El hijo de Caloi es uno de los más celebrados humoristas gráficos, un arte que gracias a las redes sociales fue revalorizado hasta convertir a sus exponentes en estrellas. Él, con un perfil bajísimo, ya fue ungido por el propio Quino con el título de “maestro”.

 

 

 

Sobre la mesa del living hay un libro enorme que anoche Tute leyó junto a sus hijos. Compartió ese clásico de la historia del cómic mundial así como su padre, Caloi, lo invitaba a él a leer Mafalda. A los 40 años, Tute –Juan Matías Loiseau, según su documento– es uno de los referentes de la nueva generación de humoristas gráficos argentinos. Su tira Batu fue publicada en el diario La Nación cada día durante seis años, hasta que decidió ponerle fin. Publicó varias recopilaciones de sus viñetas, hizo cortometrajes, editó libros de poesía, escribió tangos, diseñó tapas de discos y este año lanzó su primera novela gráfica, “Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más”, el primer volumen con material inédito, que le dedicó a su padre y, cuenta, lleva un título al estilo de las primeras películas de Leonardo Favio, a quien admiró. En los últimos meses dejó San Telmo y se mudó a Guernica, en el sur del conurbano, para tener más verde alrededor. 

 

En la buhardilla que funciona de estudio, Tute se sienta en el sillón de Caloi y un Clemente custodia el escritorio. Junto a la computadora hay pilas de hojas blancas y marcadores. En cajas y estantes aparecen los personajes de su universo dibujado: reflexivos, enamorados, pensadores.

 

 

 

–¿Te divertís cuando trabajás?

 

 

 

–Sí, siempre. Con este libro la pasé bien, me propuse divertirme confiando en que así iba a divertir también al lector. Tenía su vértigo, porque me producía angustia la idea de que nadie viera este material que sólo estaba aquí. Puse toda la carne al asador, fue como el payaso que también es mago y tira cuchillos. No para lucirme sino para que fuera variopinto e interesante. Fue pura improvisación, algo muy libre. No soy músico, pero imagino que debe ser similar a cuando los músicos hacen una zapada o los jazzeros hacen jam sessions. Sólo que esto es un unipersonal, yo sería un multiinstrumentista.

 

 

–¿Qué te gusta contar?

 

 

 

–El trabajo del dibujante empieza mucho antes de sentarse a la mesa frente a la hoja. Yo me creo, ante todo, un observador, después soy humorista gráfico porque evidentemente tengo una necesidad de contar el análisis de lo que veo. Es eso: contar historias que vi, soy un voyeur, muy curioso. No de todo: de los detalles, los gestos, las nimiedades (…)