La propuesta de Río Ancho Gourmet Lodge en la costa uruguaya, a diez minutos de Colonia, conjuga todas las variables del descanso soñado: excelente servicio, un restaurante a cargo del chef Martín Molteni con delicias de estación, habitaciones confortables y el privilegio de disfrutar del silencio de la naturaleza a toda hora. Relax total.

 

A diez minutos del centro antiguo de Colonia, en Uruguay, hay una casa. Río Ancho es una casa, sí, y también un hotel boutique y un restaurante exquisito a las órdenes del chef Martín Molteni. Pero sobre todo es un lugar donde reina el respeto: al silencio de la naturaleza, nutrido de pájaros, agua y viento; a los huéspedes, con servicio amable y gran confort, y a los productores locales, que proveen al restaurante con productos genuinos, creando un círculo virtuoso que favorece a todos.

 

La construcción, que era la casa familiar de sus dueños Miri Fioramonti y Marcelo Susevich, fue pensada hasta en sus mínimos detalles con el objetivo primordial del disfrute. Ya sea en el gran salón comedor, en el living, al borde de la pileta climatizada con energía solar o en el amplio camastro del deck, el Río de la Plata es un imán para la vista. Miri es licenciada en Historia del Arte, trabaja con telares y bordados y toda la casa funciona como galería de su buen gusto.

Marcelo es ingeniero nuclear y dueño de una productora de contenidos. Los dos, además de atender en persona a los visitantes, tienen una pasión común: rendir tributo a la naturaleza conservando las plantas y fauna locales (déjese guiar por el monte original avistando pájaros y flores, volverá feliz). 

La impronta de Molteni se reconoce en sus menús de pasos (pueden ser tres al mediodía o siete a la noche) que respetan el concepto “farm to table” con productos locales (limones, quesos, miel, lechones, patos, lo que brinde la estación).

Podrá comer cordero cocido durante seis horas en sus propios jugos; Risotto de quinoa o pastas caserísimas, sólo por mencionar algunos platos. Vinos uruguayos, perlas que Molteni encuentra en las bodegas del país, acompañan la velada. Tras el almuerzo, un paseo en bicicleta eléctrica por los campos vecinos permite fluir con el sonido del viento y, mientras las ruedas avanzan con fuerza propia, sentirse dueño del tiempo. Un sendero lleva a una playa de arenisca donde todas las tardes, cuando el sol se desploma vibrante sobre el río, el agua invita a remar de a dos y a disfrutar de una barra de tragos y un tapeo informal. Al culminar la visita, lo que queda ancho es el corazón.

  

Cuando baja el sol, la cita es en la barra de tragos en la playa de Río Ancho. Allí se puede remar en kayak o disfrutar del fogón en cómodas reposeras.