Modiano en París, Falco en Córdoba y Carnero en tiempo y lugar imprecisos juegan a lo mismo, a reconciliarse. Con un lugar, con un afecto o con la vida misma, pero sin medias tintas, creando historias que es imprescindible leer.

 

 

Las ciudades que alguna vez habitamos hablan de nosotros. Existe una cartografía afectiva, un mapa que se sobreimprime al trazado arbitrario de calles y manzanas con los recorridos que cada uno hizo de niño o de adolescente, esas referencias sensibles, construidas a partir de la propia casa. La misma geografía íntima que cobra otro espesor cuando, muchos años más tarde, es revisitada. En su novela En el café de la juventud perdida, Patrick Modiano, el escritor francés recientemente premiado con el Nobel de Literatura, vuelve a las calles de su París natal allá por los años 60. Y lo hace con una historia coral en la que distintos personajes asumen la voz narradora, cada uno con un punto de vista distinto sobre los mismos acontecimientos.

 

 

Esos momentos que los unieron en un café de París cuando eran jóvenes y caminaban sus calles mirando un horizonte brillante y lleno de promesas, teniendo por delante la vida entera. La experiencia vista desde unos ojos juveniles que ya dejaron de serlo, pero que brillan a través de los recuerdos, de las sensaciones primeras, de la pulsión de los comienzos. Personajes que vienen a saldar cuentas pendientes, que se miran en el espejo de lo que alguna vez fueron y se reconcilian con su propio pasado, que es también una forma de palmearle la espalda al futuro.

 

 

COSECHARÁS TU SIEMBRA

 

 

Un primer revolcón que termina en embarazo puede decretar el destino de muchos. Empezando por el adolescente que al enterarse de que va a convertirse en padre intenta suicidarse por todos los medios.

 

 

Y siguiendo por su hijo, que cuando él no logre matarse pero sí escapar del pueblo, crecerá a la sombra de un padre ausente, con quien se comunica apenas por cartas. Pero los eventos de una vida, tan aparentemente inconexos, pueden determinar muchas otras biografías. En especial si muchos años más tarde, con ánimo de reconciliación familiar, deciden pasar unos días juntos y un accidente en la ruta viene a cambiarlo todo. Allí empezará a sonar la pregunta repetida: el “qué hubiera pasado si…”.

 

 

Ese interrogante que se dispara cada vez que algo sale demasiado bien o demasiado mal y se hace visible la causalidad de todo lo que aparenta ser casual. En este universo se desarrolla “Un hombre feliz”, uno de los relatos de 222 patitos y otros cuentos, el libro del escritor cordobés Federico Falco (que circuló hace una década como contraseña de culto en unos pocos ejemplares y que ahora publicó Eterna Cadencia).

 

 

Los cuentos tienen al pueblo chico como telón de fondo, un espacio en el que las historias mínimas se magnifican. Desde la mujer que le confiesa a sus hijos que cuando era joven intentó matarse tragándose las cabezas de 222 fósforos, hasta el chico obsesionado con su compañera de escuela, que roba de una iglesia el pelo que ella le dejó a la Virgen como ofrenda y desenlaza la peor de las tragedias. Historias certeras que hacen de lo cotidiano un terreno para lo inesperado.

 

 

LA VIDA NO ES BELLA

 

 

“Los esclavos deambularon como sonámbulos entre las mesas sin creer lo que veían. Era el nuevo negocio al que se entregaban los dueños de la carne. No solo vendían sangre, también se dedicaban a faenar cuerpos para vender los órganos.” En La boca seca, la primera novela de Marcelo Carnero, la esclavitud se hace carne en los cuerpos. La historia transcurre en una época imprecisa, puede que en el pasado, pero también en un presente fuera del tiempo, en el que los hombres y mujeres son vendidos como mercancías y los médicos aprovechan para hacer de sus cuerpos su campo de experimentos.

 

 

Todo en una hacienda en la que los latigazos son moneda corriente y los esclavos son sometidos a vejaciones brutales, guiados por las perversiones sexuales de hombres cuyas pulsiones no saben de compasión ni de límites. En ese escenario, tres esclavos se darán a la fuga (una anciana y un joven, que llevan a rastras a una muchacha enferma) y entrarán en un territorio desconocido, que se despliega en el borde de lo onírico y que es la promesa de reconciliación con alguna vida posible. La boca seca es una novela distinta, con una prosa embebida de poesía y un registro que provoca una extrañación permanente. Una suerte de Django Unchained de Tarantino y fantasía alucinada de David Lynch, en la que la brutalidad es una constante, pero también lo son la belleza y sus desvíos.