A LOS 55 AÑOS, SIN DARSE CUENTA, SE FUE GUSTAVO CERATI. HABÍA ESTADO RECOSTADO EN UNA CAMA DESDE MAYO DE 2010, CUANDO SUFRIÓ UN ACCIDENTE CEREBROVASCULAR ISQUÉMICO. EL MUNDO ENTERO LO DESPIDIÓ CON DOLOR PERO SIN OLVIDAR SU TALENTO ÚNICO.

 

Fué bravo enterarnos de lo que le pasó a Gustavo. Horrible, insólito, inesperado, injusto. No había an- tecedentes, jamás lo hubiésemos imaginado. Una de esas cosas que nos hacen plantearnos todo, desde irnos hasta quedarnos, desde cuidarnos hasta abandonarnos. Desde que pasó lo de Gustavo es- tamos reseteados.

 

 

Lo curioso es que con Cerati siempre nos ocurría eso; después de estar un rato con él, como ami- go, interlocutor, compañero de viaje o simplemente como fan, uno terminaba planteándose algo nuevo o quizá retomaba hilos de pensamiento antiguos.

 

 

Lo conocí y pasamos largos ratos juntos muchí- simas veces, y aunque no llegamos a cultivar una profunda amistad, nunca nos enojamos y siempre nos tratamos con recíproco respeto. Tal vez él nota- ba en mí una ligera admiración por su refinamiento musical tal como yo veía en él un generoso interés por mi curioso oído. No me explayaré mucho en asuntos internos, sólo me limitaré a dejar constan- cia de lo gracioso que nos resultaba a los dos haber nacido en el 59, lo que nos designaba como Chan- cho en el horóscopo chino, y nos comparábamos con ese desacreditado cuadrúpedo en el sentido de mirar para adelante permanentemente. Por su contextura física –carece de cuello–, el chancho sólo mira hacia adelante, no a los costados y mucho menos atrás. Lo triste era que se perdía las estrellas y la Luna, pero bueno, ahí andábamos los dos cerdos porteños transitando de vez en cuando las mismas veredas. Siempre mirando para adelante.

 

 

EL GUITARRISTA DE LOS COMMODORES

 

 

Y también dejaré testimonio de una noche en un antro que se llamaba Exit, o Látex, o algo así. Un en- cuentro entre Gustavo y un servidor ya pasada la medianoche de una noche ordinaria, entresemana, algún extravagante evento de esos alocados 80 don- de nuestras coordenadas chocaron. Ante el tedio y la ausencia de emoción del salón, varios amigos se dieron cita en la cabina del discjockey, a la sazón yo, para ver si allí había algo interesante. Pero nada. En un tiro, empezando a aburrirme ya con el desa- rrapado jolgorio, decidí pinchar unas canciones soul sin pretensión, sin explosión, digamos. Algo para sostener las miradas, para poner un poco de onda en el ambiente, nada muy rebuscado, algunos standards poco conocidos. En esas estaba cuando se abrió la puerta de la cabina y, atrás de una rubia desatada, se asomó Gustavo Cerati esbozando esa sonrisa que enarbolaba como una bandera con un escudo en el medio que dice “Acá llegó el buen gusto”. Lo miré, lo saludé y le pasé el whisky, que parecía ser lo único excelente de la noche. Parán- dose al lado de mí, mientras mirábamos lo mismo allá afuera, me dijo: “¿Eran los Commodores recién, no?”. Le contesté que sí mientras le pasaba el disco, un vinilo sin tapa robado de alguna radio que no merecía tenerlo, y me dijo: “Qué bueno es McClary, por Dios”. Traté de revisar mis archivos intentando dar con el Sr. McClary, y notando el negro que inun- daba mi cerebro, me aclaró con elegancia: “Thomas McClary, el guitarrista de los Commodores”. “Ah, claro”, le dije yo, y seguimos con nuestra tarea contemplativa del salón hablando de los Commodores, de la rubia desatada que a esta altura ya estaba en otra y creo que de Pelo Aprile. Después de un rato, y cuando ya el habitáculo se empezaba a poblar de desconocidos, Gustavo me tocó el hombro a manera de saludo, plegó las alas y se tomó el piro.

 

 

Al final de esa noche, ya casi de día, en mi cotorrito de Congreso, deshaciendo la valija de discos y mientras me preparaba un desayuno extremautorio antes de bañarme y acostarme un rato, desenfundé el disco de los Commo- dores y sólo pensé, antes de dormirme, “Guau… qué bueno es en verdad Thomas McClary, qué rítmico del carajo, qué presencia sonora, cómo armoniza diferente al resto de la banda”.

 

 

Esto que relato ocurrió alrededor de 1987/8. OK. Hace apenas unas semanas, con un amigo, vermouth mediante, nos pusimos a ver un video de los Commodores en vivo y mi único comentario fue: “¿Viste cómo Lionel mira todo el tiempo a McClary? Qué guitarrista del carajo”. Y automáticamente me vino al cerebro una polaroid de esa noche, en esa cabina, con Gustavo diciendo exactamente lo mismo.

 

 

Traigo esto by the way de lo que les decía antes acerca de no salir ileso de un encuentro con Cerati. Quizá esté de más, pero siento la necesidad de aclarar que a mí los Com- modores me gustaron siempre, por la voz de Lionel Richie, por su vestuario, por sus discos; pero esa noche me di cuenta de que sobre todo me gustaban por esa guitarra endiablada que riffea y hace solos como si la tocara el mismísimo Luci- fer. Y eso me lo mostró Gustavo Cerati.

 

 

Lo había visto por primera vez en la casa del inolvidable y amado Alfredo Lois, un cineasta como pocos, creador de los mejores clips de Soda Stereo. Con Alfredo almorzába- mos siempre entre las dos o tres de la tarde y las seis menos diez, entre tenistas y dandis, en el Romano, una hamburguesería en Libertador y la vía, en Vicente López. Una tarde, Alfredito se apareció con Gustavo y Charly Alberti y ter- minamos en su casa, a pocas cuadras de ahí, mirando El perro andaluz, de Buñuel, y luego cenando en La Nelly, en el puerto de Olivos, bien entrada la noche. Recuerdo como si fuera hoy que si bien esa noche no hubo caravana, en la mesa terminamos como veinte footlooses de varias profesiones y varios sexos, todos embelesados con el donaire y el estilo irreverentemente elegante de Gustavo.

 

 

Podría sumar unas cuantas escenas más de mi vida linkeadas con el amado Gustavo Cerati, como nuestro encuentro en la despedida a Alfredito Lois, donde no ha- blamos porque nuestras lágrimas decían todo, o la última vez que lo vi de pie, en el césped de un estadio en Buenos Aires, durante el show de Depeche Mode, estrechándonos la mano por encima de una decena de personas que nos rodeaban. Podría traer decenas de cruces ceratianos en mi vida, cruces que siempre me dejaron algo a favor, pero me están entrando ganas de llorar, no sé por qué. Así que mejor me voy. Adiós.