La inocencia con la que nacemos se asemeja a un cuaderno a estrenar. A medida que vamos escribiendo sus páginas nos volvemos cada vez más desconfiados. La sociedad nos va convirtiendo en lo que quiere que seamos, pero no es obligatorio obedecer.

La inocencia no es algo que se pueda alcanzar. No es algo que se pueda aprender. No es tampoco un talento que se adquiere con la práctica. Es algo que está en nuestra naturaleza al momento de nacer. Es el estado en el que no somos conscientes de nada de lo que existe más allá de nosotros mismos.

La inocencia es el estado que más se asocia a la pureza y es la situación existencial que añoran los seres de buena voluntad a medida que toman conciencia del mundo que hemos creado.

La inocencia de nacimiento es como un cuaderno en blanco, igual al de un alumno en su primer día de clases, y se va perdiendo a medida que las páginas se llenan con los distintos aprendizajes de la vida. El tiempo borra con su paso la inocencia, irremediablemente reemplazada por la experiencia. La inocencia es no tener pasado, es un estado puro desde el que se parte hacia un futuro que nos corrompe al llenar nuestros archivos con memorias, experiencias, aprendizajes y, fundamentalmente, con la pérdida de la confianza. Un aspecto que se ha degradado al punto en que es confundida con la especulación y que conforma la base primordial que hace a la subsistencia dentro del sistema y que representa el principal enemigo de la inocencia.

Las reglas de juego que impone el sistema corrompen la inocencia, que se diluye como una sombra ante el avance de la oscuridad. Lo que el mundo te exige es que te adaptes a él, y para ello debés convertirte en aquello que el mundo necesita que seas. Al final poco queda de lo que eras al principio. Cuando cumplís con las reglas de juego, entendés y desarrollás las habilidades necesarias para ganar, cuando sabés “jugar”, aparecen el éxito, el poder, el dinero, los bienes, tu fama y tus logros profesionales, en definitiva, todo lo que atenta contra tu inocencia. Convertirte en un “buen jugador” te vuelve astuto, especulativo, inteligente, vivaz y otras cuantas cosas que te alejan de aquel alumno temeroso que eras el primer día de clases, cuando abrías tu cuaderno en blanco para comenzar a escribir la primera página.

Caperucita y el lobo

 

 

¿Alguna vez añoraste tu inocencia perdida? Comienza a perderse en el preciso momento en que tu abuelita te lee el cuento de Caperucita roja, aunque no alcances a imaginar que algún día te convertirás en Caperucita y que el mundo será el lobo hambriento por devorar tu inocencia. El mundo es un lobo dominado por intereses que te ofrece trabajar a su servicio a cambio de recompensas para aumentar tus posesiones y ayudarte a conquistar tu propia porción del planeta, la cual alambrarás y defenderás de todo otro lobo creado por el sistema y que amenaza con ferocidad la seguridad de tu reino y de tu abuelita. Tus posesiones se convierten así en tu identidad, y cada medida de seguridad que utilices para defenderla, ya sea tu seguro, tu alarma, tu cerradura y hasta tu perro guardián, se habrá convertido en tu “aviso parental” de contenido explícito que delata tu inocencia perdida. La desconfianza se convierte en miedo, y cuando sientas miedo habrás llegado al punto en el que creerás que ya nadie es inocente.

La mayoría de las personas termina haciendo cosas que nadie puede sostener que sean correctas, y en ese momento comprendés que para el sistema todos somos culpables y estamos presos en una jaula sin rejas de la que nadie escapa por temor a la libertad.

En nuestra sociedad murieron la honestidad, el decir la verdad y la honradez. Todos sospechan, ya nadie cree en nadie. Bajo sus normas de juego la inocencia se convierte en condena para el honesto, el honrado y el que habla con verdad. Vivimos en un sistema donde no se confía: para que crean en tu palabra deberás mostrar tu solvencia y firmar una nota de crédito. No podés ser sincero ni con vos mismo, siempre estarás actuando y tomando decisiones en función de tu necesidad y no de tu propio deseo.

¿Es posible recuperar la inocencia perdida?

 

 

Si fuéramos capaces de observar la esencia de las cosas sin juzgar ni interpretar estaríamos mirando la naturaleza misma de lo que nos rodea y no lo que las cosas son en función de lo que reflejan hacia nosotros como formas y mensajes. Se trata de eliminar los condicionamientos que nos quitaron poco a poco la inocencia y nos ubican en un lugar de observación en el que el observador se posiciona como juez y sentencia según su propia interpretación de lo que observa.

Bajo esta dinámica estamos condenando nuestro futuro. Deberíamos sentir que cada cosa que existe, sea lo que sea, no es un estado de conciencia sino de presencia.

El inocente es aquel que acepta la presencia de todo lo que existe como un medio de aprendizaje, sin importar lo que refleja en su estado de conciencia. El sistema que moviliza a la humanidad también es un sistema de conciencia, creado y recreado a cada instante por la conciencia colectiva. Por lo tanto, no debemos juzgar al sistema sino ser artífices participativos de su transformación. Al cambiar el foco cambiamos la sombra por luz. Si nos focalizamos en el juicio y la victimización estaremos renovando un contrato que reafirma la realidad tal como es.

Para un niño en estado de inocencia nada es bueno o malo, es un medio de reconocimiento y aprendizaje. Cuando perdemos la inocencia es porque hemos perdido esa capacidad. La inocencia se pierde cuando creemos que ya “conocemos” y emitimos juicio interpretativo sobre todo aquello que creemos conocer. Hemos perdido hasta la propia capacidad de vernos a nosotros mismos sin condicionamientos.

Hasta somos capaces de crear una imagen de nosotros mismos que no es lo que en realidad somos. No podemos mirarnos como una presencia que nunca perdió su capacidad inocente de percibir y aprender sin juzgar. Nos miramos al espejo y creemos en aquello que observamos, en nuestras arrugas, nuestra falta de sol, nuestra gordura, las ojeras que produce el estrés, etcétera, pero nunca somos capaces de ir más allá, y es allí donde radica la verdadera capacidad de ver la esencia de las cosas: la propia naturaleza del ser.

En la naturaleza hay algo que nos espera desde siempre, y es nuestro verdadero ser, aquel que no se identifica con la posesión, el poder ni el éxito. En el fondo (esencia de las cosas) hay algo que busca nuestro encuentro. Y la inocencia es el estado sin culpa que nos invita a ese encuentro. El verdadero secreto del aprendizaje se basa en poder interpretar lo que está escrito en el cuaderno de la vida.

La física cuántica nos enseña a través del Principio Antrópico de Wheeler que la observación sería el fundamento último de la realidad. La “presencia” es en sí misma el presente de observación, ya que no se puede observar lo pasado y tampoco lo futuro porque aún no es sujeto de observación. La pérdida de la inocencia va en contra de este principio debido a que nuestro pasado condiciona nuestra capacidad renovadora y libre de juicio de la observación presente. Es la capacidad inocente de observar sin prejuicios la que nos permite confiar en un futuro totalmente nuevo por descubrir y que al no ser condicionado por nosotros es determinado por la sabiduría de la naturaleza, la esencia misma del Creador.

En nuestra sociedad murieron la honestidad, el decir la verdad y la honradez. Todos sospechan, nadie cree en nadie. Bajo sus normas de juego la inocencia se convierte en condena para el honesto, el honrado y el que habla con verdad.