Nadie es inocente. Ni Perséfone, la que se hizo mala cuando bajó al mundo de los muertos, ni las ninfas rubias que habitan la tele, que mienten bastante porque no comen miel. ¿Qué tiene que ver? Servite un cafecito, leé lo que sigue y vas a entender.

 

Hablar de inocencia es partir de una idea que debe eximirnos de sentirnos precisamente inocentes. Nada de instalarnos en la comodidad de pensar que estamos “limpios de toda culpa, ajenos al delito o a las malas acciones”. Tampoco cercanos al candor o a la sencillez. Por el contrario, para no caer en errores vulgares, debemos acercarnos al terreno de la inocencia con la inteligencia y la emoción en estado de alerta roja. Nada de mentiras, señores, aceptemos que nadie es inocente. Quiero decir: todo el mundo sabe que no hay verdades absolutas, salvo las que plantean las diversas religiones y las dudosas políticas del planeta. Y en estos sentidos, bien sabemos, está todo mal, con ganas de gritar como Mafalda: “Paren el mundo, me quiero bajar”. Bajarse del planeta Tierra no es demasiado fácil. A menos que la caída sea inesperada, como un misilazo sobre un avión con centenares de personas que parten felices en plan vacacional y llegan casi sin darse cuenta al lado del que no se vuelve jamás.

 

 

Sin embargo, hubo una lindísima doncella inocente y mitológica, Perséfone (Proserpina para los romanos), que bajó al mundo de los muertos, el Hades, y regresó. La muchacha estaba recogiendo flores en un prado, junto a otras ninfas bellas y buenas, cuando de pronto la tierra se abrió de un misilazo griego y Plutón, el dios de los infiernos, la raptó para que reinase junto a él en el Hades. En las tinieblas, Perséfone se volvió más mala que una araña pollito. Y eso que no era reina de los bajitos como Noelia, la que baila por un sueño en la tevé. Tampoco era ex reina de maridos perejiles mafiosos al estilo Karina Olga; menos aún, ex actriz seria Solita y sola, convertida de súbito en española de raza gritando “¡venga!” no sabemos por qué. No: era reina mitológica auténtica, la linda Perséfone, a quien su madre Deméter buscaba llamándola a gritos con una antorcha en la mano.

 

 

La buscó durante un tiempo largo y, harta de no encontrarla, Deméter, que tenía lo suyo pues era diosa de la fertilidad agrícola, convirtió a la Tierra en baldía total. Ni una brizna de hierba creció. Hasta que Zeus se compadeció de la pobre madre desesperada y le ordenó a Plutón que devolviese a Perséfone a la Tierra, con la condición de que pasase unos meses con la madre y otros con su despótico marido Plutón. De allí entonces, la simbología de las estaciones en este mundo (tan mal distribuido en plan alimentario global) que traen el bajón grisáceo del otoño-invierno, la alegría verde de la primavera y las ondas hot del verano. La primavera se produce, claro, cuando Perséfone sale del reino del señor de los infiernos, donde ella gobierna con suma maldad, y vuelve a la Tierra.

 

 

Esta historia, se me ocurre, puede tener relación con la de Drácula, vampiro de la eternidad nocturna, que avanzaba sobre doncellas inocentes para vampirizarlas y ellas se enamoraban perdidamente de él, sin resistencia alguna, y se volvían vampiras más tremendas aún que el mismo señor de la noche. (Habrá que ver cómo serán en el futuro las leyendas de las doncellas raptadas en Marte, próxima colonia espacial del imperialismo terrícola.) Agarrate, Catalina. Con respecto a Él, en la década del 50 el gran Luis Buñuel llamó exactamente así a su película en la que el protagonista beato era en realidad un psicópata que torturó y enloqueció con el verso de su beatitud a una pobre muchacha virginal a la que raptó al casarse con ella para vampirizarla con sus celos enfermos y sádicos. Dicen los que saben que Buñuel puso en esa obra cosas autobiográficas, lo que indicaría que los genios no siempre tienen que ver con la virtud. Menos aún con la inocencia. Así lo demostró Sade, el divino marqués, cuando escribió, por dar un ejemplo paradigmático, La filosofía en el tocador. Quizá porque, filosóficamente hablando, a mayor sadismo, mayor virtud. Tal era la intención subyacente en la escritura del upgrade de los libertinos.

 

 

Lolita, Rocío y otras ninfas

 

 

El tema del rapto de las jovencitas nos trae de regreso a las ninfas (colegas de Perséfone), personajes míticos que deparan sorpresas notables. Las ninfas atraen porque se ven virginales, candorosas, bellas, púberes, seductoras y de una inocencia infernal, ese es el adjetivo preciso. ¿Recuerdan las miraditas ninfulares de Scarlett Johansson hacia el melancólico y maduro Bill Murray en Perdidos en Tokio, de Sofia Coppola?

 

 

Bueno, esa es una mirada que puede raptar perfectamente a un señor. Ojito. Las ninfas suelen ser raptadas pero no debe olvidarse que ellas mismas pueden raptar.

 

 

Traen consigo una locura incomparable. Exclusiva. ¿Quien podría asegurar en casos extraordinarios como el de la bíblica Salomé, que bailó para su padrastro Herodes a cambio de la cabeza de San Juan el Bautista? ¿Cuál fue el verdadero raptor? ¿El lujurioso padrastro o la ninfa seductora? ¿Raptor o raptado? Tampoco podríamos asegurar que el protagonista de la novela Lolita, de Vladimir Nabokov, el desesperado Humbert Humbert, quien secuestra a su hijastra, loco de pasión por la inocente niña de eternos chicles globo y dos coletas púberes, haya sido el victimario absoluto. Tal vez se le habían ido los sesos tras la locura de la pequeña ninfa. Sólo recibir el pestañeo tipo Bambi de Lolita bastaba para que Humbert temblara como una criatura. Ya había pasado lo mismo en la antigüedad, cuando la primera ninfa que poblaba la Tierra se encontró con el dios Apolo. Telfusa, así se llamaba, miró fijamente al dios, con su mirada perturbadora de virgen y de sabia, y lo convenció de inmediato de que no debía levantar su templo en ese lugar. Apolo le creyó y partió a hacia otro lado. Es casi seguro que Telfusa le mintió fiero. Según cuenta la leyenda, si las ninfas comen miel dicen la verdad, pero en el momento en que Telfusa enfrentó a Apolo –patrón y medida de todas las cosas– no había ningún panal cerca.

 

 

Similar situación parece haberle ocurrido por estos tiempos a una falsa ninfa que circula por canales de tevé llorando sus penas de amor con el ex number one de la pelota. La señorita rubia dice que no robó nada: ni un miserable chicle de menta. Así lo asegura. No hay miel que le conviden en almuerzos y desayunos que le haga decir la verdad.

 

 

En el terreno del arte, la escultura, la pintura y la fotografía nos regalan imágenes de ninfas. El movimiento las rodea, las anima, las habita. Sutiles, con pies descalzos, flores en la cabeza, pelo suelto rizado, sus túnicas hablan y sonríen en una complicidad inefable: las palabras no logran describir ese halo que sugiere inocencia. Y algo más. Ellas nos miran, nos inquietan, desde los cuadros del siglo XV de nuestra cultura occidental, signada antes y ahora por el sentimiento de culpa y el pecado del que Freud hizo lo imposible para liberarnos, el mismo que nos haceafirmar que nadie es inocente. Les dejo esta incerteza, con el mayor de los respetos, siempre.

 

 

Telfusa engatuzó al dios Apolo, patrón y medida de todas las cosas.