Sobre el fuego, la olla. Adentro, un locro burbujeante. Afuera, un tinglado, una mesa de tablones y caballetes y un puñado de vecinos de la Villa 21-24 que van tomando asiento. Es lunes pero parece domingo. El feriado del 25 de Mayo retarda la mañana, le imprime al día una agradable molicie, y la junta vecinal del barrio se mueve con descanso y desapuro en el galpón de la calle Iriarte, Barracas al sur. Sin embargo, la amenaza de la vida en los márgenes no se disipa con ningún sol patrio: sigue siendo, este, un barrio desafiado por la exclusión y la escasez: sin cloacas, con un entramado eléctrico precario, con gente que a veces come y a veces no, con migrantes bolivianos y, principalmente, paraguayos que dejan horas que se hacen días que se hacen semanas, meses, en las puertas de los consulados a ver si consiguen un documento que les dé patria, con chiquitos que se mueren, con jóvenes que se mueren, con viejos que se mueren: la adversidad es un motor de la existencia hasta que es más fuerte que ella y la entierra.

 

O sí, o tal vez sí el sol patrio disipe la miseria, pero no será por obra de una estrella que orbita en el espacio: acá la luz y el calor los ponen estos tipos, estas minas, que pisan las calles de tierra y que se juntan a ver cómo sacar la vida del barro, cómo convertirla en algo que valga la pena. Acá la luz la pone Darío Figeredo, el Chinchu, que sabe de cables y cuando explota la trifásica se trepa a los palos para que la casita donde viven sus seis hijos y la casa de al lado y la casa de al lado de al lado vuelvan a iluminarse. El calor lo pone Karina Verón, que desde las siete de la mañana viene cocinando para doscientas personas. Rosi Bringas, que le mataron al marido de trece puñaladas, consigue colchones, sillas de ruedas, lo que haya que conseguir. Y así es como un vecino detrás de otro vecino viene asomando.

Todos son iguales. Todos son los mismos. Pero algunos se vuelven una referencia. Vos sabés que, cualquier cosa, los podés ir a buscar. Vos sabés que, con ellos cerca, el mundo, tu mundo, es un lugar menos peor.

Padre Toto

Si en este cielo hay un dios, vamos, que Lorenzo de Vedia le tiene que caer muy simpático. Claro: nadie lo conoce por Lorenzo ni por De Vedia, capaz que Dios tampoco. Para todos, es el padre Toto, párroco de la Iglesia de la Virgen de Caacupé, la muy paraguaya insignia de la fe que impera en la Villa 21. Toto llegó al barrio para reemplazar al padre Pepe, amenazado por el narco que tantas veces se siente el Estado sólo porque el Estado no está, es otro desaparecido.

Nunca la tuvo fácil Toto, ni cuando llegó ni ahora, cinco años después. Debió tomar la posta del trabajo de alguien que se constituyó en leyenda de los curas villeros, que es como se llaman esos tipos que dejan el cuero por el otro a cambio de la felicidad que les da dejar el cuero por el otro. De Pepe a Toto, que son amigos, hay algo más que una sonoridad de los sobrenombres. (…)

María Zubieta

Hay una Bolivia entera en la cara de María. El sigilo endurecido de la chola, la reserva, la omisión, la mirada detrás de la mirada, la puna, la altura, el aire seco, la persistencia del silencio, la voz susurrada, el bellísimo español de las eses, la lenta velocidad del coraje. Loma Alegre es un barrio dentro del barrio, y cuando María llegó, hace casi veinte años, no había con qué volverlo digno. Ella y otras vecinas se pusieron a barrer, casi que con las manos. Fueron a pedir escobas, ropa de trabajo. No contaban con el desprecio que podían inspirarle, que pueden seguir inspirándole, al Gobierno de la Ciudad de esta puta Buenos Aires. Entonces María se sacudió de la espalda siglos enteros de obediencia india y hoy, cuando la tenés enfrente, te encara y te habla con la soltura, la suficiencia, de quien ha sabido cómo reparar, cómo recuperar. (…)

Mónica Ruejas

Ya se había quedado sin nada varias veces, Mónica Ruejas, y todavía no había cumplido los 18. En Orán, Salta, donde nació, perdió vínculos y trabajos, y era una mocosa de 16 años cuando su esposo se quedó sin trabajo también, o tampoco: en tan poco tiempo la vida se le había convertido en tan poca cosa. Vino a Buenos Aires como viene el trabajador del interior que busca arañarle su minucia a la riqueza de la ciudad, pero después de años de manotazos lo que le quedó fue más pobreza que la pobreza original, porque ahora ni siquiera estaba en su tierra. Abrigados como familia en una pensión en la esquina de Rincón y San Juan, resistieron lo que se pudo resistir. Ya entrados los noventas, los echaron de la pensión también, y un día Mónica y sus hijos quedaron con la vida a cielo abierto.

Nacho Martínez

¿Por qué será que el paraguayo es el albañil perfecto? ¿Por qué será que sabe construir su casa, construir la casa del otro? El setenta por ciento de la Villa 21-24 se crió escuchando de sus mayores la lengua guaraní. Y Nacho Martínez, que hoy los representa, dice que si a su gente le das una parcela de tierra, cal y arena, enseguida edifica, porque para su gente primero está la casa, el hogar.

Magtara Feres

De los 82 años que tiene, 40 los lleva vividos en el Bajo Flores, Magtara Feres. Nació en Paso de los Libres, provincia de Corrientes, donde conoció al hombre que sería su compañero para siempre, Carlos Selaya, Carlitos, docente, es decir, alguien que aprende de lo que enseña. Sin ser especialmente su alumna, Magtara aprendió de él tantas cosas, dice. Aprendió que el otro vale siempre la pena, pero especialmente si el otro es pobre y está despojado.

Carlos llegaba de su trabajo, cuenta Magtara, cuando ya vivían donde ella todavía vive, en el Rivadavia Uno, y apenas sí comía algo antes de que la casa se les llenara de chicos, de grandes, que no sabían que la eme y la a forman “ma”. Magtara y Carlos se pasaron los años enseñándoles a los vecinos del barrio a leer y a escribir. Cuando ese trabajo estuvo hecho, también empezaron a darles de comer. (…)