Actor nómade, padre casi argentino, estrella de Hollywood y defensor de las buenas causas. Recientemente separado de Dolores Fonzi, habla de la fama, del negocio de los medios y defiende su derecho a la intimidad. 

 

¿Qué hiciste, cabrón? La primera línea de Amores perros es bien mirada. La primera línea del cine latinoamericano del siglo XXI. Estrenada en los Estados Unidos el 30 de marzo de 2001, la película de González Iñárritu le puso paisaje regional a una parte del mundo que reclamaba su lugar en el concierto de las estéticas. “¿Qué hiciste, cabrón?” era una buena pregunta para el campo político del continente: qué hiciste, qué hicieron.

 

 

Con los noventa todavía tibios, recién terminados, al PRI le hubiera cabido contestar esa pregunta. A cierta clase media argentina del ensueño liberal le hubiera cabido contestar esa pregunta.

 

 

Y entre un extremo y otro, al resto América latina le hubiera cabido contestar esa pregunta. “¿Qué hiciste, cabrón?”, en la entonación viaja, además, el reproche, el señalamiento, el reclamo. Por eso la segunda línea de Amores perros necesitó ser el subrayado de la primera: “Puta, ¿qué fue lo que hiciste?”.En la pantalla no se distingue nada y sólo se oyen unas voces y unas respiraciones desesperantes. El cuadro no se acomoda.

 

 

Todo es un vértigo, un mal viaje. Corre una línea de asfalto. Y las voces otra vez: “Nada, güey, nada”. “¿Cómo que nada?, no seas pendejo.” Es un diálogo universal en el sentido de que todos hemos mantenido ese mismo diálogo alguna vez con alguien, y todos alternadamente hemos ocupado el lugar de ambos hablantes. Y también es un chiste retórico muy concordante con las ambiciones sinfónicas del director.

 

 

 

Todo termina, y todo vuelve a comenzar, cuando un fotograma pone en pantalla, y por primera vez para todo el mundo, a ese chico extraño, imantado, dueño de una rara belleza, imperfectísima, como con cierta desmesura del rasgo general, capaz que esa nariz, no sabemos. Es un recién llegado. Viene de hacer nada, o poco. Algo de publicidad, algo de teatro escolar, una novela a los 12 con Salma Hayek. Y de golpe, con 19 años, ahí está, manejando aturdido, replicando el aturdimiento del resto del Distrito Federal, loco, sin sentido, hermoso, delirado, patético, asustado como un nene, una criatura sin contención buscando un continente. El primer sujeto que aparece en Amores perros es Octavio, el personaje de Gael García Bernal.

 

 

“Hice Amores perros como un divertimento.” Gael es un hombre breve, pequeñito, de maneras suaves, que habla como si hubiera debido ganarle todas las batallas a su timidez y ahora está acá, triunfante a los 35 años, pudiéndose comunicar como cualquiera.

 

 

Las cosas que pide las pide con muchos por favores, y será que tiene una buena mañana en Buenos Aires ya que entrega con cierta facilidad esa sonrisa que ya lleva quince años de carrera. Está casado con la argentina Dolores Fonzi, con quien tuvo dos hijos: Lázaro y Libertad. O no, no está más casado. Las prenseras, efectivas, piden no incluir el ítem de su vida privada en la entrevista. Les digo que hay distintas maneras de conversar sobre la vida privada de alguien. Me piden que no intente ninguna. Trabajan de eso, de cuidar su confort. Y están acá tratando de hacerlo bien. Gael, finalmente, se sienta. Es todo disposición.

 

 

 

–¿Por qué a esa película le pasó todo lo que le pasó?

 

 

 

–Es que mostraba una nueva geografía. En el cine internacional no había nada que reflejara este otro lado del mundo. Amores perros fue profundamente latinoamericana, sea lo que chingado signifique hoy día el “cine latinoamericano”. Los ojos voltearon a ver lo que se estaba haciendo acá. También tuvo mucho de accidente, de oportunidad (…)