Un joven pobre en una Francia rica, un gay maltratado en una sociedad igualitaria, y siguen las paradojas de Eddy.

Muy distintos son los problemas de William, un músico en un mundo sin sonidos.

Alrededor de ambos se cuecen mucho más que habas. Leer para entender.

 

 

 

De mi infancia no me queda ningún recuerdo feliz”. Así arranca Para acabar con Eddy Bellegueule, la primera novela de Édouard Louis, que con apenas 23 años se convirtió en el último fenómeno editorial de Francia. El libro cuenta en clave autoficcional su propia historia, la de haber crecido en una familia obrera francesa, en un entorno pobre y violento, intentando sin éxito ocultar sus modales amanerados, haciendo esfuerzos por amoldarse a una forma de masculinidad que siempre le resultó ajena. Louis cuenta cómo lidió con ser “el marica” de la escuela, del barrio, del pueblo. Y ya desde las primeras páginas queda claro el mundo de insultos, vejaciones y acoso generalizado en el que transcurrieron su niñez y su adolescencia.

 

En la escuela sufre golpes sistemáticos durante años a manos de otros chicos (que él no denuncia para ocultar su condición de víctima), pero es en su propia casa donde encuentra el peor escenario: un hogar machista y sumamente prejuicioso, en el que la homofobia es moneda corriente. Lo curioso es que su experiencia es la de un chico francés creciendo en el primer mundo del siglo XXI, en la Europa de la era del euro, con acceso a la cultura global, en un país con matrimonio igualitario, asociado en el imaginario a la libertad y la fraternidad. Y sin embargo, por el nivel de discriminación, de chatura y de incorrección política de los personajes que rodean al protagonista, podría pensarse que la novela fue escrita 50 años atrás, mucho antes de la cultura gay friendly y la amplitud en materia de identidad sexual. “La rebelión contra mis padres, contra la pobreza, contra mi clase social, su racismo, su violencia, sus atavismos, fue algo secundario. Porque, antes de que me alzara contra el mundo de mi infancia, el mundo de mi infancia se había alzado contra mí. Para mi familia y los demás, me había convertido en una fuente de vergüenza, incluso de repulsión”, dice el autor, cuyo nombre originario era Eddy Bellegueule pero lo cambió legalmente por Édouard Louis precisamente para mudar de piel, para que el resto de su vida no lo remitiera a esa identidad. Un chico que por ser gay sufre los abusos de su medio cultural y, en algún momento, decide iniciar su revolución privada. Porque su condición de paria le hace tener una mirada crítica entrenada, de distanciamiento y ajenidad con su propio ámbito social.

 

 

La novela alterna entre el registro del narrador y el habla popular de sus padres y vecinos (señalada en bastardillas), pero no es sólo una cuestión de forma sino de fondo. Allí desfilan los lugares comunes basados en múltiples prejuicios, no solo contra los gays sino contra los árabes, contra los que son apenas un poco más pobres, contra cualquiera que viniendo de ese medio intente ser distinto. Y en especial contra los que –como Eddy– quieren estudiar para progresar.

 

Una novela distinta, brutal y esperanzada, de un autor que –después de tanto debut literario inflado– por fin honra aquel latiguillo de “promesa literaria”.

 

EL HOMBRE QUE ESCRIBÍA EPITAFIOS

 

 

¿Cómo ser kafkiano sin plagiar a Kafka? A sus 36 años, el estadounidense Jess Bell parece haberlo logrado. Su última novela, Toque de Queda, plantea una sociedad distópica y totalitaria gobernada por un poder invisible en la que no hay reglas precisas, pero sí tácitas, con lo cual cada ciudadano se vuelve su propio censor. De hecho, a pesar de su título, no hay formalmente un toque de queda sino un comunicado que dice “los ciudadanos buenos duermen de noche”. Y punto. Un estado de excepción donde los agentes de la ley son invisibles (como la ley misma), en el que cualquier desvío puede pagarse con la muerte, ahí mismo, en plena calle, sin aviso. (Para un lector vernáculo, muchas referencias resuenan en otro escenario: el de la última dictadura militar en la Argentina, con zonas liberadas, policía de civil y desaparecidos). Y en esa ciudad de balaceras y explosiones vive William, un hombre cuya esposa salió un día para no volver y ahora vive con su hija de nueve años, que es muda. Y es un hallazgo cómo Bell pone en palabras la voz sin voz de la niña, su lengua de señas enmarcada por asteriscos, que –al igual que otros juegos tipográficos– señalan la diferencia sin entorpecer la lectura. William es violinista pero ya no puede tocar, porque tanto la música como los instrumentos fueron prohibidos. ¿Qué hace entonces para sobrevivir? Un trabajo bastante peculiar: escribe epitafios. Cuando alguien muere, el gobierno lo envía a visitar a sus familiares, para que juntos acuerden una inscripción para la lápida. Y en cada línea pensada para honrar a esa vida Bell da cuenta de sus dotes como poeta, porque los epitafios son poesía pura. Pero las tiranías piden a gritos revoluciones y son varios los que están dispuestos a pasar a la acción. Los mismos que van a tentarlo para que se una a una célula que planea atentados contra el gobierno con la promesa de darle noticias sobre el destino su esposa, alterando inexorablemente el suyo. Toque de queda.