El solitario Harry, los reventados de Edimburgo y los narcos mexicanos instalados en el país son distintas versiones de lo mismo: gente que empuja los límites sin medir las consecuencias. Cuando estas llegan, el desastre es inevitable.

 

Después de cuatro años, diez meses y once días en prisión, Larry Camonille se dio a la fuga. Su foto está en todos los diarios, y aunque ya varios de sus compañeros de huida fueron nuevamente apresados, a él las cosas le están yendo bien.

 

 

Incluso cuando la mujer que guardaba el botín por el que cumplía condena haya desaparecido con rumbo incierto, aun cuando en el bolsillo no tenga otro metal que el de un revólver cargado, para él, temerario, el optimismo es algo difícil de acallar. ¿Cómo seguir? Esconderse, comenzar a andar, darle los últimos dólares a una prostituta para celebrar. Y después, lo de siempre: robar en un tugurio ilegal, encontrar un trabajo simple para pasar inadvertido, juntar algo de plata, aguantar la soledad. Un buen plan.

 

 

Siempre y cuando en su camino no aparezcan Vera y Jan, una viuda con debilidad por la bebida y una belleza fatal de catorce años, que, cada una por su lado, intentarán seducirlo esperando que cometa un crimen a cambio. Porque un hombre buscado y prófugo no necesita una mujer. Pero mucho menos necesita dos.

 

 

Uno es un número solitario en una novela apasionante, heredera de la mejor tradición del thriller norteamericano, que fue publicada en 1948, pasó inadvertida durante décadas y, afortunadamente, fue rescatada del olvido. Su autor, Bruce Elliott, además era mago y uno sus libros de prestidigitación fue prologado por Orson Welles, quien escribió que “el trabajo de un mago radica en abolir la solución: incluso la posibilidad misma de cualquier solución en el espíritu del espectador”. Precisamente lo que Elliott supo hacer como escritor.

 

 

SEXO, DROGAS Y MÚSICA ELECTRÓNICA

 

 

Corría el año 1993 y el escocés Irvine Welsh publicaba su primera novela, Trainspotting, en la que retrataba el día a día de un grupo de amigos enganchados a la heroína con dosis parejas de crudeza e ironía. Heredero de los escritores de la generación beat, el debut literario de Welsh capturó no sólo la sordidez de los antros de Edimburgo de principios de los 90, sino que puso en escena la desocupación, la miseria y la falta de horizontes de una generación de jóvenes hijos de una clase obrera en decadencia, cuya realidad no se ajustaba en nada a la versión edulcorada y turística de las capitales europeas. Welsh escribe con un estilo áspero, malhablado y callejero, donde el slang se mezcla con la picaresca, en escenarios en los que las drogas duras conviven con las fiestas electrónicas y las borracheras. Una épica de la  violencia que además tuvo, a cargo de Danny Boyle, una de las mejores adaptaciones cinematográficas con las que puede soñar una novela. Hace poco se publicó en España su precuela, Skagboys, en la que, veinte años después, Welsh retoma a sus personajes icónicos, pero en la década del 80. Mientras esperamos que llegue a la Argentina, vale la pena revisar este clásico-contemporáneo, al que sólo le faltaría una buena traducción local, para no tener que leer “hostia” o “jolines” cada vez que alguien dice “fuck”.

 

 

MUNDO NARCO

 

 

En el último año, el narcotráfico se instaló en la agenda pública local, y en los canales de noticias (y no tanto) las voces se multiplicaron. Para variar, las conclusiones maniqueas no tardaron en llegar: los más airados hablaron de colombianización y –más actualizados en materia de referencias geopolíticas– de mexicanización.

 

 

A partir de entrevistas a jueces, policías, abogados, funcionarios y familiares de supuestos narcos, la periodista Cecilia González, corresponsal mexicana en la Argentina desde hace más de diez años, reconstruyó diversos casos en los que carteles mexicanos estuvieron implicados en el país.

 

 

El resultado fue Narcosur: las sombras del narcotráfico mexicano en la Argentina. Con un análisis exhaustivo de noticias, juicios y expedientes, en el libro hay casos de gran repercusión mediática, como los supuestos nexos del crimen de María Marta García Belsunce con el Cartel de Juárez o la llamada ruta de la efedrina, pero también historias menos conocidas que dan cuenta de que el fenómeno no es nuevo y que, como cualquier otra gran empresa multinacional, los carteles mexicanos se internacionalizaron y diversificaron. Con rigurosidad periodística, su investigación también pone en evidencia las exageraciones y manipulaciones que acompañaron la instalación mediática del tema, porque si bien hay casos comprobados de narcos mexicanos operando en el país (que inevitablemente cuentan con conexiones locales, en general minimizadas por los medios), la realidad social vinculada al negocio de las drogas no puede ser más disímil. Sólo por poner un ejemplo, México encabeza actualmente la lista de países con más periodistas asesinados, entre tantos miles de muertos y desaparecidos por causa del narcotráfico.