Bartender de sólida trayectoria, se convirtió en una figura estelar desde la barra de las fiestas y eventos más importantes. Sus creaciones ya son un clásico en la Metro, dicta clases y asesora marcas. Profesional incansable, pura seducción.

 

“La chica de la barra”. Así la catalogaron las revistas allá lejos y hace tiempo –más de 17 años–, cuando comenzó su carrera silenciosa en el downtown porteño. Originaria de Cipolletti y estudiante en la FADU, Mona encontró su destino detrás de la barra de un bar sobre la cortada Tres Sargentos.

 

 

Su nombre empezó a resplandecer en la noche, cuando los bartenders eran en su mayoría hombres. Conoció a Norman Barone, a Tato Giovannoni, a Julián Díaz y a Inés de los Santos, otra referente femenina. “Ellos eran el jet-set… Estaban en Danzón, Sucre y otros lugares de renombre, con más exposición. Pero todos teníamos las mismas inquietudes. Éramos del mismo palo: mucho oficio, mucho trabajo y compromiso”, recuerda. A partir de aquel grupo, la coctelería en Buenos Aires cambió para siempre.

 

 

–¿Cómo era por entonces el paisaje de las barras porteñas? Me imagino un desierto con pocos oasis, sólo para entendidos.

 

 

–Cuando yo empecé no teníamos el acceso a la información que hay ahora. Internet cambió mucho el panorama; antes era más un oficio y eso te llevaba a investigar, a experimentar, a reemplazar ingredientes explotando mucho la imaginación. Yo primero me basaba en los clásicos, pero al tiempo me puse a inventar y, sobre todo con la devaluación, hubo un antes y un después.

 

 

–¿En qué sentido?

 

 

–Ya no teníamos algunos insumos. No conseguíamos ni jugo de cranberries, ni algunos licores importados, ni buenos whiskies. Ahí empezamos a explorar otro tipo de recursos. Hacíamos Cosmopolitans con vino tinto, algo muy distinto a lo que estábamos acostumbrados, así empezó emerger la coctelería de autor (…)