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Juntos somos más – El Planeta Urbano

Aunque parezca mentira, la solidaridad debe nacer de los valores individualistas, de la preocupación por lo que les ocurre a los otros. La cooperación es el principal motor de ayuda, y la persona potencia su esfuerzo cuando se une en un trabajo con los demás.

 

 La humanidad es productora de fuerzas como la violencia, la pobreza, la desigualdad, la marginación, el odio, la necesidad, la carestía, la emergencia, etcétera. Fuerzas que son consecuencias lógicas de los estados evolutivos y las falencias de los sistemas y representan impedimentos que al ser humano lo alejan de lograr su anhelo más esencial: ser feliz. Pero desde el punto de vista del desarrollo existencial, las peores experiencias, en ciertos casos, podrían representar las mejores oportunidades para despertar las más maravillosas capacidades humanas, entre las que se destaca la solidaridad. 

Cuando una persona elige ser solidaria pone en práctica la condición fundamental para lograr la evolución de la especie: el desapego a uno mismo para transitar el servicio a los demás y convertirse en una persona altruista. Cuando alguien se solidariza con la necesidad del otro, su esfuerzo por comprender las circunstancias y brindar su capacidad como paliativo le permite desarrollar su propia capacidad compasiva y amorosa. 

La solidaridad es el principio del bien común, ya que la transformación de la sociedad sólo es posible mediante la transformación del corazón de las personas. La confianza que brinda la ayuda del uno hacia el otro es el primer paso para iniciar el cambio de la sociedad. Dedicar tiempo a estar presente y atento a la necesidad ajena, a eso se le llama comprensión.

 

 

EL INDIVIDUALISMO COMO ENEMIGO DE LA SOLIDARIDAD

 

Los sistemas económicos actuales instauraron la competencia como condición casi necesaria para el posicionamiento en los escalafones laborales y sociales, por lo que reina el individualismo como forma de vida y como conducta suprema de supervivencia. Así nació el culto al desarrollo personal y al bienestar individual, que aleja al ser humano de su naturaleza solidaria. Como si la propia Tierra nos recordara la necesidad de evolucionar en reciprocidad, como lo hacen la mayoría de las especies que en ella habitan, los grandes desastres naturales (producto de los desajustes climáticos y ambientales) nos obligan a recordar que es la solidaridad, y no la competencia, la que garantiza nuestra continuidad como especie.

En la actualidad asistimos a un renacimiento de los comportamientos altruistas en defensa de los menos favorecidos. Desde organizaciones que mueven presupuestos millonarios hasta individuos que colaboran como voluntarios en diversas causas, esta corriente está formada por una miríada de iniciativas a lo largo y ancho del planeta. Es un movimiento global sin nombre ni líderes, de enormes proporciones, pero ampliamente ignorado por los poderes públicos y los medios. Y no obstante, al tratarse de un movimiento espontáneo, creativo y que surge de las necesidades reales de la gente, es una poderosa herramienta de transformación y cambio.

Aunque no sea percibida conscientemente, la conducta que tiende al egoísmo y a la individualidad, tanto como al altruismo y la solidaridad, es un factor que en gran medida es motivado por el entorno. La inclinación hacia el altruismo o el egoísmo no es intrínseca a la persona, depende de una serie de factores como las reglas del sistema, la educación, las influencias culturales y hasta las políticas gubernamentales, que actúan como reflejo ejemplificador de las acciones o inacciones de todos. De la misma manera actúa la influencia mediática cuando los canales de noticias reflejan el sufrimiento de quienes han perdido todo en una catástrofe natural, haciendo que se despierte la esencia humanitaria y solidaria. Como sociedad, entonces, se debería crear un marco de convivencia que fomente comportamientos desinteresados, encaminados al bien común, para formar sociedades más justas y solidarias.

Como paradoja del destino, la solidaridad debe nacer desde los valores individualistas. Es decir que el sentimiento de solidaridad nace esencialmente en los principios y valores de la responsabilidad personal, de la preocupación que surge en el individuo como respuesta a lo que les ocurre a sus semejantes y a su entorno, actuando así en consecuencia para solidarizarse con quien sufre. La cooperación, que debe primar sobre la competitividad, es el principal motor de ayuda en el que el individuo potencia su esfuerzo cuando se une en un trabajo común con otras personas.

 

SOLIDARIDAD ANDINA

 

Desde los inicios de las culturas que se desarrollaron en los Andes, el ayni representó la base de los pueblos. Ayni significa cooperación y solidaridad recíproca y es una forma de vida de los pueblos originarios que se manifiesta en forma de relaciones sociales basadas en la ayuda mutua: “Hoy por ti, mañana por mí”. De esta forma de vida surgen otras estructuras sociales que se apoyan en la reciprocidad, como el minga, que es el trabajo colectivo en beneficio de la comunidad. La tradición del trabajo comunitario (es voluntario) se realiza con fines de utilidad y beneficio social con diferentes objetivos, como construir, beneficiar a una persona o grupo familiar, sembrar o cosechar, siempre con una retribución grupal para quienes han participado. El modo de establecer la reciprocidad determina la singularidad de su práctica dando un sentido de unidad y beneficio comunitario.

En el mundo andino todas las relaciones sociales eran bidireccionales, por lo que los miembros de la comunidad debían compensar a la naturaleza por el alimento ofrecido. La ciencia cuántica nos demuestra que la vida se sustenta dentro de un campo unificado, en el cual el ser humano es un todo indivisible con su entorno natural. Lo que el hombre le haga a la naturaleza, en términos de desequilibrio, representará un desequilibrio para el propio hombre. Esta ley de equilibrio y reciprocidad sistémica se ejerce mediante la sacralización de todo aquello que tomamos de la naturaleza y el respeto hacia todo y todos, unido al agradecimiento y a la compensación a través del cuidado y la preservación de la vida.

El hombre que vive en comunidad con la naturaleza tiene un deber recíproco: cuidarla. Cuando el hombre cuida lo que lo rodea, respeta su propio equilibrio. El valor social de aquellos primeros pueblos estaba dado en el reconocimiento como principal basamento de la conciencia, la cooperación solidaria en todos los niveles. Cuando hay respeto solidario no se toma más de lo necesario y no se destruye innecesariamente. Cuando el hombre entiende que es un ser vivo manifestado y dependiente de un entorno que también está vivo, comprende que todo es movilizado por un orden en un constante equilibrio, y cuando se reconoce que hay un orden superior que funciona bajo estas reglas, la solidaridad se convierte en un acto de reciprocidad con lo superior.

La sociedad actual ha perdido el sentido de respeto a la naturaleza y, como consecuencia, la humanidad ha creado peligrosos desbalances ecológicos, convirtiéndose en la principal víctima. 

La solidaridad es una enseñanza que nos recuerda que hacen falta dos para que se establezca una relación recíproca. Debemos recuperar el orden ancestral que después de miles de años de evolución entendió que el universo, la naturaleza y nuestros semejantes son extensiones de nosotros mismos y juntos actúan como un todo unificado, el cual, como un espejo, refleja nuestra propia esencia, por lo que todo lo que ofrecemos es lo que recibimos. El ser humano formado bajo los mandatos de la sociedad de consumo sólo busca obtener y ganar, sin dar y sin agradecer. Cuando buscamos no sólo obtener, sino también dar, este simple cambio tiene un efecto en la perspectiva del sentido de la vida. Abre los ojos de la conciencia y entonces comenzamos a ver más allá de nuestra capacidad, comenzando a vislumbrar la mirada de la vida.

Este puede ser el despertar de una nueva era de armonía, en la que el servicio a uno mismo se logre a través de ejercer, como principio, el servicio a los demás y a todo lo que existe.

La inclinación hacia el altruismo o el egoísmo no es algo intrínseco a las personas sino que depende de una serie de factores, como las reglas del sistema, la educación, las influencias culturales y hasta las políticas gubernamentales.