Una hija pierde a su madre. Una madre pierde a un hijo ajeno. Dos amigos se encuentran después de cuarenta años. Son historias que hablan de vínculos extraños, aparentemente contradictorios, pero basados en el amor.

 

¿Cuál es el mejor modo de atravesar un duelo? Con mucho, pero mucho sexo. Ante la muerte de su madre, esa es la convicción de la protagonista de También esto pasará, de Milena Busquets. Su manera de exorcizar el dolor, de conectarse con algo deseable, su revolución privada frente a la Parca. Una apuesta a que Eros venza por fin a Tánatos y aleje de sí tanta pena. Ya sea con uno de sus ex maridos o con un amante casado, es sólo a través del encuentro de los cuerpos que puede suspender la angustia honda que le provoca esa pérdida, la más importante, la que se anuncia imperecedera. Porque incluso el amor hacia sus propios hijos queda obliterado por la admiración que tiene hacia su madre. Nacida en 1972, Busquets se ha convertido en la revelación del año de las letras españolas. Y aunque el relato se sostiene como ficción más allá de sus componentes autobiográficos, el dato curioso es que la autora es hija de Esther Tusquets, una figura esencial de la intelectualidad barcelonesa –hermana del fundador de la editorial Tusquets y ella misma editora de Lumen y escritora – recientemente fallecida. 

En la novela, la madre de la protagonista aparece como un personaje contradictorio: inteligente, culta, caprichosa, libertaria, alguien capaz de decirle a su hija, consciente de que su diagnóstico era terminal: “Ha sido un gusto conocerte”. Busquets explora los vínculos endogámicos que pueden darse entre madres e hijas, relaciones simbióticas, sumamente dependientes, que con la excusa del amor pueden también volverse algo asfixiantes. Y también muestra algo muchas veces invisibilizado: la solidaridad entre mujeres. Esa cofradía de amigas que en mitad del dolor apoya, resuelve, acompaña. Y también pone de manifiesto la soledad propia de todo duelo, tan inevitable, aunque se esté rodeado de gente.

 

MI VIDA SIN MÍ

Un paso a nivel, una barrera baja, una luz que indica que el tren está por llegar. Pero el tren tarda y los vecinos saben que la barrera no funciona, que da siempre falsas alarmas. Entonces un auto pasa, y otro, hasta que un motor se detiene en mitad de la vía, y ahora sí, el tren pasa. En el auto arrollado iban Marité, su hijo de seis años y su compañerito de escuela, de la misma edad. Los primeros lograron bajar. El último no. A partir de esta tragedia, en Una suerte pequeña Claudia Piñeiro sigue los pasos de la mujer que iba al volante y no pudo salvar a ese niño que no era suyo, cuya propia vida pasa a resultarle insoportable. Una mujer dañada que quiere dejar de hacer daño y que el único modo que encuentra es retirándose de escena. Por eso decide abandonar a su familia y empezar de cero en un país con otra lengua, para escapar de sí misma, para expiar tanto horror. Y será gracias a la solidaridad de un hombre –esa “amabilidad de los extraños” de la que hablaba Tennessee Williams– que podrá rehacer su vida. 

En Una suerte pequeña la maternidad es la gran protagonista in absentia. Porque toda la historia gira en torno a ese vínculo interrumpido entre madre e hijo, que veinte años después va a pedir revancha. Una novela intimista, lejos de las historias policiales de la autora, más en la línea de su inolvidable Elena sabe, que con astucia cuestiona los lugares comunes de la culpa y el instinto maternal, y es además una reflexión sobre el deseo: el que se impone, pero también el que se arrebata.

 

AMIGOS SON LOS AMIGOS

Fueron amigos entrañables, casi hermanos durante la niñez y la juventud, pero hace 40 años que no se ven. Uno viajó por el mundo, conoció Oriente, se extravió con toda intención. El otro vivió con su mujer en la misma casa de siempre, un castillo de caza al pie de los Cárpatos, el mismo en el que ahora van a volver a encontrarse. Pasaron décadas imaginando este momento, el instante de mirarse de nuevo y de poner sobre la mesa ese secreto que es el motor de la historia. Hay un traidor y un traicionado. Pero en cualquier caso, sus destinos son solidarios. El último encuentro, del escritor húngaro Sándor Márai, fue publicada en 1942 y rescatada hace una década cuando la tradujeron a decenas de idiomas. Ambientada en el imperio austro-húngaro en decadencia, lo mejor de la novela llega con la conversación entre ellos, o más bien con el monólogo del amigo traicionado. Y tiene una potencia tal que, a medida que avanza, conviene demorar las últimas páginas y sostener esa tensión casi insoportable para que no se precipite el final. Una novela de una fuerza narrativa como pocas, de esas imposibles de soltar.