El séptimo de los pecados capitales es uno de los que abren más puertas a otras ofensas igualmente desagradables, y cuando el orgullo desmedido se instala en el alma sólo queda rezar para no caer en manos de ningún gurú.

 

 

Un filosofo francés dijo una vez quela soberbia espiritual enceguece la humildad del alma, produce la sordera intelectual y, por último, el endurecimiento del corazón. Ser soberbio no significa ser sabio, por ello la búsqueda del conocimiento de la verdad emprendida con humildad nos trae dos promesas: la liberación espiritual de las cosas de este mundo y el comienzo de una nueva vida que empieza en esta y continua en otra mejor. Una forma de soberbia es creer que se sabe, sin reconocer la implícita ignorancia y el alejamiento de la verdad que trae aparejada la arrogancia. El peor tipo de soberbia es la soberbia espiritual, bajo la cual el individuo toma la espiritualidad como un camino para enaltecer su ego, emprendiendo la marcha desde una perspectiva que supone evolucionada y cree verdaderamente espiritual.

 

 

El soberbio espiritual mantiene sus convicciones y doctrinas, antes que por verdaderas por propias y valederas, conformando así un sistema de creencias sin objetividad. El problema que afronta el soberbio espiritual radica en que no le interesa lo que su dios quiere de él sino que se considera un elegido y cree poder pedirle a ese dios lo que desee. En el apocalíptico presente de la verdad reina la creencia por sobre el conocimiento, y es en esa realidad impostada por los elegidos donde se impone el mandato discriminatorio entre los que creen que saben y los que consideran ajenos al conocimiento. Bajo esta falsa creencia surgen numerosas personas que, movilizadas por su pretendida condición de sapiencia espiritual, se erigen como difusores de la nueva sabiduría.

 

 

En un mundo en el cual la verdad escasea, la mentira es fácilmente aceptada por la buena fe del buscador de la verdad. Estos son los peligros que se afrontan en los momentos en que el Apocalipsis en su literal significado como revelación”– intenta manifestar y sacar a la luz las verdades secretas y ocultas. Es durante el Apocalipsis que se manifiestan los falsos profetas, en muchos casos motivados por su buena fe pero engañados por su propia soberbia espiritual, que se presentan como maestros difusores de la verdad creyendo que saben más de lo que realmente saben. En el mundo de las comunicaciones y la globalización de las noticias sobra la información y escasea el conocimiento.

 

 

El fetichismo espiritual

 

 

La soberbia es realmente una desobediencia manifiesta al carácter virtuoso de la modestia, el requisito indispensable para emprender el camino hacia el logro espiritual.

 

 

El soberbio espiritual, por confiar solo en su propio saber, se hace juez de todo y de todos, buscando imponer su sistema de creencias sin tener en cuenta la necesidad del iniciado de transitar por el sinuoso camino del autoconocimiento, requisito de la búsqueda de la verdad. El conocimiento sin humildad conduce al conocedor hacia la arrogancia, donde el rol del maestro es reemplazado por el del líder y donde la doctrina desplaza a la enseñanza. La soberbia era un atributo de los dioses de casi todas las mitologías antiguas, dioses llenos de vanidad que actuaban frente a los hombres con desmesura, que deseaban ser adorados mientras reinaban en lujosos palacios cubiertos de ofrendas al tiempo que exigían sacrificios en su nombre. De igual forma muchos líderes espirituales de la actualidad asumen, a manera de nuevos dioses, un rol soberbio en el que su ego les demanda ser alimentados con la adoración de sus súbditos. Buscan ser aclamados bajo títulos como maestro, iluminado, elegido o gurú,  denotando su ferviente necesidad de refugiarse en el ego y la vanagloria. La arrogancia en la espiritualidad es creer que con un aire de legitimidad se poseen todas las respuestas, apelando a fórmulas filosóficas y espirituales como bálsamo para curar las heridas que produce el transitar el camino de la vida. Los soberbios de la espiritualidad preparan verdaderos consultorios espirituales, haciendo creer al individuo que está en el buen camino y tratando de captar su buena fe hasta crear una dependencia al líder y a su dogma. La egolatría del elegido conduce al soberbio espiritual a creer que emprende una misión salvadora que incumbe a todo el planeta y termina creyéndose una especie de mesías. Así fuerzan un culto a sí mismos, y la doctrina y la figura del líder se funden en una sola. Suelen ser personajes de carácter fuerte, de palabra fácil para convencer, con un magnetismo que saben aprovechar y siempre dicen lo que los demás quieren oír. Se da por entendido que muchos de estos líderes pueden ser presas de un intenso ego contrario a los fundamentos de la verdadera espiritualidad, pero la realidad es que la mayoría de ellos buscan alimentar ese ego y sus ansias de controlar a los demás.

 

 

La verdadera y la falsa espiritualidad

 

 

Cuando la espiritualidad emprende un falso enfoque de conocimiento esencial, el pretendido camino hacia lo profundo del alma puede resultar en una modificación del psiquismo, aspecto al que se puede llegar mediante técnicas muy simples que nada tienen que ver con la verdadera espiritualidad. Mediante algunas técnicas se puede inducir al individuo a vivenciar una experiencia mística que no necesariamente revele el conocimiento como eje central. Cualquier distorsión de la realidad objetiva es una distorsión de la espiritualidad. La frontera entre verdadera y falsa espiritualidad puede establecerse a partir del papel del ego en nuestro camino hacia el Yo Superior. Las verdaderas escuelas espirituales coinciden en una apreciación: sin el dominio y el desapego del ego no se puede encontrar la entrada hacia la verdadera espiritualidad.

 

 

El ego y sus atributos sustraen al hombre la posibilidad de una experiencia trascendente y de comunión con lo absoluto. Así pues, el ego debe morir, aunque sea transitoriamente, cuando se quiere afrontar la experiencia hacia el contacto espiritual. Toda iniciación mistérica, desde la más remota antigüedad, implica un proceso dialectico de muerte del Yo Inferior y la limitación sensorial del ego para permitir la conexión con nuestro Yo Superior y la Mente Suprema a través del ojo que todo lo ve, el tercer ojo, la glándula pineal, que permite acceder desde los planos inferiores de la materia al plano de lo trascendente y espiritual.

 

 

El camino de los verdaderos maestros

 

 

Mientras los caminos espirituales de verdaderos maestros, como Jesús o Buda, planteaban una espiritualidad simple, basada en parábolas sencillas, los caminos impuestos por los grandes soberbios de la espiritualidad suelen ser empinados, repletos de mandatos, técnicas de respiración y blanqueo mental. Las enseñanzas de Buda y Cristo son extremadamente sencillas en su comprensión, carecen de sofisticaciones y hasta parecen reducidas a lo meramente esencial. Sin lugar a duda, la esencia de la espiritualidad es lograr que aflore en el consciente aquel Yo Superior o ser espiritual que, vida tras vida, se identifica con el ego para trascender en aprendizaje.

 

 

 

Parece que el hombre ha olvidado un principio fundamental: somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. .Verdadera o falsa espiritualidad? Son concepciones distintas y antagónicas de lo que el hombre-espíritu es y de su búsqueda por trascendencia: la que busca domar y controlar la influencia del ego para que afloren las propiedades del espíritu y la que pretende exteriorizar y potenciar el ego para enaltecer las propiedades del hombre y humanizar la espiritualidad.

 

 

Muchos líderes espirituales de la actualidad asumen, a manera de nuevos dioses, un rol soberbio en el que su ego les demanda la adoración de sus súbditos. Buscan ser aclamados bajo títulos como “maestro”, “iluminado”, “elegido” o “gurú”, denotando su ferviente necesidad de refugiarse en el ego y la vanagloria.