Para Dante la traición es el peor de los pecados y requiere una condena atroz: caer en manos del demonio en persona. Para la mujer engañada por el marido, o viceversa, puede llevar al uso de un bonito adorno de vidrio bien incrustado sobre alguna cabeza. Y para los mediáticos de siempre es una ocasión de oro para salir en la tele una vez más. En fin.

 

Cuando se es joven se suele pensar, quizá con mayor sentido trágico (o con cierta categórica inclinación al todo o nada), sobre diversas conductas de la gente y algunas situaciones complejas de la vida. Por caso, homologar la traición a la infidelidad amorosa. Suelo recordar a una amiga que decía: “Viví hasta los 40 años en estado de alerta. Cuando abandoné el arte de sospechar, el señor que me acompañaba se retiró de mi vida, sorpresivamente, con otra señora”. Mi amiga se sentía absolutamente traicionada.

 

 

Sin embargo, la infidelidad no tiene demasiado que ver con la traición. En primer lugar, porque cuando esas cosas suceden no está claro en qué sentido se traiciona. A qué, a quién o para qué. En el fondo uno podría hablar de juegos amorosos equívocos que pueden terminar, o no, con final más o menos feliz. Y todo depende de la focalización de los protagonistas, de los juegos, de las circunstancias, del contexto, de lo que se dice, de lo que se hace. Los traidores en serio son partícipes o inductores de actos que rozan la muerte, concreta o simbólica, de un sujeto.

 

 

 

Por eso creo que se necesita un poco de cautela para hablar del tema. Resulta imprescindible recordar que, en La divina comedia, Dante Alighieri dice que la traición es el máximo pecado que se pueda cometer y requiere la peor de las condenas: caer en manos del mismísimo demonio. Judas y Bruto son destrozados y devorados, literalmente, por Satán. Técnicamente se habla de traición cuando se reniega con dichos o acciones (voluntarias o involuntarias) de un compromiso de lealtad hacia una idea, asociación o grupo de pertenencia.

 

 

Judas vende a Jesús por treinta monedas, lo besa para señalarlo y los soldados romanos lo apresan y crucifican. Bruto es uno de los senadores que, previa conspiración, apuñala a Julio César.

 

 

Su acción queda en la memoria de la cultura occidental con la frase que alcanza a musitar el moribundo: “Tú también, Bruto, hijo mío”. Conspiración, apuñalamiento, muerte. Más claro, imposible. Y la conciencia final del sujeto que se da cuenta antes de partir al otro lado.

 

 

En el siglo XVI, la racionalidad cercana al cinismo de Michel de Montaigne nos legaría esta sentencia que parece reafirmarse con el correr de los tiempos: “El bien público requiere que se traicione, que se mienta y que se masacre”. ¿Dura, no?

 

 

Pero no hay más remedio que aceptar que buena parte del planeta “se acomoda” a esta suma de errores, mentiras, malversaciones, conspiraciones, corruptelas, en fin: masacres. Por dar un ejemplo ahí está África, mirándonos con sus virus infinitos de enfermedades biológicas, sociales, culturales y políticas.

 

 

Tan lejos de nuestras pequeñas miserias vernáculas, donde el acto más “cruel” pasa por el show mediático montado en la cola hiperinflada de Silvina Luna convertida en apóstol de las denuncias contra el doctor fulano, que le puso un mix de metacrilato en los glúteos (palabra cómica si las hay), con no se sabe bien qué. La chica ya está grande y el pescado sin vender.

 

 

¡Ay! Y ni hablar del folletín continuado –un rayo que no cesa– del señor Intruso, que ya no se siente traicionado por ninguna niña joven morocha y acusa a su ex rubia mayor de maltrato infantil.

 

 

La traición, decía Maquiavelo, es el único acto de los hombres que no se justifica. Y agregaba: “Los celos, la avidez, la crueldad, la envidia, el despotismo son explicables y hasta pueden ser perdonados, según las circunstancias; los traidores, en cambio, son los únicos seres que merecen siempre las torturas del Infierno, sin nada que pueda excusarlos”.

 

 

Hay una película que viene como anillo al dedo para mostrar esta cuestión de emociones, pasiones abismales y acciones abominables. Se trata de Infidelidad, de 2002, dirigida por Adrian Lyne y protagonizada por Diane Lane, Richard Gere y el bombonazo de Olivier Martinez (ya que estamos, actual pareja de Halle Berry). En este filme se ve claramente que el tema de la infidelidad pasa a un muy segundo plano. La esposa prolija de un ejecutivo ídem de Nueva York tropieza en la calle por azar con un bohemio vendedor de libros, de nacionalidad francesa, y mucho más joven que la rubia y elegante señora. Flechazo total, imparable, que sólo se aquieta en unos revolcones tremendos en la cama del joven amante y otros lugares como el baño de una confitería donde la mujer toma el té con otras amigas burguesas. ¿Será esta infidelidad la traición verdadera? Nones. El ejecutivo se entera, calla y visita al amante, a quien mata en un acting feroz al darse cuenta de que un regalito de vidrio pesado que él le había dado a su mujer está en manos de él. No sólo lo mata. Lo envuelve en una alfombra y lo lleva a un basural más grande que el de Avenida Brasil. Luego oculta todas las pistas, pero… la trama hace que unas fotos que el esposo prolijo escondía en una campera vayan a parar a la tintorería y luego a manos de la esposa rubia.

 

 

Nadie dice una palabra. Los dos saben todo. Los une el conocimiento de un hecho abominable: el asesinato que borra de un tirón los revolcones infieles. Porque en verdad, lo que los mantiene juntos es un solo deseo que opaca todo erotismo: el de permanecer fieles al sistema. Al que nunca traicionarán.

 

 

 

El acusado, la isla y el Diablo

 

 

A fines del siglo XIX hubo un episodio paradigmático y abominable que Francia nos legó para siempre. El de un ciudadano que fue injustamente culpado de traición a la patria. A finales de 1894 el capitán del ejército Alfred Dreyfus, un ingeniero de origen judío-alsaciano, fue acusado de haber entregado documentos secretos a los alemanes. Enjuiciado por un tribunal militar, fue condenado a prisión perpetua y desterrado a la colonia penal de la Isla del Diablo, situada a once kilómetros de la costa de la Guayana francesa. Tanto la opinión pública como la clase política adoptaron una posición abiertamente en contra de Dreyfus. Pero el verdadero traidor había sido el comandante Ferdinand Walsin Esterhazy. El escrito que publicó Émile Zola, J’accuse…! (Yo acuso), fue un alegato en favor de Dreyfus que llevó al cambio de opinión de muchos intelectuales (esta fue la primera vez que la palabra “intelectuales” salió a la luz). Agotado y con la salud quebrantada por largos años de prisión en condiciones inhumanas, Dreyfus aceptó el indulto que le concedió el presidente Émile Loubet. En 1906 su inocencia fue reconocida oficialmente por la Corte de Casación a través de una sentencia que anuló el juicio de 1899.

 

 

 

Y volvemos al cinismo de Montaigne, mal que nos pese, con aquello del bien público y sus requerimientos escabrosos. Porque todo lleva a pensar que la traición es un impulso complejo, donde se mezclan los sentimientos más abominables con las pasiones más encendidas. Borges, en Tres versiones de Judas, conjetura que el Hijo de Dios hecho hombre está en la figura de Judas y no en la de Jesús. El horror y lo sublime están ligados a la condición humana, sin remedio. Lo dicho una vez más, con todo respeto, como siempre.

 

 

La infidelidad no tiene demasiado que ver con la traición. En primer lugar, porque cuando esas cosas suceden no está claro en qué sentido se traiciona. A qué, a quién o para qué. En el fondo uno podría hablar de juegos amorosos equívocos que pueden terminar, o no, con final más o menos feliz.