La gente paqueta, el mundo gay, los guerrilleros y los que se matan de hambre porque sí son los protagonistas de estos libros que hablan de las distintas caras de la soberbia.

 

Santiago de Chile, clase alta, mundillo gay. Estas son las coordenadas en las que transcurre La soberbia juventud, del escritor chileno Pablo Simonetti. Todo comienza con la llegada de Felipe Selden, un chico de la alta burguesía que salió del closet durante su estadía en los Estados Unidos y que ahora vuelve a Santiago dispuesto a todo. Su soberbia es majestuosa. Pero no desentona. No al menos en el círculo en el que se mueve, donde publicistas, arquitectos, artistas y empresarios disfrutan de una vida aventajada por la que parecen deambular con poco apego, apenas con la deferencia de quienes se saben entre los suyos. Y Felipe se enreda con otro niño bien, cuyo íntimo amigo es un escritor mayor que él; una suerte de Oscar Wilde cordillerano, dueño de un sarcasmo de menor hondura, pero siempre con un aforismo a mano: “Ese es el problema de la juventud, creer que el mundo está lleno de oportunidades ocultas, y es particularmente grave en las personas que recién asumen su homosexualidad”, le dice a su protegido, que vive atormentado por su nuevo amante.

 

 

Y es que su propia obsesión radica en la juventud y su descaro, en ese entusiasmo que se instala en los que tienen todo por delante y que a él no termina de conmoverlo, hasta que conoce a Felipe, claro. Además, la novela puede ser leída como un curioso tratado sobre el gusto, con personajes cuyos sobreentendidos harían las delicias del Pierre Bourdieu de La distinción.

 

 

Porque La soberbia juventud es tambiénun muestrario de loscódigos compartidospor una clase socialque encuentra su lugar comúnen los colegios del Opus Dei yen una moral que podrá teñirsede modernidad pero que siguesiendo rancia hasta el final.Una novela que, con la excusade una historia de amor entrevarones, pone en escena elmundo de las familias de laderecha católica, con sus contraseñasde pertenencia, suscomplicidades y prejuicios.

 

 

CERCA DE LA REVOLUCIÓN

 

 

La niña tiene siete años, pero no puede decir su nombre y apellido. No porque no los sepa sino porque revelarlos sería un peligro, no sólo para ella sino para sus padres y amigos. Es hija de una pareja miembro de una agrupación armada de los 70 que, cuando no caen presos, cambian constantemente de domicilio, de actividad, incluso de color de pelo. A sus años, la niña ya sabe de aguantaderos, de trayectos recorridos a escondidas, de casas con paredes dobles, de identidades falsas.

 

 

Y también sabe callarlas. La casa de los conejos, de LauraAlcoba, retrata la intimidadde un grupo militante desdela mirada de una niña que,muy a su pesar, ve pasar suniñez entre armas, doblesdiscursos y mucha, pero muchapresión. Porque alcanzacon que hable con una vecinapara que su madre o cualquierade sus compañeros estalleen cólera, porque bastacon que alguien descubra quetiene su verdadero nombreescrito en una prenda que llevaal colegio para que todosacuerden en que tiene quedejar de ir a clases. Una niñezmarcada a fuego por la soberbiarevolucionaria de adultosque la arrastran a unavida en las sombras, llena demiedo, invadida de terroresque nada tienen que ver conlos cuentos para chicos quebien podría haber oído denoche. Alcoba, que nació enLa Plata y vive en París desde los 10 años, escribió esta novela autobiográfica en 2007 y desde entonces no para de cosechar reediciones. De niña lo sabía todo, aunque no pudiera decir nada. La adultez y la escritura le dieron revancha.

 

 

 

ME COMO A MÍ

 

 

 

“Ha transigido por unos kilos, para conjurar el peligro, para poder aguantar, sobre todo para sobrevivir. Pero no ha renunciado. No quiere perder el control.” Su objetivo es achicarse, bajar de peso y espesor, con la soberbia ciega de creer que sin comida se puede sobrevivir. Aunque los músculos ya no la sostengan, aunque sentarse le duela por el impacto de los huesos contra la silla, aunque todo en su cuerpo evoque al vacío. En Días sin hambre (publicada en 2001 con el seudónimo de Lou Delvig por razones familiares), la escritora francesa Delphine de Vigan contó en clave literaria su propia experiencia, cuando a los 19 años fue internada con un severo cuadro de anorexia que casi la lleva a la muerte. Y lo hizo con una precisión y un tono tan certero que ya desde las primeras páginas es imposible abandonar el derrotero de esta joven que, con apenas 37 kilos e iguales dosis de entrega y altanería, sigue sintiendo que su empresa fue exitosa. Porque consiguió llevar su cuerpo a sumínima expresión, porque logró mediante ello ser el centro de atención. En la metamorfosis de su recuperación, la reconciliación con la vida vendrá de la mano de la escritura. Y también del compromiso de dar cuenta de las distintas etapas de la enfermedad a la que en un primer momento, cuando sentía más frío que hambre, cuando aún estaba conectada a una máquina de hospital, se aferró como único modo deseable de, precisamente, dejar de desear.