Así como el mundo está lleno de Homeros Simpson que no pueden levantar las nalgas del sillón y se conforman con ver la vida de los otros en la tele, hay otros tantos que necesitan producir adrenalina con viajes exóticos, amores prohibidos o con el simple hecho de hacer funcionar las neuronas.

La idea conceptual que anida en la aventura está ligada indefectiblemente al riesgo. Del latín advenire (llegar, suceder), la palabra convoca ese algo que puede ocurrir, de un modo extraño, atractivo, azaroso y siempre incierto. (Las certezas absolutas son, por lo general, territorio de esquizofrénicos.) Lo más cercano a la verdad común y corriente es que todo sujeto que emprende una aventura, cualquiera sea su carácter –escalar el Everest, inventar una teoría filosófica o incursionar en terrenos amorosos ocasionales o no tanto, depende de los protagonistas–, se embarca en algo potencialmente muy seductor y donde real o simbólicamente pone en juego su pellejo. Se arriesga, por necesidad y deseo, al peligro. Un peligro excitante.

 

 

A Marco Polo, por caso, la aventura le regaló conocimientos, fama, éxito y lo convirtió en leyenda. Sus viajes trajeron al mundo occidental la delicia de las especias, la seducción de los géneros más exóticos, la explosión (literal) del sueño de la pólvora. Aquella que los chinos le ofrecieron y él se atrevió a conocer. Y difundir.

 

 

Hay aventuras explosivas que terminan mal. Cohetes que estallan en el momento de partir al espacio. Bombas suicidas que matan a miles de incautos. Pactos aventureros que terminan con delirios de riqueza infinita y pasan de un instante al otro al mundo del infierno del demonio global. Aventuras de poder. Aventuras de saber. De crecer. De vivir. Aventuras amorosas. Esas son las más simpáticas. O terribles. Duren lo que duren, cerramos los ojos y recordamos algunas un tanto tragicómicas, que para eso está el verano: para soñar sueños de una noche shakesperianos.

 

 

UNA AVENTURA REGRESIVA

 

 

Por estos días acaba de publicarse una nueva biografía del poeta Gabriele D’Annunzio, traducida al castellano como El gran depredador. Para su autora, Lucy Hughes-Hallett, puede hablarse de dos D’Annunzios: el de los bellos poemas y obras de impactante lirismo y el de los delirios fascistoides que lo llevaron a transitar una vida de excentricidades diversas, autoritarias algunas, nefastas otras, como su amistad con Benito Mussolini, apodado el Duce. Y gran admirador de D’Annunzio.

 

 

En septiembre de 1895, en el hotel Danieli, de Venecia, D’Annunzio conoce a la exquisita actriz Eleonora Duse. Comienza entonces su aventura amorosa con ella, quien le exacerba sus intensidades eróticas.

 

 

La lleva a vivir a su palacio, Il Vittoriale, junto al lago de Garda. Se sabe que los celos, las obsesiones, las fantasías triangulares y la grandiosidad de los escenarios sumían a Gabriele –a su cabeza– en un vendaval de ideas bizarras.

 

 

Si el Duce fue, en buena medida, su hijo simbólico, la Duse se convertiría en su madre idealizada. Se convenció de que Eleonora haría de él un superhombre y le dedicó obras que ella interpretó y convirtió en magníficas. Francesca de Rimini, La Gioconda, La figlia di Jorio, entre otras. La aventura de amor con Duse duró catorce años. D’Annunzio la definió como de “encantamiento solar”.

 

 

Es probable que, como todo maníaco, se creyera Apolo. Un dios. Sólo que hay quienes aseguran que durante la extensa aventura amorosa el poeta hizo una regresión emocional impactante. Antes de que la actriz saliera a escena, D’Annunzio le solicitaba en su camarín, en un lamentable balbuceo, que Eleonora lo amamantara. Como a un bebé. (En estos tiempos, los camarines de actrices, conductores y ainda mais son testigos de diversas solicitudes, que no pensamos detallar aquí.)

 

 

Lo cierto es que Eleonora se hartó. Dar tanto la teta a un hombre grande le quitaba energía. (Todavía no circulaba la idea del apego, tan de moda en la maternidad actual, pero creemos que D’Annunzio fue un verdadero pionero: se negaba a ser des-tetado.)

 

 

De buenas a primeras Eleonora lo plantó y se fue del Vittoriale. “Me parece –le escribe en una esquela de despedida– que no puedo hacer ya sino una sola cosa: marcharme.

 

 

Desparecer, dejarte libre con tu destino.” Dicen los que saben que de allí en más la vida de D’ Annunzio fue una tortura. Mucha medalla de plata y de oro como patriota, mucho manifiesto nacionalista, má péro… sin la teta de Duse. Mal, desesperado, escribió con urgencia El martirio de San Sebastián, en 1911, durante una rápida fuga a París, para retirarse poco después a su casa del lago de Garda donde murió el 1 de marzo de 1938.

 

 

En 1960, otro italiano, Michelangelo Antonioni, muy alejado de los delirios dannunzianos, llevó al cine una historia que transportó el tema aventuril al plano del enigma absoluto. En La aventura, una pareja y una amiga (triángulo en potencia de burgueses adinerados y anotados en el aburrimiento previsible) llegan en yate a una isla volcánica, semiabandonada. El clima de las películas de Antonioni era exclusivo. Raro.

 

 

Un tanto como fuera del espacio y el tiempo. Lo cierto es que en medio de peleas y hartazgos, Anna, novia de Sandro, desaparece misteriosamente. Y por más que la buscan, el novio, la amiga Claudia, el padre rico y todo el aparato policial, por mar y aire, Anna no aparecerá jamás. Lo que comienza siendo un thriller se va transformando en una búsqueda desesperada, casi metafísica. Claudia y Sandro intentan tener un romance. Pero la chica perdida estará entre ellos siempre, como un fantasma. Con el peso intangible de su ausencia. El aburrimiento, la noia, que se llevó a Anna, se instala en la vida de los que quedan, sin aparente felicidad posible. Una aventura sin salida, con una suerte de estigma misterioso para devastar a todos.

 

 

AVENTURA Y PASIÓN INCONVENIENTES

 

 

Emma Vilarasau (Sant Cugat, Barcelona, 1955) es la Fedra basada en la tragedia de Racine que dirige Sergi Belbel desde el pasado mes de enero en el teatro Romea, en Barcelona. Vilarasau, uno de los rostros más conocidos de la escena catalana, ganadora de un Goya en 2005, tiene bien claro de qué se trata esta obra de aventura y pasión extremas.

 

 

Una historia de deseo de fémina madura por un jovencito, tan eterna como la historia bíblica de la mujer de Putifar y su pasión por José, y la más cercana en el celuloide de Mrs. Robinson, que consagró al jovencísimo Dustin Hoffman en El graduado. La actriz de esta Fedra catalana dice del contenido de la obra: “Habla de deseo y de culpa. Y de la culpa del deseo, sobre todo. El deseo sexual inspira mucha culpabilidad, vergüenza y autodesprecio.

 

 

Ese deseo es de las pocas cosas que no eliges”. Por eso, Fedra y su hijastro Hipólito no sobreviven a esa pasión. Para no caer en semejante fragilidad, con muertes por todos lados, investigadores españoles están trabajando con un robot que logre ver. No que mire, sino que vea como puede ver un ojo humano. Que identifique objetos y caras en el entorno, que intuya la actitud de la persona para saber si va a colaborar con él y, en función de ello, tomar la decisión de esquivarla o no. En el plano de la aventura amorosa, tan díscola a los finales felices, nos parece que la idea del robot puede augurarnos, en este siglo, relaciones menos trágicas. “Si ves a alguien, puedes esquivarlo, pero si ves que está sonriente, tu conducta con esa persona va a ser diferente”, aseguran los investigadores. Una película de ciencia ficción bien naif, para armar un encuentro social, previsible, amable. ¿Y la aventura amorosa? De eso, nada. El mundo, es sabido, está lleno de paradojas.