“Conecto gente”, dice cuando le preguntan a qué se dedica. Es que Guillote, el mejor amigo de todos, hace de su vida una cadena de favores y transforma cada cosa que toca en una posibilidad de negocio. Así, con 65 años, parece estar en su mejor momento.

 

Guillermo Coppola es un chico de diez, once, doce años que vive en una pieza que es una piecita con sus padres, su hermano y una abuela ciega. Allí, la familia Coppola aguanta la vida como puede y cuando llega la noche se acomoda en sus lugares respectivos según orden de levantada a la mañana siguiente: el padre, que arrancará temprano con el taxi, en un borde; el hijo mayor y el hijo menor, en el medio. Y la madre, que se dedicará a la casa más algún trabajo de costura que ojalá le pueda salir, en el costado opuesto: los cuatro sobre la misma fatigada cama matrimonial, como palotes ensimismados, durmientes a como dé lugar. A un costado, sobre un camastro, privilegiadamente sola, la abuela, que no ve. Todo ocurre en los fondos de un habitáculo sobre la avenida Brasil, Constitución profundo.

 

 

Cuando se muden de allí, cuando inicien su derrotero de cambios de domicilio, será a San Telmo, a la Boca, a Barracas. En la vida del pequeño Guillermo, el sur de la ciudad es la primera geografía. Cincuenta y cinco años después, el niñito aquel me recibe en su oficina de la Avenida del Libertador.

 

 

–Actitud. Dice Coppola.

 

 

 

Y agrega, como mejorando la idea, poniendo cara de que encontró la palabra con la que enriquecerla: –Calle. Y actitud. Es su respuesta intransigente a la pregunta de cómo en un país como este se construye alguien como él (…)