Una casa con bellas durmientes, un hombre enamorado de una amiga de su hija y una mujer que desafía las convenciones sociales son las bases argumentales de tres obras imperdibles que hablan de ese pecado imperdonable.

 

 

 

Lajoven que duerme desnuda en una habitación cerrada no va a despertarse. Ni aunque la zamarreen, ni aunque le hablen, ni aunque se animen a golpearla: está anestesiada, inmóvil, lista para ser admirada sin siquiera notarlo, sin poder nunca recordar el rostro, la piel o el olor de quien estuvo a su lado. Su tarea es esa: dejarse estar así, sedada, a la espera de hombres que llegan para acostarse con ella, pero no para tener sexo, sino para dormirse a su lado. Lo único que ellos no pueden es traicionar esa norma: sólo está permitido tocar a las chicas dormidas, apenas acercar sus cuerpos a los suyos, sabiendo que sus ojos van a permanecer cerrados. La casa de las bellas durmientes, del premio Nobel japonés Yasunari Kawabata, es un bellísimo ejercicio de contención. Tanto en materia narrativa como en lo que respecta al protagonista, un hombre que de vez en cuando se escabulle en esa casa secreta en la que una suerte de madama le ofrece un servicio poco habitual: dormir con doncellas narcotizadas a las que, sin embargo, no pueden mancillar. Una reflexión sobre el deseo y el goce, el abismo en el que descansan los recuerdos, la juventud y el paso del tiempo, y la tensión sorda que puede generar un cuerpo.

 

 

LA TEMPESTAD

 

 

“No es que ella no vea lo que pasa, es que cuando empieza a pasar se va al cuarto a leer.” Lo que “ella” no ve es que su marido está enamorado de la amiga de su hija. Precisamente, lo que su hija sí ve. Y a sus ojos esa traición es doble: como marido, como padre. Después de todo, se trata de su amiga.

 

 

La que su papá pasó a buscar para que fuera de vacaciones con su familia, la que iba a sumarse para acompañarla a ella. La misma que, de ahora en más, le hará otra compañía. En ese escenario transcurre el primer relato de La arquitectura del océano, el último libro de Inés Garland, en el que la familia, los deseos truncos y los prejuicios desfilan a lo largo de cuentos cortos, que capturan esos vaivenes de los vínculos humanos, tan parecidos a las aguas de un océano. Una mujer obsesionada con un compañero de trabajo más joven, tres hermanas que quedan al cuidado de una empleada perversa, un accidente que pone en jaque a una familia de vacaciones, todo con la precisión y sutileza de quien busca señales extraordinarias en lo cotidiano. Y las encuentra.

 

 

LOS DÍAS FELICES

 

 

Aceptar, sonreír, aparentar. Para las mujeres de la alta sociedad de Nueva York a fines del siglo XIX, esa es la máxima a seguir (si es que quieren seguir bien). Un mundo de convenciones sociales tan sencillas para algunos como impostadas e insoportables para otros. Sobre todo para la condesa Olenska, que, tras casarse en Europa, se atreve a volver a su ciudad, nada menos que separada. Allí se encontrará con su joven primo, un hombre destinado a casarse con un “buen partido”, que de pronto está dispuesto a traicionar a su prometida y tirar sus planes por la borda con tal de estar con Olenska, ese peligro. Porque la condesa encarna todo lo prohibido no sólo para su nuevo amante sino para una sociedad que asiste al ocaso de sus convenciones, esas que justamente ella viene a cuestionar. En La edad de la inocencia, la escritora Edith Wharton reflejó como nunca el conflicto entre dos mundos: el de las familias tradicionales norteamericanas y el de los nuevos ricos, todo en el marco de una doble moral ensayada, con personajes maquiavélicos que apenas se esfuerzan por parecer inofensivos.

 

 

 

 

Premiado con el Pulitzer en 1921, este clásico es además la excusa perfecta para conocer el universo de su autora, una mujer atípica que viajó en moto entre trincheras durante la Primera Guerra, mantuvo idilios amorosos tanto con varones como con mujeres y fue amiga de intelectuales como Henry James, Francis Fitzgerald y Ernest Hemingway. Una mujer que creció en la clase alta norteamericana de preguerra y que, con mucho sentido de la ironía, se convirtió en una de sus más astutas críticas.