Terminó Mad Men, una de las mejores series de todos los tiempos. ¿El cierre estuvo a la altura del viaje? ¿Por qué nos obsesionan y frustran tanto los finales?

 

 Antes de empezar, cabe hacer una advertencia: en esta columna se habla de finales de series. Algunas terminaron hace años, otras más recientemente, pero dado que la mayoría se emitió hace una cantidad de tiempo prudencial para comentarlas en público, hay detalles que si prefieren no conocer, no sigan leyendo. De todos modos, un objetivo de esta nota es relativizar el peso de las conclusiones de las obras, de importancia creciente ahora que todo se debate online. 

 

 

¿Qué buscamos en un final? ¿Qué hace que un final sea perfecto o, en principio, aceptable?

 

No hay una única respuesta a estas preguntas pero casi todos podemos coincidir en que tiene que cumplir, por lo menos, tres requisitos:

1) cerrar de manera satisfactoria las historias de los protagonistas, 2) resolver las incógnitas planteadas, 3) ser fiel a los capítulos anteriores y no traicionar la esencia de la serie (en la actualidad, un final estilo “todo fue un sueño” sería inadmisible). A estas tres condiciones, el fervor generado en esta nueva era dorada de la televisión y la exigencia que nace de la madurez de la audiencia suma, bajo presión, un cuarto punto, que requiere que el cierre sea diferente, relevante, que tenga una cualidad distintiva que lo eleve al panteón de los grandes series finales.

 

Para los showrunners, cuanta más estima tiene su serie entre el público, más complicado es terminarla. Y para los seguidores, cuanta más expectativa hay depositada, más difícil es que esté a la altura. Entre las decenas de series que se estrenan por año, sólo algunos finales pasaron a la historia, por buenas y malas razones. Tal vez el caso más polémico sea el de Lost, que cinco años después de su conclusión continúa dividiendo las aguas tanto por su calidad como por su significado, amén de la falta de resolución de varios enigmas. El escrutinio sobre sus creadores fue tal que el productor Damon Lindelof tuvo que cerrar su cuenta de Twitter. La ambigüedad de las conclusiones son, por supuesto, decisiones artísticas conscientes: podríamos sospechar que los autores eligen este camino para evitar jugársela por un cierre concreto, pero es más acertado considerar que lo hacen para asegurarse la discusión perpetua acerca de lo que en verdad pasó.

 

Es el caso de The Sopranos, que terminó en 2007 con un abrupto corte a negro que aún hoy tiene a sus fans discutiendo el destino de Tony, su protagonista. Hace poco, el final de Breaking Bad contó con una aprobación casi unánime por parte de su audiencia, porque optó por un desenlace lineal y sin grises para las historias de todos sus personajes.

 

Teniendo en cuenta todas las alternativas, es válido argumentar que Matthew Weiner, creador de Mad Men, eligió una mezcla de las dos: algo de cierre y un poco de ambigüedad, como para no regalarle todo a la audiencia. Aunque casi todos (pobre Betty) tuvieron un final relativamente feliz, seguro habrá mucha discusión durante los próximos años alrededor del significado de los segundos finales del episodio “Person to Person”, con un Don Draper que, tras el testimonio revelador de un compañero de retiro espiritual, aparentemente encuentra cierto equilibrio interior y una nueva idea que le permite regresar a Nueva York, en forma de jingle de Coca-Cola. La aparente linealidad del final, de todos modos, no terminó de cerrar para muchos televidentes, que enseguida se arrojaron sobre sus teclados para protestar en Twitter, lo cual nos lleva a una serie de preguntas: ¿de dónde proviene esta frustración? ¿Nuestras expectativas son sólo narrativas o hay un elemento psicológico que busca en la ficción la clausura que no encontramos en nuestras vidas? ¿Y cuán relevante es el final de una serie considerándola en el contexto de un todo? Tal vez la solución esté en dejar de juzgar a la obra sólo por su conclusión y no permitir que una eventual frustración opaque el goce del viaje que nos llevó hasta ahí.