Se sabe lo que no comen, lo que no les gusta, lo que no hacen y lo que no usan… ¿pero quiénes son esas personas que renunciaron a la comodidad de aceptar lo que les viene dado? ¿Qué esperan? Y lo más importante: ¿cómo hacen para sostenerlo y sumar cada vez más adeptos?

 

Examinan la letra chica de cualquier producto alimenticio, del artículo de limpieza, del shampoo, del esmalte de uñas. Interrogan a los vendedores antes de comprarse un suéter o un par de zapatos. En el país de la religión del asado, ellos faltan en la mesa. Y si están, no comen y no toleran ni un chiste.

 

 

Insoportables. Para el imaginario popular, así son los veganos. Esa gente que te quiere pero te querría más si dejaras de comer carne, si hicieras el click, si despertaras y quisieras darte cuenta de que la industria en su totalidad está basada en la explotación de los animales. Al menos esto arrojó un pequeño sondeo realizado para esta nota entre mortales carnívoros e, incluso, vegetarianos.

 

 

Nadie quiere atragantarse el bife escuchando que no hay diferencia entre comer un choripán y patear un gatito. Es mejor no pensar que una crema para manos fue testeada en conejitos indefensos; que varias marcas de cigarrillos se prueban en dóciles cachorros de beagle o que el cable de tu Mac contiene grasa de un animal que no fue puesto sobre la Tierra para ese destino. En general, no querés estar paseando plácidamente por las calles de Nueva York o escuchando tocar a Arcade Fire en Glastonbury y cruzarte con ese camión, obra de Banksy, repleto de vacas, cerdos, corderos y pollitos de felpa que gritan porque los llevan al matadero (The Sirens of the Lambs).

 

 

Pero el veganismo igual avanza. Partiendo de la ética de ser “la base innegociable del derecho a los animales”, como explica la abogada Ana María Aboglio, especialista en ética animal y autora de un libro que convirtió a más de uno (Veganismo. Práctica de justicia e igualdad, editado por De los Cuatro Vientos), fue creciendo a la par de dos nuevas preocupaciones de este siglo: la de alimentarse en forma más saludable y la de evitar un desastre ecológico. Se dice por ahí que un vegano tiene mejor calidad de vida que un carnívoro. Y que para producir medio kilo de carne se necesitan casi 10 mil litros de agua. Un vegano se jacta de que, al no consumirla, ahorra más de cuatro millones de litros cada 12 meses. “Podría dejar la canilla abierta todo el año”, dice Miss Bolivia desde las páginas de un almanaque militante que en 2013 elaboró La Revolución de la Cuchara (organización que funciona a escala planetaria y que tiene sus redes en la Argentina), junto a otras celebrities que posaron para el trabajo: Nicolás Pauls, Daisy May Queen y el cantante de Café Tacvba, entre otros.

 

 

Las fotos de ese calendario las hizo Malala Fontan, ex fotógrafa de modas, hoy en sus 50, que primero se negó a participar en producciones que involucraran sufrimiento animal y luego abandonó la profesión para dedicarse al activismo: “Si te hacés vegano y trabajás en Burger King, posiblemente te llegue el momento de cuestionarte ese trabajo”, pone como metáfora de lo suyo. “¿A ustedes les parece que está bien matar para vivir, cuando podemos sobrevivir de tantas otras maneras?”, me dice que quiere preguntarles a todos los que comen carne: “Los animales tienen derechos. Yo no sé para qué están en el planeta, pero seguro no están para Servirme. No son objetos. No están para jugar al polo, para correr carreras, para darnos plumas, foie gras o leche. La leche no es para nosotros, es para sus terneros”. Algunos de sus practicantes llaman al veganismo “Revolución”. En vez de la hoz y el martillo, un tenedor y una cuchara.

 

 

Otros, más medidos, prefieren hablar de un cambio de paradigma que llevará décadas y deberá implicar un replanteo completo del funcionamiento industrial y de la experimentación científica como existen hasta ahora. Es el caso de Betina Canalis, socia en el restaurante Kensho del chef vegano más resonante de la escena gastronómica local, Máximo Cabrera; vegetariana ella desde sus 20 hasta sus 56 años, hoy vegana. “Nosotros decimos que hacemos cocina vegana para carnívoros, porque creemos en la educación vegana no violenta. Uno no puede atragantar a una persona con sus teorías y hacerlo sentir mal. Yo, siendo vegetariana, creí que era compasiva, después hice la sobre el tapete los manejos y matanzas animales en las grandes industrias del mundo, dividido en cinco partes: mascotas, alimentación, pieles, entretenimiento y experimentación. Después de verla, aunque te guste locamente la entraña, algo se mueve en tu interior. Hagan la prueba si se animan.

 

 

Insoportables. Para el imaginario popular, así son los veganos. Esa gente que te quiere pero te querría más si dejaras de comer carne. conexión. Si reconocés cuánto sufrimientoimplica la manufactura deun queso, lo dejás”, está segura. Podríaformar parte de lo que SamantaLanin, de la tienda de alimentosCasa Vegana, llama “veganismo inclusivo”.Samanta despotrica contralos que tildan de asesino a quien usaun cinturón de cuero: “No juzgar senos hace una manera amorosa deser. Si alguien nos pregunta, les daremosinformación pero no iremosa veganizar el mundo. Podés ser undía vegano y después comer unachocotorta. Por ahí es un tránsitohacia tomar conciencia”.

 

 

Por último, aparecen en el cuadro los muchos veganos novicios que se van sumando a los históricos y nutren al movimiento con nuevos emprendimientos y productos “libres de crueldad”. Vayan dos hechos, entre muchos, que ejemplifican la expansión: hoy, en pleno Microcentro –Florida casi Diagonal Norte–, hay un local de comida rápida que funciona con la misma lógica que un McDonald’s, pero sirve hamburguesas vegan, postres raw y wheatgrass. Se llama Picnic. La última edición de la Fashion Week porteña incluyó la presentación de Nous Etudions, una marca de ropa vegana para la cual puso el cuerpo Calu Rivero, a quien habrán leído quejarse por no conseguir zapatos veganos cómodos. Ahora hay.

 

 

Sin distinción, todos ellos mencionan Earthlings si se les pregunta por un documental que resuma por qué son veganos. Narrada por Joaquin Phoenix y con música de Moby, utiliza cámaras ocultas para poner sobre el tapete los manejos y matanzas animales en las grandes industrias del mundo, dividido en cinco partes: mascotas, alimentación, pieles, entretenimiento y experimentación. Después de verla, aunque te guste locamente la entraña, algo se mueve en tu interior. Hagan la prueba si se animan.

 

 

Cómo ser vegano

 

 

Si vivís en Europa o en los Estados Unidos, ser vegano no implica algo más complejo que recorrer el mismo circuito que todas las demás personas. En casi cualquier supermercado hay una góndola vegana, la oferta gastronómica supera ampliamente los tres o cuatro restaurantes que hay en la Argentina y las celebrities militan por la causa invirtiendo sus millones en emprendimientos con conciencia animal: así como algunos se compran una bodeguita, Alicia Silverstone desarrolló una línea de cosmética cruelty free –con productos a base de palta, manteca de karité, semillas de sésamo, de girasol, aloe vera y jugos de frutas– y Natalie Portman hace campaña para la línea de zapatos ingleses Beyond Skin: veganos, obviamente.

 

 

En la Argentina, el esfuerzo puede ser un poco mayor, pero el Mapa Vegano (comunidad de Facebook) cada vez tiene más puntos y basta con meterse un poco en el movimiento, o simplemente googlear, para conocer cuáles son las marcas grandes que no testean en animales: Biferdil, si hablamos de productos para el pelo; Querubín y Día en el rubro limpieza. Redpoint y Melbourne son dos marcas de cigarrillos que no testean en animales, lo mismo que el tabaco armado; Natura para los cosméticos.

 

 

Cualquier zapato de cuerina es vegano, y si hablamos de comer, en el bodegón más comunacho que encuentren hay opciones: un vegano siempre puede pedirse un panaché de verduras, una pasta sin huevo o, en cualquier pizzería, una fugazza o una especial con todo, pero sin mozzarella. A la vez, el pequeño mercado estrictamente vegano tiene sus highlights. Marcas de zapatos: Miist y Bnedikta, entre varias. Cintos y bolsos: BOP. Artículos de limpieza: Clean Vegan, un pequeño emprendimiento todavía en formación. Restaurantes: los mencionados Kensho y Picnic, al que se suma Vita. “Todo se puede reemplazar”, asegura Malala, y desafía: “Decime algo que quieras  comer: ¿choripán? Hay chori-veg.

 

 

El otro día hicimos morcillas, matambre napolitano. Muchas veces el sabor se logra con los condimentos. ¡Hay hasta huevos fritos veganos! Se hacen con sal negra de la India, que tiene el mismo sabor que el huevo”. (Me la dio de probar y digamos que se parece bastante.)

 

 

Para alimentar a las mascotas hay un balanceado vegano para perros (Veguis), a base de arroz, pulpa de remolacha, aceites vegetales y harina de gluten, entre otros ingredientes de origen mineral y vegetal. “A los gatos no queda otra que darles alimento con carne adentro, porque son estrictamente carnívoros”, dice Malala. Incluso los más veganos reconocen que hay cosas que todavía no se pueden reemplazar y tampoco tirarían un cinturón de cuero que era de la madre. Betina reconoce que tiene dudas acerca de las gotas que utiliza para sus lentes de contacto. Es cierto que casi todos los veganos preferirían un mundo 100 por ciento vegano. Por ahora, coinciden en que la clave es tratar de ser lo más veganos posible.

 

 

No probarás mi carne

 

 

Entre los veganos acérrimos existe una corriente que incluso repudia el sexo con carnívoros. Los llamados “sexetarianos” sostienen que el intercambio de fluidos con personas que comen carne o sus derivados contamina su cuerpo y va en contra de su filosofía. La idea se extendió desde Nueva Zelanda hacia los veganos del mundo, pero en la Argentina el fenómeno no parece haber calado tan hondo aún. “Nosotras decimos que cuando tenemos relaciones les pasamos la veganina para convertirlos”, bromean dos activistas en pareja con carnívoros. Quisieran que fuera cierto, pero no es para tanto.

 

 

 

Insoportables. Para el imaginario popular, así son los veganos. Esa gente que te quiere pero te querría más si dejaras de comer carne.

 

 

“No sé para qué están los animales en el planeta, pero seguro no es para servirme: no están para darnos plumas, foie gras o leche. La leche no es para nosotros, es para sus terneros.” Malala Fontán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La marca de zapatos Miist tienen mocasines, zapatillas, panchas, sandalias y estiletos cien por ciento veganos. BOP sube la apuesta haciendo carteras, morrales, cinturones y billeteras con un 90 por ciento de materiales reciclados.

 

 

 

El libro de la abogada especializada Ana María Aboglio indaga en la abolición de los derechos de los animales y la práctica del veganismo.