Se pelean parejas, países y hasta religiones. Viene pasando desde el principio de los tiempos, y para volver a atar los cabos sueltos hacen falta corazón y cabeza, porque reconciliarse, damas y caballeros, es un arte tan complicado como cualquier otro.

 

Si optamos por ser un tanto banales, podemos pensar que hablar de reconciliación implica entrar en el terreno de las rupturas, peleas, divorcios, en el de los desencuentros interminables de aquellos que transitan el camino de la pasión. En verdad, nada más romántico que pelearse un poquito y luego reconciliarse, siempre y cuando la gente no termine muerta, como los protagonistas de La guerra de los Rose, colgados de la enorme araña de cristal de la casa que disputaban, y finalmente aplastados por ella, símbolo de la destrucción total de la pareja, de su matrimonio y – nunca sabremos– de su amor. Ahí sí que el todo o nada fue literal. La reconciliación no tuvo lugar. Como no la hubo en la historia amorosa de los flamantes separados –con divorcio en curso– Antonio Banderas y Melanie Griffith, quien de inmediato se borró del brazo el tattoo con el nombre de Antonio, y ni que hablar del desastre escandaloso en el que terminó el presidente de Francia, François Hollande, quien debió asumir públicamente el fin de la relación con la hasta entonces primera dama, Valérie Trierweiler, a raíz de su aventura con la actriz Julie Gayet. (Monsieur Hollande, camuflado con casco, salía en moto del departamento de su amante y fue pescado in fraganti por los paparazzi.) En el episodio francés la palabra reconciliación, está claro, n’est pas possible. La señora Trierweiler se llenó de euros con el libro en el que cuen-ta-to-do y al que llamó con gracia e ironía Gracias por este momento, pero al señor Hollande no le verá un pelo –de los pocos que atesora– para retornar jamás.

 

 

No nos detendremos en el escenario vernáculo con las figuritas repetidas que van y vienen entre rincones y redrados tambaléandose en el conocido mar de la pantalla chica: hay ciertos naufragios soslayables de aspiraciones níveas y purísimas. Así las cosas, vamos a lo nuestro.

 

 

Para reconciliarse, primero hay que procurar conciliar. Ya es bastante difícil esto: lograr reunir, componer, conformar y establecer acuerdos entre posturas diferentes.

 

 

El famoso Concilio de Trento, realizado entre 1545 y 1563, con intermitencias, logró recomponer el poder de la Iglesia católica a través de la Contrarreforma para frenar el impacto de la Iglesia protestante luego de la Reforma iniciada a cabo por Martín Lutero y apoyada por el humanista Erasmo de Rotterdam. Si había alguna idea de reconciliarse con los protestantes, se esfumó como por arte de magia. Mejor dicho, por la eficacia de la dialéctica episcopal. De los protestantes, nunca más se supo en la Iglesia católica. O sí se supo. En 1572, Catalina de Médicis hizo desaparecer de un plumazo a alrededor de diez mil hugonotes, protestantes franceses, en la llamada Matanza de San Bartolomé. Hoy es llamativa la proliferación de iglesias protestantes en el mundo y, en particular, en América latina. (Aquí, cerquita nomás, en el país de Caetano Veloso, tenemos el fenómeno Marina Silva.)

 

 

Si uno recorre los titulares de los diarios del planeta cinco siglos después, veremos que las guerras de religión siguen a la orden del día. Pruebas al canto: en África y en Medio Oriente las cosas se suceden más o menos como en el siglo XVI. Pese a los esfuerzos extraordinarios –de inquebrantable fe, esperanza y caridad– que alientan a nuestro papa Francisco.

 

 

Reconciliar es volver a las amistades o aproximar los ánimos desunidos. O, también, oír una breve o ligera confesión. Por ejemplo, una señora se confunde, cree que su marido –con quien intenta reconciliarse– es su confidente y le desgrana en la oreja que tuvo un amante. Error. Puede quedarse sin el pan y sin la torta.

 

 

O convertirse en leyenda. Por caso, la de un personaje que fue hombre, luego mujer y volvió a ser hombre. En el Olimpo, Zeus y Hera discutían acerca de cuál de los dos sexos disfrutaba más en las relaciones sexuales. Zeus opinaba que el placer femenino era mayor, mientras que Hera aseguraba que el hombre era el gran beneficiado en el sexo. Para dirimir este conflicto, recurrieron al único ser que había pasado una parte de su vida como hombre y otra como mujer. Al ser interrogado por los dioses, Tiresias respondió que la mujer recibía más placer que el hombre. Enfurecida por haber perdido la discusión, Hera castigó a Tiresias con la ceguera. Zeus, compadeciéndose de él, le otorgó el don de la profecía.

 

 

No cualquiera en la vida es ciego y adivino. Una paradoja extraordinaria que Woody Allen supo llevar al cine en la comedia Poderosa Afrodita. Allen, especialista en el tema de la paradoja humana, sortea el tema de la imposible reconciliación de dos amantes (él, un exitoso médico casado) cuando la enamorada del señor, de profunda fe judía, le pide que le dedique más tiempo amoroso. En realidad, le exige con desesperación pasional tiempo completo. La película se llama Crímenes y pecados. Y tiene algunas frases antológicas. “Tené cuidado”, le avisa un personaje a otro, “este tipo te dice que quiere intercambiar ideas, pero en realidad sólo pretende intercambiar fluidos”. Y luego define lo paradojal del amor y la dificultad de la reconciliación, en este caso, de quedarse con la amante y no con su matrimonio legal y felizmente constituido dentro del canon social, cultural y religioso: “Lo que tratamos de conseguir al enamorarnos es una paradoja muy extraña. La paradoja consiste en el hecho de que al enamorarnos buscamos reencontrar a alguna o a toda la gente a la que queríamos cuando éramos niños. Por otro lado, le pedimos a nuestro amado que corrija todo lo malo que nuestros padres o hermanos nos inculcaron.

 

 

Así que el amor contiene en sí mismo la contradicción. El intento de regresar al pasado y, al mismo tiempo, el deseo de borrarlo”. Entre tanta contradicción, está claro que triunfa, una vez más, el sistema. El médico consigue que un mafioso mate a la amante desesperada. El crimen (y el mafioso) quedan impunes.

 

 

AL AMPARO DE MANDELA

 

 

En tiempos difíciles para la esperanza, y siguiendo con ejemplos cinematográficos, la película Invictus, dirigida por Clint Eastwood, nos presenta un referente de resistencia pacífica en la figura de Nelson Mandela. Las primeras secuencias nos muestran casi sin palabras un pueblo roto y enfrentado por la dura experiencia del colonialismo, la segregación, el apartheid. Los blancos detentando el poder están encerrados en la autosuficiencia, los negros ilusionados con el cambio también están tomados por el deseo de venganza. En el medio hay un hombre cuya voluntad firme, a pesar de su debilidad, cansancio y soledad, los unirá recordándoles que el perdón es un arma poderosa que libera el alma.

 

 

El filme cuenta cómo se desarrolló el Mundial de Rugby de 1995. Mandela, con una sabiduría que fraguó en sus 27 años en prisión, entendía que el deporte concentraba las emociones de la gente con más fuerza y eficacia que el discurso político. Cuando faltaba un año para el torneo, Mandela decidió que el rugby, el deporte de los blancos, era la apuesta de la reconciliación e inició la campaña “Un equipo en un solo país”. Para ello contó con la colaboración de François Pienaar, el capitán de la Selección, a quien pidió ayuda para lograr que los negros se identificaran con el equipo de rugby. Ya en la final, a la que a duras penas llegó Sudáfrica, Mandela se presentó vistiendo la camiseta de la reconciliación, como confesó uno de los jugadores: “En ese momento nos dimos cuenta de que había un país entero detrás de nosotros, y que este hombre tuviera puesta la camiseta de los Springbok era un signo, no sólo para nosotros, sino también para toda Sudáfrica, de que teníamos que unirnos, y tenemos que unirnos hoy”. Para pensarlo. Profundamente. Y en total libertad.

 

 

En Crímenes y pecados, Woody Allen, especialista en la paradoja humana, sortea el tema de la imposible reconciliación de dos amantes (él, un exitoso médico casado) cuando ella le pide tiempo completo. En la contradicción, una vez más, triunfa el sistema: el doctor consigue que un mafioso mate a la amante desesperada. El crimen (y el mafioso) quedan impunes.