El autoenvanecimiento lleva solamente a éxitos efímeros. Y si no, que lo digan los que viven en Twitter o en Instagram y no en el mundo real. Todavía no se dieron cuenta de que las alas de cera se derriten de nada.

 

Desde el fondo de los tiempos, la soberbia mordisquea el corazón de los hombres como un cuervo de pico fiero. Este sentimiento tremendo y nocturnal suele anidar en algunos recovecos de la criatura humana y la lleva a pensar que es superior a otras. Soberbia es altivez, envanecimiento de uno mismo y desprecio hacia los demás. Es arrogancia y también ira y cólera, que se expresa hacia el prójimo con palabras o acciones injuriosas. Las solemnes definiciones del diccionario son, en la vida cotidiana de los trabajos y los días, una traba permanente para interactuar entre sujetos hinchadísimos de esta enfermedad que cunde como una peste. Aquí, en las pampas, como al otro lado del océano. Occidente y Oriente por lo que vemosestán a un paso de la explosión total. Literal. En fin, que los soberbios y su accionar pecado que encabeza la lista de los siete capitales en La divina comedia, de Dante siguen creciendo en este mundo como polillas que agujerean todo lo que encuentran a su paso.

 

 

Si retrocedemos un poquitín y recordamos algunos episodios de la mitología griega (que siempre nos aclara las ideas, ojito) veremos que los soberbios suelen terminar muy mal. Pensemos en el arquitecto Dédalo, creador del Laberinto de Creta, donde encerraron al pobre Minotauro (cuerpo de hombre y cabeza de toro) para que no hiciera demasiados desmanes. Solo de vez en cuando elegían a algunos jóvenes de ambos sexos y se los entregaban a modo de sacrificio para que se los comiera y se tranquilizara, porque se alimentaba de carne humana.

 

 

(No hay demasiada distancia entre esta costumbre y la que vimos en el horroroso personaje de Hannibal Lecter, el de la película El silencio de los inocentes, con un Anthony Hopkins de antología que se comía las caras y otras partes de quienes se le acercaban.) Vuelvo a Dédalo. No contento con haber inventado el Laberinto, un día decidió que quería volar. No le fue bien, pero no ceso en el intento. Armo para su hijo Ícaro unas lindísimas alas con plumas pegadas con cera. Ícaro, encantado, decidió volar y no caerse como su padre. Pero olvido una recomendación: no debía acercarse demasiado al Sol porque este derretiría la cera. Se acercó como loco. Y se estrelló como un mosquito. Esta metáfora se sucede con el correr de las épocas. Cambian los personajes. La historia siempre es la misma.

 

 

En realidad, los primeros soberbios de la historia bíblica en Occidente fueron los nunca bien ponderados Adan y Eva, por querer saber tanto o más que Dios. No supieron ser humildes y conformarse con ignorar los misterios del conocimiento, del cuerpo y sus avatares. Y ni hablar de Lucifer, ángel del mal. Demonio puro. Si nos fijamos bien, el demonio es la representación mayor de la soberbia en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Es más, el mal, en sus diversas expresiones (la crueldad extrema, las guerras, los asesinatos, las drogas duras, la locura), es producto de la exasperación total de la soberbia más impiadosa.

 

 

Esto es: ir hasta el fondo de la experimentación. En todos los wines. Por caso, en el celuloide, la pobre niña habitada por el demonio en el filme El exorcista puede ser vista como un caso de histeria gravis o simplemente como endemoniada. Y ahi se enfrentan dos soberbias en pugna. La del malisimo demonio Pazuzu, del siglo VIII a. C., quien vive en el cuerpo de la chica (mas aterrador que una yarará cuzu, cuando alcanzamos a verlo en una escena crucial de la peli) y habla con voz de trueno, y la del sacerdote católico, que encarna el bien con la cruz, el agua bendita y los rezos en una lucha cuerpo a cuerpo. .Quién gana en la confrontación? Al menos por lo que se ve, el pobre sacerdote vuela por la ventana y por las escaleras. La chica queda des-habitada de Pazuzu y se va de viaje con la madre. Pero chi lo sa?

 

 

 

Narciso en las redes

 

 

La soberbia es un bicho que se realimenta. Que acrecienta el poder del yo. Del ego. No hay más remedio que traer la figura del Narciso estudiado por Freud (hoy rey absoluto del siglo) y su imagen acrecentada por la ilusión de la belleza que le devolvía el lago en el que se miraba. Hasta que se acercó y !pum! Se ahogó. Aylo peor es que los narcisos, que hoy nos rodean a montones, zafan en la tele, en las redes sociales, donde estamos hartos de verlos instagrameados, facebookeados, contandonos sus hazanas domesticas con casamientos de vestidos blancos sobre cuerpitos esculpidos a lo Cirio. Por las manitas de Satán, valga la paradoja. Zafan en las selfies infinitas de las pancitas wandanarianas con anillos diamantinos, bombachitas de encaje y cola al aire, zafan en los eternos tuiteos que se multiplican de a miles, con palabras de ira en 140 caracteres que agotan hasta el hartazgo.

 

 

Y sin embargo, hartos ya de estar hartos, como cantaba Serrat, nadie hace demasiado por desarticular los excesos soberbios. No hay Némesis, diosa del cambio (aunque también de la venganza) que ponga fin a la desmesura. Por lo general, las criaturas conformadas por un mix de cuerpo humano y miembros superiores o inferiores de animales (pensemos en la Medusa, cuya cabeza estaba cubierta por miles de pequeñas serpientes en lugar de pelo) encarnan la expresión de un acto ligado a la soberbia por obra de los dioses, del azar, de la magia, de los avatares del destino. Pero no siempre las historias terminan mal. Depende de cómo se las lea. En el filme de ciencia ficción Avatar (James Cameron, 2009), el protagonista, un marine invalido, participa de un proyecto de ciencias atrevido y sumamente soberbio por la audacia, en el que termina enamorándose de una chica Navi con piel azul y cola de tigre, como todos los nativos del planeta Pandora. La acción transcurre en el ano 2154. En ese planeta reina la paz. Todos se reúnen alrededor del gran Árbol Madre para recibir su energía, sus voces, su espíritu pacifista. Pero siempre hay soberbios satánicos que son definitivamente malos: .militares poscapitalistas? que deciden quedarse con un mineral poderosísimo que está debajo del árbol para hacer business con una empresa privada. (El petróleo, un poroto.) En fin: el marine se convierte en navi como la chica felina y echan a los milicos. Todos contentos. Eso si: a la Tierra el no vuelve más. Se queda a vivir en Pandora, donde hay monstruos voladores! buenísimos! Rebeldía ante la obediencia, que le dicen. Pero como un avatar del bien. Por su parte, Joan Aruz, comisaria jefe del Museo Metropolitano de Arte (MET) de Nueva York no oculta su entusiasmo y asegura que la globalizacion empezo en Asiria. Cuando los hombres estaban solos y ni Jesucristo ni Mahoma habian puesto los pies en la Tierra, durante el periodo más excitante de la historia, nació la globalización. Aruz muestra al visitante las maravillas que hay en De Asiria a Iberia en los albores de la época clásica, exposición que por estos días se abre al público hasta el 4 de enero de 2015. Alli, entre otras obras, pueden verse la escultura de un hombre-pájaro-escorpión encontrada en el yacimiento de Tell Halaf, al noreste de Siria, y el demonio Pazuzu (el que se hizo famoso por su aparición en El exorcista), datos que a mí me ponen un poquito la piel de gallina. Les dejo esta inquietud. Con todo respeto, como siempre.

 

 

La soberbia es un bicho que se realimenta. Que acrecienta el poder del ego, lo cual nos lleva a Narciso. Hoy nos rodean montones de ellos, están en la tele y en las redes sociales, donde estamos hartos de verlos instagrameados, facebookeados, contándonos sus hazañas domésticas.

 

 

“La soberbia no es grandeza sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.” San Agustín