Johnny, el que mata con cocaína la tristeza de los niños ricos, y el antropólogo que defiende las caminatas son los dueños de dos miradas opuestas sobre el ocio, un juego que Oscar Wilde jugó como nadie. 

 

Autos de alta gama, modelos, champagne francés y mucha, pero mucha, cocaína. Merca, primera novela de Loyds, es el monólogo descarnado de Johnny, un joven de la clase alta porteña que vive de la fortuna de su padre y pasa sus días alternando entre salidas con amigos, asados en el campo y boliches de moda de ingreso restringido. Con una vida en la que el ocio es la norma, no importa si está en un baby shower o en una comida familiar, lo que sí es seguro es que, invariablemente, va puesto de cocaína. Mandanga, frula, fafafa: él consigue de la mejor; el ingrediente para nada secreto (sus amigos y familiares saben que consume) que hace que su vida le resulte llevadera, sus vínculos aceptables y sus conversaciones apenas tolerables.

 

 

Porque Johnny desprecia a todo y a todos: sus padres, sus hermanos, sus amigos, su ex novia, las chicas por las que se siente atraído. Lo único que realmente lo hace gozar es el morbo. Ni la belleza, ni el cariño, ni la piel, sino lo enroscado, lo prohibido, lo que podría hacerles daño a terceros.

 

 

La novela retrata el universo de la clase alta con precisión etnográfica: allí aparecen mencionados lugares emblemáticos como Tequila, pero también contraseñas menos popularizadas, que funcionan como referentes de un universo sólo conocido por unos pocos. En su obra La distinción, el sociólogo Pierre Bourdieu analizó los criterios y bases sociales del gusto, esa diferencia adquirida pero naturalizada, que es compartida por determinado grupo social. Cada uno, por sus gestos, su vestimenta, sus posturas, su modo de hablar, revela, sin darse cuenta, el universo de sentidos en el que se mueve cómodo. Y para el protagonista de Merca estas diferencias resultan determinantes: separan lo “grasa” de lo GCU (“gente como uno”), definen incluidos y excluidos.

 

 

Merca es un viaje alucinado a la cabeza repleta de sarcasmo de un niño rico refugiado en los excesos (en la línea de los protagonistas de novelas como Dinero, de Martin Amis, o Mala onda, de Alberto Fuguet), que con talento da cuenta de los vínculos y manías de una clase social que sabe de primera mano aquello de que pertenecer tiene sus privilegios.

 

 

Born to be Wilde

 

 

Nacido en 1854 en una familia de intelectuales de Dublín, Oscar Wilde fue siempre un provocador. Sus obras de teatro y su novela El retrato de Dorian Gray resultaron revulsivas para su época, y su confesa atracción por los varones (en especial por los jóvenes y bellos) le costó un juicio infame en el que fue condenado a dos años de prisión con trabajos forzosos. En ese juicio, cuando el fiscal, señalando a un joven poco agraciado, le preguntó si lo conocía y había estado con él, Wilde le respondió “¿Yo, con ese tan feo?… No, señoría”. La anécdota está contada en el prólogo de Oscariana –que incluye “Algunas máximas para la enseñanza de los individuos educados en exceso” y “Frases y filosofías para el uso de los jóvenes”–, una compilación de aforismos y pensamientos sueltos, sumamente ingeniosos, en los que argumenta en favor de sus mayores obsesiones, entre ellas, el ocio. Porque para él pocas cosas estaban más enfrentadas con el arte que el trabajo. Dice Wilde: “Las grandes pasiones son relativamente escasas hoy en día. Son el privilegio de las personas que no tienen nada que hacer. Es la única utilidad que tienen las clases ociosas de un país” o “Hay algo trágico en la gran cantidad de jóvenes que viven en Inglaterra hoy, comienzan su vida con perfiles perfectos y acaban por adoptar una profesión útil”. Lecciones de un genio literario que en su vida y obra priorizó la ética de la estética, frente a ninguna otra.

 

 

Caminante no hay camino

En tiempos donde el running es furor y la moda de las maratones avanza a paso firme, en Caminar. Elogio de los caminos y la lentitud, el antropólogo David Le Breton propone amigarse  con eso de andar, pero sin apuro. Y, sobre todo, sin marcas, ni metas, ni objetivos. “La caminata no se juega solamente en el espacio, el tiempo también es movilizado. No se trata ya de la duración de lo cotidiano ritmada por las tareas del día y las costumbres, sino que el tiempo se estira, vagabundea, se desprende del reloj”. Es decir, caminar como parte del ocio, por el puro placer de andar con espíritu contemplativo. Con datos históricos y curiosidades literarias de ese hábito que se ha vuelto tan humano desde que el hombre es bípedo, el libro invita a reconciliarse con el que es también nuestro medio de transporte más a mano, el viejo truco de poner un pie delante de otro.