El ocio y la pereza, que son primos hermanos, tienen otro pariente que se llama sedentarismo. Cuando se encuentran en alguna reunión familiar pueden llegar a aplastar a todos los demás.

 

Cuando Marcel Proust (que a juzgar por las enormes deudas que acumulaba en el hotel Ritz de París parecía gozar de mucho ocio) escribió En busca del tiempo perdido y Los placeres y los días, la noción de ocio distaba mucho de la que conocemos hoy, donde todo se ha convertido en un gran mix de confusión. En la segunda mitad del siglo XX, el psicoanalista Jacques Lacan analizó la creación del gadget para referirse a los objetos de consumo producidos y ofertados como “deseos” por la lógica capitalista, en la cual están incluidos el saber científico y las tecnologías en general. Entre estos gadgets, dice Lacan, se encuentran los “sujetos mercadería”, aquellos que incorporan de forma algo psicótica una actitud de consumo breve y que, por eso, invierten sus energías en probarse consumibles o deseables a los ojos de eventuales pares o a los del mercado, eje de su comportamiento.

 

 

No se sabe muy bien qué es el ocio hoy. La gente parece no poder distinguir entre el tiempo libre y el trabajo, que se desarrolla dentro y fuera de la oficina, ya que sin artefactos tecnológicos, sus inseparables compañeros durante las 24 horas del día, casi como una mochila de oxígeno, un sujeto que se precie de estar dentro del sistema “no existe”, “no es”. En verdad, esta es la trampa más inteligente que ha inventado la modernidad. Tan inteligente –ahí están los smartphones 4G para demostrarlo– como salvaje. El capitalismo, sofisticado hasta niveles impensables, así lo ha dispuesto. El único reducto que permanecía casi virgen en este y otros sentidos, la isla de Cuba, gracias a las reanudadas relaciones diplomáticas con los EE.UU., ahora entrará también en el vértigo del trabajo como el mercado manda, a destajo.

 

 

Adiós al son cubano sin prisa y sin pausa del Buena Vista Social Club, a las eternas tardes mirando el mar desde el Malecón y adiós, claro, a la miseria espantosa.

 

 

Y ahí está la trampa que, como sabemos, fue inventada por el hombre. Trampa: artificio para cazar, compuesto ordinariamente de una excavación y una tabla que la cubre y puede hundirse al ponerse encima el animal. Ocurre que como no somos animales a secas, sino simplemente humanos, nos negamos a estar entrampados. Y de ahí, los problemas infinitos del hastío, el aburrimiento, el cansancio eterno. La necesidad de gozar del invento famoso de Nietzsche: el instante eterno que nos permita instalarnos en aquellos placeres prometidos por Dionisos y Afrodita. O por Eros, el invencible duende del amor.

 

 

 

¿Qué hacer para recuperar el ocio perdido sin tirarnos por el balcón, o terminar bailando por un sueño con Marcelo Hugo, o leyendo las desventuras del peor de todos –literal–, o resignarnos a compartir las escenas de borrachera interminables de nuestro futbolista cincuentón number one, devenido representante de Emiratos Árabes rodeado de múltiples y disímiles hijos y de novias rubias e iguales? ¿Qué hacer para no terminar piantao, piantao en el país de las sombras largas de las sospechas y el narco? ¿Adónde mirar, señoras y señores? ¿En qué pedacito de piel no tatuada detener nuestros ojos cansados de pantallas virtuales si el cuerpo humano de mujeres y hombres bellísimos aparece tapado de la cabeza a los pies por capas y más capas de dibujos superpuestos que remiten al asesino serial de la película de Brett Ratner, una de la saga de Hannibal Lecter? Quizá no nos estemos dando cuenta de que el ocio del siglo XXI tiene un destino de retroceso ancestral.

 

 

Quizá es África que ruge sigilosa en las pieles. A lo mejor no estaría mal que para disfrutar del ocio y diferenciarnos del aburrimiento que nos habita debamos reinstaurar cierto sabor salvaje. Mejor no, porque de eso estamos hartos. Deberíamos a apostar al desnudo.

 

 

Al desnudo sin siliconas, sin colágenos, ni ácidos hialurónicos. Al desnudo frontal, a lo bestia. Hacer, como un caballo al que liberaron no hace mucho de su yugo en Entre Ríos, una linda revolcada, desnudos, sobre el pasto. O en la playa. ¿Por qué, no? A lo Walt Whitman.

 

 

Sin tatuajes, para que la piel, libre de capas pintadas, ácidos ajenos, tinturas, pelucas, disfraces, máscaras, se empape y sienta el roce del pasto húmedo sobre la piel virgen. A cualquier edad. ¿Viejos? Sí, también. Como los pintó Lucien Freud, el nieto de Sigmund. Con todo al aire, amables en su dignidad de cuerpos verdaderos.

 

 

El ocio puede –o debería– ser creativo. Una diversión destinada a realizar obras de ingenio diferentes de otras tareas. Obras de ingenio creadas en los ratos que dejan libres las principales ocupaciones. Woody Allen da fe de ello en su filme A Roma con amor. Allí asume el rol de director y protagonista en uno de los episodios de la película, el del productor de cine jubilado a quien le pagan la filmación en Roma de su película (tal como ocurrió en la realidad) para que pueda desarrollar tareas de ocio creativo. En efecto, el personaje de Woody tiene mucho tiempo para pensar y tiene una ocurrencia notable: hacer cantar óperas a su futuro consuegro –que lo hace muy bien en la ducha, pero fuera del baño canta mal– en teatros espectacularmente montados. En escenarios donde el señor canta bajo la ducha arias de Aída, Rigoletto, Carmen y ainda mais. Un delirio genial.

 

 

OTRAS REGLAS DEL OCIO

 

 

Es en este universo plagado de tecnología global donde se gestará algo así como una contracultura. En China (todos sabemos que se vienen los chinos) y otros lugares del planeta ya hay campamentos y retiros para superar adicciones a internet, celulares y videogames. Los saberes alternativos y paralelos al saber institucional –la medicina oriental, la sabiduría china, la caribeña, las terapias chamánicas, etcétera– revelan la existencia de una lectura diferente, quizás más sutil, del cuerpo humano y sus avatares. Precisamente la película Avatar, ambientada en 2154, es una fábula extraordinaria sobre un mundo diverso, donde el ocio sensorial parece posible con seres azules y largas colas felinas que se miran y olfatean para acercarse los unos a los otros. Los sentidos (colores, olores, árboles sabios, formas fantásticas, meditación, armonía) sostienen a los n’avy hasta que las leyes del mercado imperial y sus consecuentes guerras los invaden.

 

 

El mundo occidental “lee” pensando en los detalles racionales del mecanismo corporal, pero suele dejar de lado lo que actúa “entre” todo esto. Si un sujeto del siglo XXI desea acceder a un estado placentero alejado del mundanal ruido podría llevar en su mochila de relax esta info de auxilio: 1. Respiración consciente. 2. Meditación con o sin mantra. 3. Movimientos de relajación chamánicos. 4. Incorporar a la mente el sonido de cuencos tibetanos de cuarzo, o los del didgeridoo, instrumento ancestral de los aborígenes de Australia. 5. Traer a la memoria imágenes enviadas por las misiones que están en el espacio. Retener esas imágenes con el sonido del espacio. ¿Ese sonido de la nada? Que la protagonista del filme Gravity escuchaba con mucho placer al comienzo de su misión (y luego con terror) al quedar perdida en el espacio, extrañando, nueva paradoja, el sonido del mar terrícola, el susurro de los árboles, el suave trinar de los pájaros al amanecer. Porque así son las cosas de la vida. Misteriosas. ¿Verdad?

 

 

Quien es dominado por la pereza se entrega al ocio, se resiste al orden establecido por la propia naturaleza, que resulta subyugada por otro orden creado por el hombre.