“Creemos en un nuevo modelo de familia”, asegura el actor, que en enero tendrá un bebé con una amiga. Después de dirigir la exitosa Caíto, arremete contra la tele y la cultura del entretenimiento y no teme cuestionar el fenómeno de Relatos salvajes.

 

 

Un poco de galán tradicional, una pizca de alemán y otro tanto de muchacho de pueblo. Todo eso junto es Guillermo Pfening, un actor que hace ya más de una década abandonó su Marcos Juárez natal, en Córdoba, para encontrar su destino en la Ciudad de Buenos Aires. Y lo logró, no con la Filosofía ni con la Comunicación (sus primeros estudios acá) sino con la actuación y, luego, con la dirección.

 

 

 

Arrancó a comienzos de 2000 y en poco tiempo llegó a trabajar bajo las órdenes de directores como Pablo Trapero (Nacido y criado), Eliseo Subiela (El resultado del amor) y Lucía Puenzo (XXY y Wakolda). En 2004, además, dirigió su primer cortometraje, Caíto, que con el tiempo se transformaría en una película y luego en una auténtica bisagra para él y los suyos. Y, por supuesto, para muchos espectadores. El filme, que mezcla ficción y documental, está protagonizado por su hermano menor, que padece Distrofia Muscular de Becker, un trastorno genético caracterizado por el debilitamiento progresivo de los músculos. Sin golpes bajos ni sentimentalismos innecesarios, la historia terminó generando un contagioso boca en boca, al punto de que hoy, a más de un año de su estreno comercial, sigue dando vueltas por el país, en todo tipo de auditorios y localidades. En una pausa de esa movida agenda, Guillermo nos recibe en su departamento de Palermo. También está Caíto, que vino a visitarlo (vive en Marcos Juárez) y que seguirá la charla a la distancia, mientras teclea con frenesí en su tablet.

 

 

 

–Como director y actor, ¿no creés que hay una anomalía entre la cantidad de películas nacionales que se estrenan y la gente que concurre a verlas?

 

 

–Estoy de acuerdo con que se produzcan y se estrenen todo tipo de películas, y me parece que la producción audiovisual debe seguir siendo una política de Estado, sobre todo ahora que se está federalizando un poco más el asunto. Sí creo que existe una cuenta pendiente en el terreno de la distribución, que es como la última etapa de una película a la que en general se llega con poco presupuesto y pocas armas. Si bien hay políticas que tratan de cuidar y preservar ese aspecto, todavía hay algo que no termina de funcionar bien. Sin ir más lejos, no está claro qué sucede con las películas nacionales cuando aparece un fenómeno como Relatos salvajes, que en lo formal provoca que los cines cumplan con la cuota de pantalla nacional pero dejando afuera otras películas. A lo que voy es que está buenísimo que suceda un boom así, sobre todo porque también ayudará a hacer más películas en el futuro, pero es evidente que, a la vez, entorpece la aparición de otras miradas.

 

 

–¿No habría que pensar circuitos alternativos de distribución?

 

 

–En eso estamos todos. Hay una iniciativa, por ejemplo, que se llama “No sólo en cines”, que proyecta películas en bares y teatros. Además hay muchos ciclos y festivales en los que se puede encontrar variedad. Con Caíto, por ejemplo, hemos recorrido el país con proyecciones especiales. Y la respuesta siempre fue genial. Es mucho todavía lo que se puede hacer por el cine, empezando quizá con una educación audiovisual en las escuelas (…)