Será porque el género dejó de ser lo que era o –con una mirada menos romántica– porque el negocio ya no es el mismo, ahora es habitual escuchar a los grandes nombres del rock hablar con una voz desencantada. En aquel tiempo el oficio del músico requería más entrega y deparaba menos recompensas materiales. De aquella generación es Fabián Von Quintiero, el tecladista que vivió algunos de los momentos más importantes del rock desde adentro como miembro infaltable de Soda Stereo, Los Ratones Paranoicos y la banda de Charly García. Tres momentos que –reconoce– son difíciles de superar.

 

 

“Fueron los picos de mi carrera; no sé cómo se hace para mantener esa especie.” Hoy convertido además en un referente de la gastronomía, nos recibe en su restó Bruni, donde también alimenta su pasión por la perfección.

 

 

–¿Siempre está en todos los detalles?

 

 

–¿En esto? (se refiere al restaurante), en casi todo. Para poder estar al tanto de todo tendría que quedarme todo el día, y la verdad es que es bastante tedioso. Empecé en el rubro con mucha pasión, pero ahora estoy un poco cansado.

 

 

–¿Qué fue lo que le proporcionó mayor placer de su incursión en el mundo de la gastronomía?

 

 

–Sobre todo pensar en el proyecto; desde la locación hasta los planos, pasando por el concepto que quería ofrecerle al público. Una vez que estuvo todo hecho y la pelota empezó a rodar, se sucedieron una serie de inconvenientes permanentes propios de esta actividad.

 

 

–¿Cuál diría que es el mayor problema?

 

 

 –Todo lo que te puedas imaginar; porque en esta pequeña empresa tenemos que gustarle a mucha gente todo el tiempo, y eso es complejo. Por supuesto que hay una gratificación cuando las cosas salen bien.

 

 

 

–¿En qué difieren estas exigencias y las demandas de la música?

 

 

–La música vuela distinto, aunque es verdad que el sonido de una banda en vivo requiere del trabajo de mucha gente. En los dos ámbitos las cosas no pueden fallar; a veces entro en panic attack si hay detalles que no están como yo quiero.

 

 

–¿Cuando toca disfruta estando en un segundo plano?

 

 

–Si estoy con Charly García, el dueño del boliche es él. Aunque el show tiene una carga pesada, no alcanza con la experiencia; para dar un concierto se necesita mucho ensayo, diagramación y algo de improvisación.

 

 

–También está en TV. ¿Hay un denominador común en estas tres facetas?

 

 

–Todas me acercan a la gente. En todas esas dimensiones participo de productos que realmente les dan alegría a muchas personas. Con mi participación en el ciclo Asados con Massey &  El Zorro, en ElGourmet, siento que aporto un poco de aire fresco enun año en el que la pantalla es un asco. Es de lo poco que podés mirar.

 

 

–Conoce las mieles del éxito artístico y empresarial. ¿Cómo se recompensa tanto esfuerzo?

 

 

–Cada vez que puedo me gusta viajar para abrir la cabeza. El mundo es enorme y la historia propia es muy pequeña en el universo. Poder ver en perspectiva que uno está peor que algunos, pero también mejor que muchos otros. Creo que este pensamiento puede mejorar significativamente nuestra calidad de vida.

 

 

–¿Se considera un bon vivant?

 

 

–Debería serlo más… bon si me diera la billetera (risas). Puedo decir que lo soy porque yo sí trabajé de lo que quise y llegué a hacer lo que soñé. Tuve la suerte de acceder al lugar al que deseaba llegar desde mi adolescencia. Siempre fui libre, y cuando tuve un jefe fue Charly en su mejor época. Eran los finales de los 80, tenía una energía arrolladora, nos hacía trabajar 12 horas seguidas. Después quise abrir un restaurante y lo hice; el Soul Café tuvo suceso y luego su final.

 

 

–¿Es un nostálgico?

 

 

–Sí, ya estoy mayor y extraño todo lo bueno que viví con la música. Fueron buenos tiempos para nosotros y para la gente. En los 80 volábamos de felicidad, en el 85 ya estaba con Soda Stereo tocando por todos lados con mucha ilusión, después pasé a Charly, que hacía 10 Gran Rex y vendía 150 mil placas. Y ahora todo cambió.

–¿Usted es el mismo?

 

 

–No, ahora todo me afecta más. Las muertes de Spinetta, Gustavo Cerati y el Negro García López me dejaron muy mal (N. de la R.: esta última, ocurrida tres días antes de esta entrevista). Con estas pérdidas siento que se va un poco de mí, y la verdad es que no somos muchos los que quedamos, antes de venir para acá hablaba en mi terapia sobre cómo estaba tratando de tapar el tema. Nosotros no estamos hechos para eso, sino para celebrar, hinchar las bolas y tomar un whisky.

 

 

–La cervecera Quilmes pensó en usted como un referente para su campaña “Bartenders con códigos”. ¿Por qué lo eligieron?

 

 

–Me invitaron a ser parte de una movida por el consumo responsable. Toda mi vida pensé igual sobre eso; adhiero plenamente a la idea de que si uno tiene que manejar, no tiene que tomar. Hay mucha gente que conduce luego de tomar alcohol sin tener noción del daño que puede ocasionar, es una campaña contra la omnipotencia.

 

 

–¿Su adhesión va contra el mito que asocia al mundo del rock con los excesos?

 

 

–Frente a esa creencia yo digo “hay rockeros duros, pero no de hierro”. Somos de carne y hueso. El mundo del rock es light si se lo compara con los noticieros. El mensaje es “cuidate porque las cosas pasan; no generes peligro sino calidad de vida”.

 

 

–¿Hay herederos del legado de su generación?

 

 

–Quiero creer que sí, pero las condiciones cambiaron; a las bandas les cuesta mucho llegar a ser famosas. Quizás la tragedia en Cromañón haya sido una bomba nuclear, porque los espacios para hacer shows y generar el caldo de cultivo para que las banditas puedan tocar casi desaparecieron. También se perdió el glamour rockero y el buen gusto. Y, fundamentalmente, es muy difícil hacer canciones buenas. Espero que la pendejada mantenga la ilusión.

 

 

“El mundo es enorme y la historia propia es muy pequeña en el universo. Es bueno ver en perspectiva que uno está peor que algunos, pero también mejor que muchos otros”.

 

 

“Las muertes de Spinetta, Cerati y el Negro García López me dejaron muy mal, siento que se va un poco de mí, y no somos muchos los que quedamos. Nosotros no estamos hechos para eso, sino para celebrar, hinchar las bolas y tomar whisky”.