El ocio y la pereza, que son primos hermanos, tienen otro pariente que se llama sedentarismo. Cuando se encuentran en alguna reunión familiar pueden llegar a aplastar a todos los demás.

 

En tiempos prehistóricos, la pereza tenía una razón evolutiva: los humanos debían ahorrar energía para poder gastarla cuando se requería un gran esfuerzo o, por el contrario, almacenarla para las épocas en que los recursos escaseaban. Pero si ahora ya no se requiere preservar los recursos energéticos, ¿por qué ciertos seres humanos son tan perezosos? Según las numerosas exigencias de nuestros días, un estado de pereza, de apatía y de escasez de energía se puede manifestar en la persona como falta de dirección. La concepción humana de la vida moderna ha vuelto al hombre sedentario. Desde la aparición de la agricultura los pueblos se asentaron y cambiaron sus hábitos, los esfuerzos que conlleva la vida nómada cambiaron por la quietud y la seguridad propias del sedentarismo, fomentando la aparición de la pereza.

 

 

El biólogo molecular Bruce Lipton ha propuesto la teoría epigenética, bajo la cual defiende la idea de que somos más dependientes del medio ambiente que de los genes. Y que no se puede usar la genética para intentar explicar por qué los humanos estamos más perezosos. Se propone que las células tienen memoria y que aprenden a través de la experiencia que adquieren en el medio que las rodea, lo que les permite adaptarse mejor y anticiparse a los cambios. Es decir, las células son inteligentes y se acomodan en función del ambiente en el que vive el individuo.

 

 

A menor esfuerzo, menor actividad genética. El primer libro de Lipton, traducido al castellano como La biología de la creencia, fue declarado el mejor libro científico en España en 2006.

 

 

La epigenética

 

 

Las ciencias biológicas vigentes subestiman al medio ambiente y han dado más importancia a la determinación genética. Cuando creés que los genes controlan tu vida tenés una excusa para culpar a tu herencia familiar y considerarte una víctima. Frente a las resoluciones que aportó el confort, la epigenética se acomoda al medio ambiente que “todo lo soluciona” e incide en nuestra inacción, fomentando la pereza y la apatía. Quien es dominado por la pereza se entrega al ocio, se resiste al orden establecido por la propia naturaleza, la cual es subyugada por otro orden creado por el hombre, que lo aleja de la supervivencia en hábitats naturales.

 

 

La pereza y la apatía se pueden comparar a estar en prisión, donde no se puede hacer nada hasta que se abre la puerta. Si alguien se encuentra obstruido por el letargo únicamente puede reunir y utilizar la energía suficiente para hacer lo imprescindible para su subsistencia básica.

 

 

Es lo que su adaptabilidad a un sistema que “todo lo provee” le indica hacer. La vida moderna nos obliga a familiarizarnos con la tecnología y ya ni siquiera se necesita caminar para hablar con otra persona porque los dispositivos de comunicación son portátiles. Se dice que todo es para servir y facilitar la vida del ser humano, sin embargo el hombre moderno, favorecido por un sinnúmero de elementos de confort, ha cambiado su ritmo de vida y pasa la mayor parte de su tiempo sentado y nutriéndose con alimentos nada saludables. Nuestra genética se adapta a ello disminuyendo los ritmos biológicos, haciéndonos envejecer prematuramente hasta que la sociedad nos descarte en la plenitud de nuestra experiencia.

 

 

En este contexto se hace imperioso volver a contactarse con la naturaleza y la medicina natural.

 

 

Cuanto menos hacemos, menos queremos hacer

 

 

Los niños de hoy ya no juegan con amigos sino con máquinas. Las nuevas tecnologías trajeron una flamante cultura en la que son ley el individualismo y el menor esfuerzo físico. Cambiaron los hábitos creando generaciones cuya principal característica es la pereza y todo está pensado para evitar grandes esfuerzos. Los efectos negativos del sedentarismo sobre la salud son numerosos, y en el caso de la población infantil y adolescente, donde se suma la mala alimentación, parece ser el factor responsable del alarmante incremento de obesidad.

 

 

La tecnología de pantalla crea un efecto hipnótico bajo el cual la persona, cuanto menos actividad realice, menos quiere hacer.

 

 

A pesar de que existe una tendencia del ser humano a la pereza, la ciencia no cree que el hombre sea holgazán por naturaleza. Normalmente, se dice que la pereza es también una respuesta psicológica al estrés, a lo vertiginoso y exigente de la competencia social, a heridas emocionales o a miedos que convierten a la pereza y apatía en un instrumento de huida de la realidad para no tener que enfrentar la realidad. Denominado “síndrome amotivacional”, al hombre ya nada lo motiva, por lo que prefiere quedarse en casa, bloqueando la mente frente a una pantalla y pensando que el ocio nos conducirá a un “modo seguro” de vida. El ser humano debe alternar de manera inteligente la acción con el reposo. Este ayuda a recuperar las energías que se necesitan para vivir equilibradamente.

 

 

Sin el descanso, en muchas ocasiones sería imposible ser consciente y obrar a la altura que requieren las circunstancias. Pero cuando se desea el descanso, la inacción y el reposo, se alimenta el ego de la pereza.

 

 

La pereza espiritual

 

 

La pereza trae aparejado el estancamiento evolutivo. A pesar de que la espiritualidad se asocia a la calma, la meditación y el poco movimiento, la disciplina espiritual no tolera la pereza evolutiva. El futuro puede parecer seguro, pero eso es una ilusión. Tenemos que utilizar el tiempo para tratar de alcanzar un desarrollo verdaderamente espiritual. La sociedad tecnológica nos conduce a darnos por vencidos ante el esfuerzo que requiere forjar el temple espiritual. Más allá del desarrollo de la voluntad y la libre elección, nos empuja a optar por el camino más fácil, lo que nos venden con la etiqueta “nosotros lo hacemos por usted”.

 

 

Por eso, aquel que conquista al sistema se conquista a sí mismo, le gana a la apatía, a la pereza y a la conciencia en masa que nos propone la vida regida por la tecnología y nos devuelve el conocimiento que nos aporta una vida natural en la que el cuerpo se moviliza y la mente está alerta resolviendo los planteos propios de existencia. Vivir espiritualmente debe tener su origen en una búsqueda activa, sólo así surge en uno la energía necesaria para vivir en plenitud mente, cuerpo y espíritu. No es razón suficiente el deseo de disfrutar experiencias sensoriales placenteras. Eso siempre produce desilusión y hace que la vida espiritual se convierta en una carga que provoca sufrimiento. La espiritualidad tiene un único objetivo, que es el de ser conscientes y obrar adecuadamente.

 

 

Las personas espirituales son motivadas por la búsqueda, la acción y la elección de un camino, y eso se transita venciendo la pereza. Cuando no se tiene un motivo no hay deseo por contactarse con lo supremo y entonces es difícil encontrar un camino claro en la vida, pero la luz de la conciencia que impulsa a obrar adecuadamente lleva a los seres humanos por el camino de la espiritualidad.

 

 

La ley de la vida obliga al ser humano a andar, experimentar, resolver, desarrollarse, ya que ha nacido para el crecimiento espiritual. Un crecimiento conseguido mediante la experiencia vivencial, para aprender, equivocarse y crecer. El perezoso cree que no hace nada malo puesto que no hace nada. Sólo vive espiritualmente quien emplea su vida en descubrirla, en ser consciente del valor de lo creado. Estamos sujetos al tiempo y el espacio, sólo podemos vivir el presente, el pasado desapareció y el futuro no ha llegado. Cada segundo, minuto o día que perdemos por nuestra pereza, es un tiempo que desaparece, y en lugar de aprovechar el tiempo en vivir, el perezoso lo malgasta. Toda la naturaleza actúa según las leyes de la vida. Los ríos corren alimentando los campos, los árboles dan sus frutos y no hay criatura que no cumpla con sus propios fines. Sólo el ser humano cree que no tiene destino que cumplir y que no puede vivir en armonía con la vida, cuando es el ser que más puede lograr conciencia de vida y ofrecer a lo creado la virtud y sus logros.

 

 

Quien es dominado por la pereza se entrega al ocio, se resiste al orden establecido por la propia naturaleza, que resulta subyugada por otro orden creado por el hombre.