A diez años de su gran debut, el actor de Viudas e hijas del rock and roll encuentra inspiración y consagración en los personajes que luchan contra sus propios demonios.

 

“Estoy destruido. ¡Estoy hecho teta, Tony, estoy hecho teta!” En el duelo por la muerte de una yegua favorita, la comparación con la ubre habilita el chupón. Reprimido, intenso, torpe. Culposo. Es la escena del primer beso entre Tony, el petisero, y Segundo, el patrón: en el prime time de la televisión abierta, la tensión sexual entre dos machos se resuelve con un pico de rating. La tira Viudas e hijos del rock and roll traza una elipsis entre los sueños veraniegos de un grupo de amigos en los años 90 y sus frustraciones en el presente, a veinte años del nihilismo grunge, la piromanía de Axl Rose o el dínamo pop de Soda Stereo, acaso la última época en que se pensó (¡se creyó!) que el rock podía transformar el mundo.

 

Y entre todos ellos, el actor Juan Minujín pone expresión y músculo para interpretar a Segundo, el polista homo de la tele: de chombita, pantalón pinzado y modales remilgados, un niño bien ya bastante crecido que retacea cuerpo al deseo. “Con el cuero en la mano”. Este era el título de la primera entrevista que le hice a Minujín, hace exactos diez años: si es exagerado afirmar que desde entonces forjamos una amistad íntima, aquel encuentro en el bar de Clarín fue el prólogo de muchos otros. Se estrenaba Un año sin amor, su primera película como protagonista, donde hacía de un escritor gay sadomasoquista.

 

 

“Es difícil actuar en cueros cuando ‘cueros’ no significa sólo ‘sacarse la remera’ sino algo más literal”, escribí en el diario. “Tanga negra, látigo en la boca y collar de perro.” Entonces, Minujín era apenas conocido por su papel del Tano Ricci, un crítico de cine erotómano en el programa Ardetroya, y la convención periodística obligaba a presentarlo como el sobrino actor de su famosa tía Marta. Y si después volví a hablar con él para el estreno de Vaquero, la película que dirigió, las veces que vino a mi programa de radio, cuando me invitó a ver la obra El principio de Arquímedes o en la infinidad de bares que compartimos al azar, aquel encuentro original selló una primera impresión: a diferencia de Segundo, Juan pone el cuerpo.

 

 

–Si hubiera que trazar una elipsis de estos últimos diez años, ¿en qué cambió de manera más rotunda tu vida?

 

 

–El nacimiento de Amanda, mi primera hija, hace ocho años cambió todo (Carmela tiene cuatro). Hubo un giro importante previo a eso, como fue empezar a trabajar con el grupo El Descueve, pero dirigir la película Vaquero fue tal vez lo más importante de esta década. Muchas veces siento que estoy en un lugar adonde podría quedarme, pero doy un giro en el aire y la vida encara para un lado inesperado, como si me metiera en un embudo y de ahí saliera… algo. Con Vaquero fue la primera vez que pude ocupar un lugar autoral: si bien hacía muchas cosas autogestivas o escritas por mí, nunca había hecho algo en que hubiera podido decir: “Lo escribo, lo actúo, lo dirijo”. También, la película Dos más dos fue una entrada a lo masivo. ¡Ahí la gente me empezó a reconocer! Pero recién ahora como “Juan Minujín”, hasta el año pasado me decían “Félix” por la calle, que era es gay. Vengo pensando cómo hacerla desde hace tres semanas, cuando leí el guión. “¿Qué es lo que le pasa? Si él está tan confundido y reprimido, ¿cómo se le puede escapar algo así?” Todo el tiempo estoy pensando en el personaje, pensando cómo reaccionaría, observando alrededor…

 

 

–¿Te nutrís de otras personas?

 

 

–Sin parar. El guión es apenas un punto de partida. En esta tira hay un director integrador que canaliza las charlas que quieren tener los actores con los autores. Los que más conocen a los personajes son los actores, no los guionistas.

 

 

–Uno tiene la idea de que una tira funciona con un sistema fordista de producción, donde alguno pone una pieza y otro coloca una distinta.

 

–Eso es verdad pero también se decide en el momento. Se improvisa mucho y se resuelve sobre la marcha. En la televisión hay mucha autonomía, más que la que uno podría creer como espectador. Y el actor construye sus personajes con sus propias emociones y sus retazos del pasado.

 

 

–¿Cuál es el recuerdo más antiguo que tenés?

 

 

–En México, adonde me crié. Del 76 al 83 vivimos allá porque mis viejos estaban exiliados. Estuvimos menos de un año en Inglaterra y después fuimos hacia México. Mi primer recuerdo es ahí: vivíamos en la Villa Olímpica, con muchos edificios juntos, con plazas en el medio y adonde los chicos estábamos muy sueltos. Recuerdo los jardines mexicanos, pero son más una sensación y una imagen borrosa que una memoria vívida.

 

 

 

–¿Y cómo fue el regreso?

 

 

–Fue un cambio brutal. Volvimos a la Argentina cuando yo tenía ocho años, la edad de mi hija ahora. En México iba a un colegio muy progre en el medio de la montaña, el director era un exiliado de la Guerra Civil española, teníamos poesía, ajedrez y huerta. Era muy libre. Y llegué acá a un colegio que aún tenía una presencia fuerte de lo militar, con “la señorita”, la obligación de formar y tomar distancia. Mis viejos se separaron, la familia se desmembró, yo hablaba con acento mexicano. Volver fue bastante duro.

 

 

–¿Cuál fue tu primera manifestación de vocación artística?

 

 

–¡En la primaria era un gran imitador de Michael Jackson! Y en la secundaria empecé a estudiar teatro con Cristina Banegas. Mi mamá me había llevado a ver una obra con Pompeyo Audivert y su trabajo me marcó mucho. Ella es socióloga y no tenía nada que ver con el teatro, pero le pedí que buscara un lugar para estudiar y estuve cuatro años con Banegas. Después me fui a vivir a Londres y, cuando ya podía decir que era actor, empecé con el grupo El Descueve. Pero mientras tanto trabajé de estatua viviente, toqué el violín en el subte, animé fiestas, hice de mozo falso en eventos…

 

 

–Si es cierto que en la noción de lo público hay tres escalas, ser conocido, ser famoso o ser popular, ¿cuál era la máxima fantasía que te podías permitir?

 

 

–Ser una estrella de cine. No era la popularidad lo que me llamaba la atención sino convertirme en Gary Oldman o Robert De Niro, mis ídolos. Quería hacer películas. Cuando me avisaron que Un año sin amor se iba a presentar en el Festival de Berlín, estaba con Laura, mi mujer, corté el teléfono y me puse a llorar. Así de emocionante era para mí, mucho más que trabajar en el teatro o en la tele. Nunca quise ser famoso, aunque me interesa el reconocimiento, claro; pero me crié en una familia donde lo farandulero estaba muy mal visto.

 

 

–¿Y entonces cómo se lleva la fama?

 

 

–Lo tomo como un reconocimiento y una expresión de cariño. Muchas veces alguien me para en la calle para decirme que le gustan el programa y el personaje. Lo natural es que la gente te vea en el living de su casa y quiera saludarte aunque actores cool renieguen de eso. Me gusta actuar y que mi trabajo llegue a mucha gente, pero no me gusta la idea de ser popular y tener una vida VIP. Son cosas que empiezan a pasar cuando estás en la tele todo el tiempo. Hay algo de la actuación que tiene que ver con espiar, estar sentado en un bar y poder mirar al mozo, al tipo que tiene una relación, a la mujer que discute con el marido… Cuando empezás a ser el centro de atención, ya no podés hacer tu trabajo.

 

 

 

–Es como la frustración del antropólogo cuando descubre que en el momento en que llega a una aldea para estudiar su cultura, esa cultura ya fue sutilmente alterada por el simple hecho de su presencia.

 

 

–Ahí estás frito. El actor necesita tener zonas vulnerables, reconocer cuándo fue humillado, cuándo fue maltratado, cuándo no fue querido. Ese es el alimento de muchas cosas que después transitan los personajes. Los actores que se convierten en el centro de la escena, esos intocables a los que todos les chupan las medias, pierden esa noción de la vida real en que a la gente la humillan, la traicionan o la maltratan.

 

 

–Qué sensibles son los actores, eh.

 

 

–Es que lo necesitamos. El actor trabaja con sus emociones. Y a mí me interesan los personajes de sentimientos reales, esos que aparecen en la pantalla y el público puede decir: “¡A ese tipo lo conozco de algún lado!”.

 

 

 

 

“Recién ahora me estoy instalando en la idea de que puedo hacer cosas muy masivas pero con un lenguaje personal. Me estoy asomando a algo que no sabía cómo iba a funcionar”.

 

 

Styling: Gustavo Samuelián

 

 

Agradecimientos: Germán Viscirelli Acosta, Bolivia, Salón Berlín (Humboldt 1411)