Ideólogo del punk y del rock oscuro, Bob Geldof es también un tipo tierno que se conmueve por las desgracias de este mundo y logró que las mayores estrellas del planeta participaran en sus festivales a beneficio de los pobres de África.

 

Bob Geldof es un tipo jodidamente bueno. Nacido artísticamente en el punk londinense, contemporáneo de los Pistols, The Clash, The Jam y demás, con su banda The Boomtown Rats tuvo un par de grandes éxitos a nivel mundial. Recuerdo “Rat Trap”, del primer disco, y sobre todo “I Don’t Like Mondays”, esa oda a la neurosis que fue inspirada por el caso de una adolescente que desde su balcón les disparó a sus compañeros de la escuela secundaria y mató a unos cuantos, director incluido. Lo más patético fue la confesión del motivo de la masacre: “No me gustan los lunes”. Fue suficiente para que Bob compusiera una de las bases sobre las que se construyó el dark rock. Lo más loco de todo esto es que los Boomtown Rats eran irlandeses. Como Van Morrison y como U2. Decidieron instalarse en Londres después de que los prohibieran en los medios irlandeses porque una noche, en el programa más visto de la isla, después de tocar su canción, Bob se dedicó a hablar pestes de los políticos irlandeses, de los católicos y –de paso– a poner bien en claro que para él la Thatcher era una vieja de mierda. Tales declaraciones determinaron que los jóvenes modernos londinenses los recibieran con los brazos abiertos. De a poco, Bob se iba metiendo en algunas luchas sociales, actitud que no fue tomada con beneplácito por sus compañeros, con lo cual la actividad del grupo fue decayendo, tanto que Bob salía a tocar con sus amigos de Thin Lizzy, o con David Gilmour, o los Eurythmics. En una época, se dedicó a la radio e hizo un programa bastante exitoso hasta que empezó a desmadrarse poniendo al aire discos demasiado extravagantes y diciendo cualquier cosa. Bob colapsó. En medio de todo esto, en 1982, se casó con la hermosa Paula Yates y ahí se abrió otra ventana. Paula era una presentadora joven de la TV británica, la más hermosa, mirada y deseada por todos. Tuvieron dos hijas y estuvieron juntos diez años. Tras el divorcio, ella se fue primero con Jools Holland y después con Michael Hutchence, de INXS, cuando INXS estaba oscureciendo los neones de los mismísimos Rolling Stones y antes de que él apareciera colgado de un cinturón, en un hotel, en medio de una gira. No lo llevaron a colgarse ni la depresión ni las drogas sino una práctica sexual demasiado border. Dios, no hay peor soledad que la de la habitación de un hotel en medio de una gira. Unos meses después de esta lamentable noticia, nos despertamos con otra casi peor, una sobredosis había matado a Paula Yates.

 

A RECAUDAR, QUE SE ACABA EL MUNDO

 

Entonces acá abrimos otra ventana geldofiana. Bob venía peleando por sus derechos como padre –porque parece que la Yates no lo tenía muy en cuenta a la hora de educar a sus hijas– y terminó fundando la asociación Father’s Rights, que se ocupaba de casos como el suyo y peores.

Y acá otra ventana, la de sus aportes en pos de proteger a los que menos tienen. Todo empezó cuando organizó su primer show a beneficio. El Secret Policeman’s Other Ball, con Eric Clapton, Phil Collins, Jeff Beck y Sting, entre otros, juntando fondos para una acción de Amnesty International en 1981. Tres años después, junto a Midge Ure, de Ultravox, compuso “Do They Know This is Christmas?” y, tal como ocurrió en USA for Africa, se juntaron para cantarla todas las estrellas del pop y el rock inglés, desde Boy George hasta Duran Duran. El disco trepó rápidamente al tope de las listas y consiguió recaudar unos cuantos millones de libras para los pobres de África.

Esto lo envalentonó, y mientras seguía con su carrera musical, ya solo, obtuvo un sosegado éxito con su disco Deep in the Heart of Nowhere. Ese humilde suceso se debió en parte a la dispersión de Bob, que estaba más preocupado por armar Live Aid que por su propia obra.

Y another ventana: Live Aid fue el festival más grande de la historia de la música. En ambos lados del Atlántico, y reclutados por Geldof, los más famosos participaron gratis del evento destinado a juntar dinero para los pobres de África.

Poniéndose de acuerdo respecto de los horarios, al mismo tiempo en Wembley de Londres y en el JFK Stadium de Filadelfia, tocaron las bandas y solistas soñados por los jóvenes despiertos del mundo entero. A los Boomtown Rats se sumaron Paul McCartney, David Bowie, U2, The Style Council, David Gilmour y una veintena de números uno que mandaron el mensaje desde Wembley. Y en los EE.UU. se sumaron Bob Dylan, Keith Richards, Ron Wood, Mick Jagger y Madonna. Para la ocasión se reunieron después de veinte años Crosby, Stills, Nash & Young y hasta Led Zeppelin se juntó otra vez. Esta banda participó de una exageración: la de esperar a que llegara Phil Collins, que tras tocar en Wembley se subió a un Concorde y llegó a tiempo a Filadelfia para cumplir su sueño personal de tocar la batería en Zeppelin.

Todo era impresionante ese día para los rockers del planeta. Los bares de Baires explotaban de jóvenes de camperas de cuero cruzadas y pelos para arriba que no se movían de los televisores. Live Aid juntó una tonelada de dinero y la verdad es que gran parte de esa fabulosa recaudación fue a parar a las manos adecuadas en Etiopía. Algunas monedas se perdieron en minucias, una de las cuales fue la multa de la BBC a la organización por las poco educadas declaraciones de Bob en una de sus apariciones en pantalla, cuando gritó a la audiencia: “Give us your fuckin’ money!”. El auténtico punk sostiene siempre, durante toda su vida, en algún lugar de su alma, esa llama sagrada del arrogante desatino que lo hizo tan valioso para la humanidad. Hablo del punk. Y también estoy hablando de Geldof. 

Unos años después, y más grosso, organizaría Live 8, pero los resultados no fueron los esperados, en parte debido a la mezquindad de los sellos discográficos, que jamás lograron ponerse de acuerdo para hacer los discos, el video y la peli de esos shows en ocho ciudades del mundo que todos esperamos ver y escuchar algún día.

OTRA WINDOW

 

No fueron estos los únicos beneficios que Bob lograría realizar. Fue fundador del Africa Progress Panel, una entidad con la que logró que 16 líderes europeos viajaran a África y vieran con sus propias pupilas la vida de mierda de los desposeídos de verdad.

Crucé a Bob Geldof en Río hace unos años. Coincidimos en un hotel en Copacabana, donde yo estaba como parte de un grupo de prensa y él como disertante de la Unicef. 

Estaba en medio de un tour por las poblaciones más marginales de Latinoamérica, venía de observar la pobreza delas casillas colombianas, las villas miseria argentinas y las favelas brasileñas. Se lo veía impresionado pero no devastado. Alguien en el sillón al lado mío le preguntó qué medidas iban a tomar para ayudar a esta gente. Bob lo miró fijo y amablemente le dijo: “Por ahora estamos más preocupados por otras situaciones más urgentes. Acá sus pobres tienen cuanto menos un techo, agua cerca y primeros auxilios en casos extremos. Al oeste de Sudán hay personas que sin tribu, totalmente en pelotas, no se pueden alejar mucho de la cueva de arena en la que tienen a su familia porque si no, entre animales y aves depredadoras, sus hijos más pequeños serían comidos en horas”. 

En lo personal, me levanté, saludé y me fui un poco más sabio y menos quejoso que cuando había llegado. 

Ventana final. Bob la está escribiendo, afortunadamente. 

Amén.