Fue jugador de squash profesional en Alemania y vendedor de artesanías en Grecia, pero hace unos años volvió al país y se consagró como actor. Hoy triunfa en Guapas, la serie más vista de la televisión actual, aunque no se obsesiona con el éxito. ¿Qué le deparará el futuro a este eterno nómada de la vida?

 

Rafael Ferro es un hombre reservado y se reconoce fóbico a la exposición. En algún momento conoció el descontrol, los excesos y las dificultades de la fidelidad, pero hoy está en otra etapa de su vida. Disfruta de su papel como padre de Lorenzo (15), Matilda (11) y Antonio (6) –fruto de parejas anteriores– y cuando habla de su mujer actual los ojos le brillan: “Alta bailarina”, describe al incluir a Leticia en la charla. Los años de rockearla quedaron atrás; hoy está afianzado en la vida familiar y en la profesión, que lo encuentra protagonizando Guapas y El secreto de los Rossi en televisión, y pisando las tablas del Espacio Callejón con la obra Fauna.

 

 

Guapas es un éxito absoluto. ¿Cómo afecta esto a la hora de trabajar?

 

 

–No cambia la disposición hacia el trabajo. El termómetro que tenés siempre es la calle: claramente si hacés un éxito en América o un éxito en el 13 notás la diferencia en la cantidad de fotos, autógrafos, cómo te miran, las puteadas que te tiran.

 

 

–Esa es la parte con la que no se lleva tan bien.

 

 

–Pésimo, no me gusta. Me causa gracia que hice papeles de malo en los que maté gente, pero me putean más por ser infiel en Guapas, es peor el infiel que el asesino. Me gritan: “Son todos como vos”. El tema es que la gente a veces no se da cuenta, el otro día iba con mi hija y una mina me dijo: “Vos sos un turro”. A veces el límite es un poco pesado.

 

 

–¿Es cierto que le aburre interpretar al típico galán de telenovela?

 

 

–Sí. Si me toca hacer de galán, me gusta ser medio loser. No podría ser un galán límpido y bueno, no me sale.

 

 

–¿Extraña a los personajes cuando termina la ficción?

 

 

–Depende el laburo, por ahí extrañás cuánto te divertiste con alguno. No sé dónde quedan todos esos personajes que hacés, es bastante extraño, sos uno, sos otro… En algún lugar de la psiquis está, y eso debe alterar.

 

 

–A lo largo de los años se animó a dejar cosas en las que le iba muy bien porque empezaba a aburrirse, ¿con la actuación podría pasarle lo mismo?

 

 

–Si ahora no tuviera que pagar tres colegios y toda la estructura que tengo, quizás dejaría de ser actor. Me pondría un vivero, no sé. El tema es reinventarse cada tanto y poder cambiar de rubro. Me genera un poco de fiaca eso de decir: “Soy actor y voy a ser actor toda mi vida”.

 

 

–Pero esta profesión le permite distintas posibilidades de interpretación.

 

 

–Sí, pero incluso dentro de la actuación, cuando son largas temporadas, se me empieza a complicar. Me daría fiaca pensarme haciendo abuelitos en tiras. Soy muy vago, me gusta mucho tener tiempo libre sin hacer nada, leer. Bueno, en la medida en que se pueda, con tres hijos. Me preocupa el tema del futuro si me pongo a pensar en eso, pero ahora tengo una filosofía del presente.

 

 

–¿Le preocupa la inestabilidad en el trabajo actoral?

 

 

–Sí, totalmente, me pesa muchísimo. Pero también tengo una filosofía relajada: si hay que achicar y laburar en un remís, se achica, colegio del Estado, lo que venga, hay que adaptarse.

 

 

–¿Dónde se imagina en diez años?

 

 

–Voy a tener que seguir haciendo tiras, porque todavía…

 

 

–¿Y en veinte? Sin cuotas de colegio, asumimos.

 

 

–Me imagino mucho alrededor de mis hijos, cuidándolos. Vienen ellos, ellos, ellos, lejos después yo, y recién ahí los demás.

 

 

–Es interesante ese cambio en la paternidad, hace algunas décadas no era tan así.

 

 

–Sí, mi viejo se murió el año pasado y mi vieja está internada con problemas de salud. Quizás la proximidad con la muerte te hace ver qué es el amor. También, a través de ellos uno aprende mucho: a ser humilde, a ponerse en segundo plano. Sale naturalmente, darles amor me hace bien.

 

 

–Volviendo a sus inicios y los cambios, ¿cómo se dio su pasaje del squash a la actuación?

 

 

–Fue muy raro, jugaba profesionalmente, pero lo de actuar apareció porque me empecé a dar cuenta de que me gustaba mucho más el tema show. Armaba quilombo con el referí, forzaba cosas de pelea, me gustaba más el show que el deporte en sí. En un momento hice clic y entendí qué era lo que me gustaba. Y ahí me pintó estudiar teatro.

 

 

–Previo a eso, viajó muchísimo.

 

 

–Sí, por el trabajo de mi viejo viví en Perú, Colombia, Venezuela, y después seguí. Viajé mucho con el deporte y llegué a Alemania. Aunque mi primer laburo actoral fue acá, empecé haciendo publicidad y cosas chiquitas, y sin buscarlo me llamaron para hacer tele.

 

 

“Hice papeles de malo en los que maté gente, pero me putean más por ser infiel en Guapas; es peor el infiel que el asesino”.

 

 

 

–Habiendo viajado tanto, ¿por qué eligió quedarse en Buenos Aires?

 

 

–Un poco ya iba teniendo hijos y otro poco porque a mí me parece extraordinaria esta ciudad, con todo su caos. Más viajo y más extraordinaria me parece a nivel cultural, y que si querés joda, la tenés. Es única la ciudad, su gente, a mí me encanta. Me parece un lugar muy potente.

 

 

–Si le ofrecieran mucha plata para ir a Bailando por un sueño, ¿qué diría?

 

 

–Que no, porque eso no tiene precio.

 

 

–¿La propuesta económica, por más buena que sea, no sirve?

 

 

–Tendría que ser desmedida, no sé. Si no tengo casa y me dicen: “Te pongo una casa”. Lo hablo con mis hijos y les digo: “Vamos a pasar vergüenza un par de meses, pero vamos a tener casa”. Igual, ellos no tienen esos prejuicios que tengo yo, me dicen: “Papá, sos un boludo”. Todo el tiempo me pasa que me ofrecen cosas de plata o notas, y a mí no me da.

 

 

–El mundo del evento, por ejemplo.

 

 

–El mundo del evento no me gusta, no puedo. No lo critico, aplaudo a quienes lo hacen, pero yo no me llevo bien. No me gusta lo que hace conmigo. Yo fui una persona muy viciosa en todo sentido. Sé que lo que hace en mí el exceso de notoriedad y eventos no está bueno. Empieza a salir un muñeco que no me agrada.

 

 

–Tiene claro que con algunas cuestiones puede derrapar.

 

 

–Totalmente. He visto a muchos amigos derrapar si no se maneja bien el tema del ego y todo lo que tiene que ver con la exposición. Yo vi aparecer en mí, como si fuera otro, a un muñeco. Y dije: “Upa, este nabo no puede ser”.

 

 

–Al reconocerse vicioso, ¿en qué otras circunstancias le ha pasado sentir que podía derrapar?

 

 

–En la que se te ocurra, por ahí pasé. Rockeé bastante cuando era mucho más chico, tenía veintipico, le di duro a la noche, a la vida.

 

 

–Una frase que lo persigue, y con la que han titulado notas, es que no puede ser fiel.

 

 

–Todas cosas que quedaron atrás, pavadas.

 

 

–Hoy su personaje de Laprida viene a estigmatizarlo.

 

 

–Totalmente, no sabés lo que sufrí en la calle porque el personaje fue infiel. En la calle me gritan y tengo que explicar: “Juro que no, es ficción”. Ahora soy un señor, fiel y trabajador con la pareja.

 

 

–¿Es fácil para la convivencia?

 

 

–No. Tengo tres hijos con dos mujeres de las que me separé, era un desastre, pero se está trabajando. Estoy intentando respetar a una mujer y amarla como ella merece.

 

 

–¿Ahora está en pareja?

 

 

–Sí, estoy muy enamorado, Leticia es lo más. Estamos juntos hace cinco años. Es actriz y muy reconocida como bailarina contemporánea, probablemente una de las mejores que hay.

 

 


Siendo un papá tan presente y habiendo experimentado excesos, ¿le preocupa el ingreso de sus hijos en la adolescencia?

 

 

–Sí, el que entró en la adolescencia empieza a probar cosas, se juntan a joder con la botellita, he escuchado casos de amigos que te preocupan. Inocentemente empiezan a darle al chupi y los tienen que ir a buscar al boliche… Pero es la vida, reprimir es lo peor. Yo acompaño, el de 15 ahora no me quiere ni ver, me parece que es el proceso de la vida, de matar al padre para independizarse. Yo estoy ahí. Él sabe que estoy, si necesita plata o lo que sea, pero no voy a invadir. Lo único quele puedo decir es que los excesos son difíciles. No me puedo poner como ejemplo, sólo le puedo mostrar que probé mucho exceso y que estoy vivo de pedo.

 

 

“-Si le ofrecieran mucha plata para ir a Bailando por un sueño, ¿qué diría? -Que no, que no, porque eso no tiene precio”.

 

 

Agradecimientos: Christian Lacroix, Bolivia, A.Y. Not Dead.