Tres autores absolutamente distintos encaran obras de largo aliento que desmienten a los que creen que nada es para siempre. Kundera, Andruetto y Gambaro merodean por vidas que encierran mucho más que el presente.

 

Aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento. Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo.” En las primeras páginas de La inmortalidad, Milan Kundera se detiene en un gesto: el de una mujer mayor que sale sonriendo de una piscina y saluda con un leve movimiento de la mano a su entrenador de natación.

 

 

 

Esa mueca seductora, atrapada sin embargo en un cuerpo que ha perdido su encanto, dará lugar al personaje de Agnes y va a ser el disparador de varias historias que se entrelazan bajo un denominador común: el paso del tiempo.

 

 

Un tira y afloje entre la pulsión necia de seguir por siempre vivos y la certeza de que la muerte es inevitable, incluso para los pocos hombres que logran ser inmortales. Todos los personajes de esta novela vienen con interrogantes, desde los más pedestres hasta los grandes nombres de las artes, como Goethe, Hemingway o Beethoven, que desfilan en una suerte de purgatorio metafísico de luminarias. “¿Y si el hombre no fuera sino su imagen?”, se pregunta el personaje de Rubens, intrigado porque sólo le quedan dos o tres fotografías mentales de la más apasionante de sus amantes. En tiempos donde impera la imagen y lo efímero, ¿por qué sólo recuerda de ella un par de instantáneas y, a pesar del éxtasis compartido, no puede evocar ni una sola impresión táctil? La inmortalidad es una novela coral que se interroga nada menos que sobre el sentido de la vida, la muerte y el azar y lo hace con un original sentido del humor. Un libro que aborda temas fundamentales con la irreverencia de quien sabe que lo finito está hecho también a la medida de lo eterno. Porque como dice Kundera: “Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad”.

 

 

CÓMO SOPLA EL VIENTO NORTE

 

 

Rosa Mamani tiene una vida complicada: puro trauma, recuerdo y drama. Una chica de provincia que se aferra a los paisajes y las voces del Jujuy natal de su padre, al que decide adoptar como su tierra cuando él muere. Su modo de acercarlo, de volverlo inmortal.

 

 

Allí encontrará una nueva vida haciendo veladuras, la técnica que aprende para restaurar imágenes religiosas en el taller de unas monjas que hicieron pocas preguntas y le ofrecieron un lugar donde volver a empezar. En este escenario transcurre Veladuras, de María Teresa Andruetto, la escritora cordobesa ganadora del Premio Hans Christian Andersen –el más prestigioso dentro del género de literatura infantil– que en esta breve novela para adultos se mete con una historia familiar que podría ser chiquita, pero que se agranda con su escritura y que se lee casi como una partitura, como si cada página tuviera un acorde propio. En cada descripción, Andruetto reproduce de manera bellísima la cadencia del habla del norte argentino en la historia descarnada de ese padre que se enamoró de una chica y la dejó embarazada, en esa misma tierra por donde los hombres pasan pero el apellido materno es el que siempre queda.

 

 

VIENTOS DE AGUA

 

 

La historia es conocida: la de millones de italianos que a fines del siglo XIX llegaron a “hacer la América” sin saber cuánto esa América iba a terminar haciendo de ellos. Su protagonista es Agostino, un italiano obsesionado con el mar, que deja a su joven esposa en la isla de Elba para ir a probar suerte a la Argentina.

 

 

En Buenos Aires, entre trabajos mal pagos y una nostalgia que a medida que pasa el tiempo se va transformando en olvido, conocerá a otra mujer con la que formará una familia. Pero el pasado vive cerca y un buen día lo devolverá a la fuerza a su tierra para que cumpla con su promesa, para regresar junto a esa mujer que aún lo espera, aunque él ya no considere suya. En El mar que nos trajo, la escritora y dramaturga Griselda Gambaro hizo de un tema muy transitado (el devenir de varias generaciones marcadas por la pobreza y la inmigración) una historia distinta. Por sus páginas desfila la altanería de los que no tienen nada, la resignación, el desarraigo y también los intentos de volver lo provisorio eterno, como los casamientos entre casi adolescentes para cerrar un pacto que la distancia después no quiebre tan fácil, aunque muchas veces lo rompa y quede más de un hijo suelto. Todo con el imaginario de las dos orillas como telón de fondo, con vidas que se debaten entre el Río de la Plata y el Mediterráneo.

 

Una novela que se interroga sobre los vínculos familiares y la memoria, ese subterfugio que vuelve inmortal aquello que alguna vez fue propio y que, pasado el tiempo, puede resultar ajeno.