Desafiando el Caribe insistente y el paso de los años, en una suerte de ángulo colombiano que abraza el mar, se corporiza como una aparición la ciudad de las murallas y de los atardeceres sobre esas murallas. La tierra de los piratas y de García Márquez. La niña mimada, Cartagena de Indias.

 

En medio de murallas portentosas y perfectamente conservadas, construidas hace cientos de años para preservar a la ciudad del acoso de los piratas, se encuentra una de las más encantadoras y mejor conservadas ciudades de América latina, que acentúa su carácter colonial con sus bien cuidadas calles de adoquines, los faroles antiguos que emanan una romántica luz amarillenta, los balcones finamente trabajados y una paleta de colores que no deja lugar a dudas de su carácter caribeño.

 

 

Dentro de esas murallas, se preservan tesoros de la conquista española: la Torre del Reloj, magnífica entrada a la ciudad misma; la Casa de la Inquisición, toda una experiencia; la iglesia y los claustros de San Francisco; la catedral de Santa María de Alejandría; las iglesias de San Agustín y de la Tercera Orden; el convento e iglesia de San Pedro Claver, de bellísima arquitectura, construida enfrente de la no menos hermosa Plaza de la Aduana. En fin, sería imposible enumerar todos los sitios (¡cómo nos recuerdan a Gabriel García Márquez!) donde se entremezclan con cafés, los carros con caballo que nos invitan a recorrerla en el crepúsculo y los lugares de copas y música inspiradora.

 

 

 

 

 

 

Cartagena, la nueva 

 

 

Pero fuera de las murallas pervive una ciudad que enfrenta al Caribe y le ofrece su cara más moderna. Presidida por el Centro de Convenciones, donde se dieron cita tantas reuniones importantes de la América hispana, y construido sobre el Muelle de los Pegasos, comienza una urbe de edificios que nos recuerdan a Panamá nuevo o a Miami, con cadenas hoteleras internacionales (aunque, si de alojarse se trata, recomiendo el clásico y elegante hotel Caribe, que cuenta con un zoológico propio y jardines exuberantes), centros comerciales increíbles y un ritmo de gran urbe que la emparentan con Río de Janeiro o Punta del Este.

 

 

La Cartagena más nueva bien merece una visita de día, y mejor aún de noche, para amanecer bailando vallenatos en algún pintoresco lugar, no lejos de las olas del mar.