Nació en México hace 30 años, pero se crió en Buenos Aires y eligió esa ciudad para vivir. Niña prodigio de la actuación, a los 15 protagonizó una película con Ricardo Darín y desde entonces su carrera cinematográfica no paró de crecer. Ella, fuera de todo divismo, apuesta a la simplicidad.

 

La dulzura e inocencia con la que se expresa Inés Efrón terminan por confirmar su capacidad actoral (si es que a alguien le quedaba alguna duda). Quien charle con ella sin haber visto sus películas no creería que con esa mirada tierna y su tono pausado pueda transformarse en personas tan diversas como las que interpretó en la gran pantalla. Sin conocerla salta a la vista que sus papeles en XXY o El niño pez no eran para cualquiera y que la jovencísima actriz tenía ese algo que, en estos casos, Lucía Puenzo necesitaba. O Daniel Burman en El nido vacío, o Ariel Winograd en Cara de queso, o Nicolás Gil Lavedra en Verdades verdaderas, que la eligió nada menos que para interpretar a Laura, la hija desaparecida de Estela de Carlotto. Porque sí, Inés Efrón se dio el lujo de –con apenas 30 años– haber laburado bajo la dirección de todos ellos.

 

 

Técnicamente nació en México pero desde los tres meses de edad es argentina. Sus padres vivieron allá durante algunos años y ya en estas tierras le inculcaron su cultura, desde comidas hasta música. Por eso ella siempre sintió una conexión mexicana que experimentó en 2013, cuando viajó al DF para explorarla. “Tenía mucha curiosidad. Siempre tuve la fantasía de estar un poco ahí, ver cómo me sentía, porque siempre tuve muy presente esto de haber nacido allá. Mis papás hacían comida, escuchaban música y había adornos mexicanos en mi casa. Entonces tenía esa cuenta pendiente de irme un poco allá. Estuve ocho, nueve meses en el DF, que es donde nací”.

 

 

–¿Y fue movilizante?

 

 

–Fue fuerte. Fue importante sacarme la curiosidad, más que nada es lo que valoro de la experiencia. Y haber desidealizado. Porque el DF es una ciudad difícil, entonces un poco me confirmó que esa fantasía de vivir en México quizás era eso, una fantasía. No me identifiqué tanto con el ritmo de la ciudad y con sus formas, su dinámica. Fue interesante igual porque también pude generar posibilidades de trabajo, siento que se abrió algo ahí. Intuyo que México va a ser un segundo hogar de algún modo. Yo tenía la idealización de que mi vida iba a empezar en México. Y allá me di cuenta de que me encanta vivir acá, que quiero generar mi vida acá aunque esté conectada con ese allá.

 

 

–¿Cómo fue tu infancia? ¿Es verdad que te costaba mucho sociabilizar con tus compañeritos?

 

 

–Era muy sensible y, como todo niño, no sabía qué hacer con esa sensibilidad. A veces todo me horrorizaba mucho, tenía miedos, la calle se volvía muy amenazante, era asustadiza, miedosa. A la vez era muy feliz, jugaba mucho y era muy fantasiosa. Me enamoraba, también. Pero me pasaba en el colegio que tenía etapas en las que me costaba adaptarme, siempre tenía una sensación de no pertenencia a lo grupal, que es algo que a lo largo de toda mi vida estuvo presente. Y había días que fluía bien con lo social, días en los que se trababa un poco todo.

 

 

–¿Y la actuación no te dio más temor? Tiene mucha exposición personal, corporal…

 

 

–No, creo que me ayudó. Empecé un poco para conocer gente nueva y terminé teniendo muchos amigos. Eso que decís no lo viví. Cuando empecé a estudiar actuación comencé a crecer, ya era más grande, entonces ya lo social no era algo tan complejo. Fue mi idea hacer teatro, tenía 14 años y me anoté en un taller que vi en el diario. Mis papás siempre me habían llevado a cosas artísticas, como expresión corporal o taller de títeres. Entonces cuando hice teatro nadie se asombró para nada porque a mí y a mi hermano nos lo inculcaban. Después fue más fuerte cuando elegí la carrera, cuando a los 17 me anoté en el IUNA. Ahí ya les dio un poco más de vértigo. Y más aún cuando empecé a trabajar realmente de esto. Fue un proceso donde ellos fueron soltando el miedo a que yo no pueda autosustentarme. Creo que entre todos fuimos trabajando el tema (risas).

 

 

–¿Vos también tuviste ese vértigo?

 

 

–Sí, claro. Fui muy mandada, y por suerte empecé a trabajar mucho así que no hubo tanto lugar al miedo en un momento. Después hubo que atravesar las irregularidades de trabajo, de aprender a manejar mi economía; aprender a no tener miedo, a que lo que determine mi identidad no sea el afuera o que me llamen o no para trabajar. Pero eso es un aprendizaje de toda la vida para un actor.

 

 

–¿Sos partidaria de la autogestión?

 

 

–Ahora estoy recién empezando, es como todo un viaje de conexión con mi deseo y estoy teniendo ideas de algo que quiero dirigir. Comencé a dar clases de actuación y es algo que me fortalece, me siento más grande porque me doy cuenta de que es un poco ser padre y madre y es poder tener una voz de autoridad, entonces me da confianza. Y me hace pensar mucho en mi mirada, en qué es lo que yo le puedo dar a otra persona. También me hace pensar en clases de qué doy, si son de actuación o… (piensa) de otra cosa. Lo que puedo dar tiene que ver mucho con mi formación con Nora Moseinco, que trabaja más que nada con las personas en escena antes que con el mundo de la actuación clásica. Pasa más por entender a las personas y lo que traen, entonces se vuelve un trabajo hasta casi terapéutico, “psicoanalítico”, muy entre comillas. Cómo es tu forma de vivir la actuación y cómo se adaptará eso a cada trabajo. Todo es muy con uno.

 

 

–¿Cómo atravesaste entonces los personajes tan intensos que tuviste que hacer? ¿Te afectaron?

 

 

–Creo que ahí mi herramienta fue mi sensibilidad. Como algunos los hice siendo chica un poco me afectaron, es inevitable. Lo que pasa es que cuanto más crecés, menos te queda en el cuerpo. Pero los papeles que me requerían un compromiso emocional más arriesgado fueron XXY o El niño pez y los hice muy de chica y en ese momento sí quedaba cargada. Ahora que estoy más grande, que he hecho más terapia, creo que podría atravesarlos aprendiendo a soltar cada vez más, con otras herramientas. Pero sí, han sido muy fuertes, han tenido un costo físico concreto.

 

 

 

–¿Sentís que te jugó en contra tener tanto reconocimiento desde tan chica?

 

 

–Yo lo viví con total inconciencia, por suerte. Me burlé un poco de todo eso, traté de tomármelo medio en chiste, creo que era mi forma de poder atravesarlo. Era la coraza que necesité para, capaz, poder bancármelo. Y no me la creí para nada.

 

 

–Además se te podría haber generado la presión de “¿cómo supero esto?”.

 

 

–No, no, me hice la boluda y me re-sirvió (risas). Fue algo muy sabio. Me re-sirvió tomarlo con mucho cariño y valorarlo pero no agarrarme de eso.

 

 

–Aunque no parezca ya tenés 15 años de carrera. ¿Cómo te imaginás de acá a otros 15?

 

 

–Me gustaría pensar que voy a seguir siendo docente. Me imagino muy selectiva con los proyectos que haga, muy cuidadosa. Actuar sólo por gusto. Y me imagino armando un proyecto propio de dirección. La inquietud viene por ese lado hace mucho tiempo pero soy de procesos lentos (risas). Recién ahora está más claro y acercándose a lo material.

 

 

–¿Y en lo personal? Alguna vez dijiste que no te imaginabas conviviendo con alguien. ¿Sos muy solitaria?

 

 

–Sí, me gusta mucho estar sola. Igual me proyecto con una familia, con hijos. La convivencia es un aprendizaje. A los 45 me gustaría ya haberme animado al amor sin temores. Ahora estoy en pareja hace bastantes años y convivo y todo. Me animé en algún momento. Hay una sensación de que hay una apertura que todavía está floreciendo. Igual con mi pareja no tardamos mucho en convivir porque soy de procesos lentos pero también intensa (risas).

 

 

–Una combinación complicada.

 

 

–Uf… Con todo lo que es el mundo de la pareja soy muy complicada. No soy celosa pero sí soy escapista. Soy más fóbica que otra cosa, de salir corriendo. Tengo miedo, soy cautelosa.

 

 

–¿Sufriste mucho por amor?

 

 

–No, no sufrí mucho por amor. Nunca me han roto el corazón, la verdad es que tuve suerte.

 

 

–¿Y vos rompiste muchos corazones?

 

 

–Yo quizá sí. En el momento nunca me di cuenta, pero al tiempo sí. Y no está bueno.

 

 

 

“Fui muy mandada y por suerte empecé a trabajar mucho, así que no hubo tanto lugar al miedo”·