Los noventa arrancaron mal, con Whitney aullando en sobreagudos y un par de carilindos almibarados. Mientras el grunge empezaba a tomar color y la desesperación se apoderaba del planeta… ¡paf! apareció Neil Young con Harvest Moon y el Apocalipsis pasó de largo.

 

En 1993, musicalmente hablando, no había demasiadas opciones. Digamos que la canción más escuchada en las radios era “I’ll Always Love You”, con ese insoportable sobreagudo de Whitney Houston, y estaban también muy de moda Sting y Guns & Roses.

 

 

Los modernos de la época eran grunge: Nirvana, Pearl Jam y todo eso. En el soul y el R&B no pasaba gran cosa, algún álbum medio perdido por ahí de Michael Jackson, y Stevie Wonder despertándose de la siesta que durmió en los 80. Las bandas nuevas eran Spin Doctors y Soul Asylum, mientras INXS era uno de los shows más vistos en el planeta. De modo que Harvest Moon, de Neil Young, era el disco en el que todos depositamos la fe de ver la luz. Ya el bueno de Neil lo había hecho veinte años antes con Harvest; este se llamaba Harvest Moon y muchos de los que participaban del disco eran los mismos, así que pusimos las fichas allí y no erramos el tiro.

 

 

La historia de Neil Young es conocida. Canadiense del 45, comienzos algo erráticos con Rick James, el superfreak, y Buffalo Springfield, con Stephen Stills. Después, Crosby, Stills, Nash & Young, y de ahí a comienzos de los 70 en solitario es donde empieza la menesunda.

 

 

Quiero significar con esto que a Neil Young le sobraba historia como para estar pendientes del nuevo disco. Sobre todo porque venía también de unos álbumes bravos, discutibles, digamos. Landing on Water era una bobada medio country que no dejó ni el recuerdo. Más o menos en el 89 salió This Note’s for You, que a los fans y puristas del género los enervó hasta el paroxismo, pero en lo estrictamente personal, el experimento me encantó y llegó a reconciliarme con mis expectativas respecto del bueno de Neil. Al frente de una banda al más puro estilo Blues Brothers, era más de lo que podían soportar los cerebros oblicuos que esperaban al Neil que sufría y se desgastaba defendiendo causas perdidas.

 

 

Y me parece que el propio Neil siempre tiene más ganas de divertirse que de encabronarse con algo. Una infancia con polio, diabetes y algunos episodios epilépticos ya le habían minado el ánimo lo suficiente como para andar regodeándose del malestar reinante.

 

 

A la aparición entonces de This Note’s for You debería agregarse elúltimo intento de resucitar al célebrecuarteto CSN&Y, con la apariciónde American Dream, pero fue otrofracaso.

 

 

Debería decirse que a Neil Young no le estaba yendo muy bien que digamos, pero lo más curioso es que su aura de artista genial no sólo estaba intacta, sino que su presencia en cuanto escenario se abriese era cada vez más requerida. Mucho tiene que ver con este deslumbramiento general el hecho de que para todas las bandas grunge, lo más moderno del momento, Neil Young era una especie de semidiós intocable. A tal altura se elevaría su presencia invocante que la última línea de la nota de suicidio de Kurt Cobain es un párrafo de “My My Hey Hey”, de Young, la que dice que más vale irse de un golpe que en fade. Algo del argot de la música: irse de golpe es cuando el autor termina la canción con un acorde, un grito o lo que sea, mientras que el fade out es el final determinado en el estudio y que consiste en el artilugio de ir bajando los potes de sonido hasta que desaparece la melodía. Una mierda comercial el fade, un invento del marketineo del arte, algo que atenta no sólo contra el buen gusto sino contra la obra en sí, pero que ya es parte de todo esto.

 

 

Aunque también hay muchos, es justo reconocerlo, que no saben terminar las canciones. Y también hay muchas cosas en la vida que es mejor llevárselas en fade que intentar darle un final acorde. En fin.

 

 

Estamos en 1993, Neil necesitaba hacer un disco a la estatura de las expectativas altísimas de la muchachada grunge que esperaba el mensaje del mesías. En Buenos Aires un dólar valía ¡un peso!, pero el problema era que solamente acá el dólar valía un peso, en el resto del mundo nos sonreían de costado. Y llegaban a nuestra vida Cartoon Network y MTV Latinoamérica.

 

 

En los EE.UU. gobernaba Bill Clinton, el papa era Juan Pablo II, Bolivia le ganó en las eliminatorias por primera vez en su historia a Brasil y las canciones de amor las hacían Bryan Adams y Whitney Houston. Cualquiera hubiera pensado que poco tiempo le quedaba a la humanidad, que ya todo se había ido a la mierda, sólo nos salvaría un buen disco de Neil Young. Y lo hizo, el cabronazo. Ese año aparece Harvest Moon, un disco hecho con amor. Un disco de amor.

 

 

 

Recuerdo cuando lo escuché por primera vez y me remitió al mejor Neil Young que había escuchado, el de After the Gold Rush, el de Harvest, el tipo enamorado, un hombre de verdad pasándola bomba, sin estridencias, sin dinamita en los solos ni golpes bajos en las líricas, sin gritos semihistéricos ni calentura a flor de labios, solamente un puñado de canciones que al momento de escucharlas nos parecen que estuvieron siempre.

 

 

Ya desde la tapa, la silueta de Neil en blanco y negro caminando por el campo, mezcla exacta entre un pollo y Iron Man, llama a vestirse un poco de hippie y poner cara de grunge para encarar la vida a partir de ahora.

 

 

Ahora que Harvest Moon es parte de nuestra vida. Es que aquí Neil Young llamó a sus viejos The Stray Gators, la banda con la que había grabado Harvest 20 años atrás, amigos. Tanto que por ejemplo Ben Keith, el dobrista y guitarrista, después de este disco se fue a vivir al rancho de Neil hasta su muerte, en 2010. Entre ellos estaban Tim Drummond, que también era un asiduo bajista en discos de Bob Dylan y J. J. Cale, que suma en la canción “Harvest Moon” el rasguido de una escoba como todo su aporte; Kenny Buttrey en batería, también un habitual de Dylan (fue quien grabó “Rainy Day Women”), y Spooner Oldham en teclados, nada menos que el que tocó “When a Man Loves a Woman”, de Percy Sledge, y “Mustang Sally” de Wilson Pickett. Sumados a los aportes de la ex esposa de Young, la hermosa Nicolette Larson, y James Taylor en coros y arreglos vocales, lograron que seguramente las sesiones de grabación hayan sido como una banda de amigos relajados tocando canciones que conocen muy bien. Y eso se transfiere a quien escucha.

 

 

 Harvest Moon es una oda al amor doméstico.

 

 

Los temas son de una simpleza y un buen gusto sólo comparables a los mejores momentos de cualquier buen disco de Neil Young. Un gran puñado de canciones de amor más una prolongada llamada de alerta acerca del Amazonas en el final, con “Natural Beauty”. Pero sobre todo el amor y las cosas a las que nos animamos por amor y también a las cosas que perdimos por amor. “From Hank to Hendrix” habla de las calles que caminamos juntos, de Marilyn a Madonna, así me gustaba tu sonrisa. “You and Me”, a dúo con Nicolette, y “Such a Woman”, himnos de romances, y la genial “Harvest Moon”, oda al amor doméstico porque “todavía estoy enamorado de vos, quiero verte bailar, todavía enamorado de vos, en esta luna de la cosecha”. Es el testimonio del hombre enamorado de su mujer, y también hay lugar para “One of These Days” y “Our King”, una más linda que la otra.

 

 

 

Y en una época en la que las canciones de amor las cantaban Bryan Adams y Whitney, que llegara Harvest Moon fue para todos una lluvia de verano, un san bernardo de barrilito al cuello en la nieve, la constancia de que Dios existe y su divina providencia jamás nos dejara de garpe. Me voy a ver una del gran Roman Polanski, adiós.