynde, que es e Pretenders; o Ian Anderson, que es Jethro Tull. Jay Kay y seis o siete más son Jamiroquai. Tanto es así que, una vuelta que iba a venir a Buenos Aires, semanas antes del show nos enteramos de que se había quedado sin bajista. La pregunta obligada era: ¿cómo lo arregló? Se lo preguntamos al stage manager en el Luna Park y el tipo nos explicó que no bien el desertor lo dejó en banda, Jay averiguó dónde tocaban esos que le hacían un tributo (en Escocia, creo), partió hacia allí esa misma noche y contrató al bajista de esos sosias que hacían todos sus temas perfectamente. Lo que llamaríamos un tipo rápido. Sin duda su vida pasa a una velocidad que no es la nuestra: es coleccionista de autos de altísima gama y tiene más de cien, desde Lamborghinis Diablo hasta Ferraris Dino. Y es que Jay se hizo millonario antes de los 25: con un solo disco ya había vendido más que Wet Wet Wet con cuatro, si es que hablamos de soul inglés, porque el adolescente sabía moverse bien al ritmo del acid jazz imperante en las islas a fines de los 80.

El acid jazz es esa renada fusión quieta que inventó sin saberlo Terry Callier, oscuro segunda línea que a comienzos de los 70 desconcertó a todos con unas músicas que llamaron en su momento folk sinfónico. ¡Dios, eso es estar desconcertados! Desconcierto que fascinó a un veinteañero Paul Weller, un tipo que sabe mucho de todo, especialmente de música y discos, quien abandonó al punk que lo vio nacer con su grupo e Jam, se juntó apenas amaneciendo los 80 con un extraordinario pianista joven de jazz llamado Mick Talbot y, convertidos en e Style Council, en plena época dorada de la new wave y el dark, denieron lo que años después sería el acid jazz. Soul hecho por músicos de jazz y de rock mayoritariamente blancos.

 La cuestión es que Jay Kay se subyugó ante el sonido de esas bandas, como Incognito y Brand New Heavies, y enseguida quiso formar parte de la movida. La historia podría comenzar de la siguiente manera, el acucho Kay, de 20 años, se fue a probar para cantante de los Brand New Heavies, quienes no lo consideraron lo sucientemente cocinado como para ser el frontman de su banda pero lo alentaron a formar la suya propia, así es que Jay conectó a unos amigos y ahí formó, en 1990, Jamiroquai.

Como se sabe, el nombre es una fusión entre Jam y la tribu iroquais, pueblo originario norteamericano, y para armar la banda llamó a un grupo de novatos con oído y buen gusto para grabar un par de temas en plan de “vamos a ver qué onda” en el amante sello Acid Jazz. De ahí en más, el vértigo: fueron furor en las radios modernas de la época, y de ahí al contrato millonario con Sony hubo dos cuadras de distancia.

Y es que a Jason, Jay, todo le va a los pedos. Desde que se fue por primera vez de su casa a los 15, desde que llegó a la comisaría por primera vez a los 16 (por tenencia de marihuana) y por segunda a los 17 (por robo de autos), hasta que a los 20 audicionó para Brand New Heavies, a los 21 grabó sus primeros temas y a los 22 consiguió el contrato con Sony y ganó dos millones de dólares con su primer álbum, Emergency on Planet Earth, toda su vida es a los pedos. Por eso no extraña a nadie su devoción por los autos veloces y todo lo que tenga que ver con traslados vertiginosos.

 

Al presentar un disco en pleno vuelo de un Swissair, Jay Kay se convirtió en el primero en hacer shows en aviones de aerolíneas millonarias. Es el tipito que en su primera llegada a Baires vino con la idea ja de hacer un viaje a Canelones, si mal no me acuerdo. Todos los que estábamos ahí lo miramos como quien mira a un conejo bailando un adagio y después el mánager nos aclaró que se había enterado vía internet de un mecánico de esa localidad uruguaya a quien le quería comprar el chasis de un McLaren de Fórmula 1 del 72 que el sujeto había sacado vaya uno a saber de donde. Jay era ese rockstar que no dudó en agarrarse a trompadas hasta terminar con el tabique roto y dos dientes menos en la discoteca más popular de Nueva York porque un paparazzi le sacó una foto sin pedirle permiso. Un músico sensacional que no participa en discos ajenos excepto en una rentrée de Kool & e Gang haciendo un “grandes éxitos” de nuevo.

BÚFALO VS. MINOTAURO

Jay Kay es el modelo exacto del dandy contemporáneo. Adorado por los fans de la música en todo el mundo. El preferido de los jerarcas de Ferrari cuando piensan a quien darle un nuevo modelo para que lo vaya probando. Adidas le debe mucho más a él que él a Adidas, porque los modelos que usa en sus videos y en sus shows al otro día se venden a nivel mundial más que el viagra. Jay fue capaz de crear un modelo de sombrero semirridículo con cuernos al que llamó “Buffalo”, que tomó de un viejo libro de mitología griega, un sombrero igual al que tenía el Minotauro vencido por Teseo en el laberinto de Delos, y se convirtió en el más vendido en Londres durante 1992. Es el tipo que puso de nuevo en órbita a Sly Stone después de tomar su personaje del cowboy del espacio, el Space Cowboy que Sly usaba en sus años mozos, convirtiéndolo en el personaje de su segundo álbum, el multivendido The Return of the Space Cowboy. No se le conocen discos malos, canciones de relleno, shows deplorables, nada. Pareciera que Jay kay está destinado al éxito, todo lo que toca lo convierte en dinero, y lo raro es que nadie lo detesta.

Se pone de moda cada vez que tiene ganas. Nunca parece estar agotado de trabajar. Bailando está lejos de Godunov, de Fred Astaire, de Julio Bocca y de Madonna; baila como quien fuma dinamita y salta a la pista; baila raro como baila cualquiera de nosotros en plan de joda inolvidable, pero bien. Canta como si fuera hijo de Stevie Wonder y Paul McCartney. Compone mejor que todos los compositores de disco music, soul y R&B juntos. Y vende más discos que Peter Frampton en el 76 y Michael Jackson en los 80. Tiene una colección de autos valuada en millones de libras. Es la sensación de cualquier festival en el que se digne a presentarse. Los hombres no podemos más que admirarle la carrera, y las mujeres sueñan con Jay Kay esperándolas en la esquina de la plaza con un Lotus Europa 68 descapotable.

Lo más loco de todo esto es que Jay no fanfarronea con estas cosas, no anda preocupado por gustarle a todo el mundo, no anda juntando plata para los pobres de Somalia, no es de los que se encierran en su mansión esperando que todos le chupen las rodillas, no va de aquí para allí corriendo putas caras ni mendigando cámaras de noticieros. Nada de eso. Jay Kay hace todo bien. Sólo eso.

Buenas tardes, está todo pago, de nada.