Wikipedia dice que su nombre es Leandro Barbieri, que es saxofonista y que es una de las figuras fundacionales del jazz latino. Sus discos les volaron la cabeza a dos continentes plagados de talentos musicales y pasaron a ser clásicos para varias generaciones.

 

Una tarde, almorzando en el restó que tenía el gran Jorge Schussheim en Palermo, conocí al Sr. Musotto. Ya conocía al hijo, Ramiro, un percusionista que se radicó en Brasil y tocó con los más grandes. Que un percusionista argentino se destaque en Brasil es rarísimo, como que un defensor brasileño sea estrella en el fútbol argentino. Su disco Sudaka es de lo más recomendable si quisiéramos encontrar el lugar exacto donde Brasil y la Argentina se funden es un punto. Ramiro se murió hace un par de años y es de esas pérdidas que no se repararán jamás.

 

 

Esa tarde, Schussheim nos presentó y, muy elegantemente, el Sr. Musotto me recomendó un salmón con huevo y verdes que, de allí en más, se convertiría en uno de los pilares de mi alimentación. Y me contó que era amigo del Gato Barbieri.

 

 

Ese otoño del 98 yo estaba sacando un siete atrás de otro, y me pregunté si ese encuentro con el Sr. Musotto sería otro siete de la suerte: la mención del Gato ya fue tomada como una sonrisa del destino.

 

 

Todavía trabajaba en la Rock & Pop de Grinbank y ya habían venido los Stones, U2, Bowie y demás. Cada tanto Daniel fantaseaba con traer al Gato, pero parecía retirado desde hacía años.

 

 

Exactamente desde la muerte de Michelle, su mujer. Traer al Gato era traer al más cool cat de la historia argentina, era traer al tipo que había llevado el tango a los charts de todo el mundo sin bandoneón en la melodía. Era Piazzolla mezclado con Coltrane, era Buenos Aires-París-Nueva York, todo licuado.

 

 

El Gato representaba exactamente el lugar al que queríamos llevar el rock, a ese podio al que se llega con talento, onda y corazón. Corazón y huevo, con elegancia y estilo.

 

 

Pero nunca nos contestaron siquiera el llamado. Ni en la productora, ni en Blue Note, ni en ningún lado. Esa tarde en el restó de Schussheim, el Sr. Musotto me dijo que era amigo del Gato, que habían viajado juntos a los Estados Unidos, que siempre le preguntaba por el hijo, y que la semana anterior el Gato lo había llamado para preguntarle qué posibilidades había de tocar en Buenos Aires, que estaba con ganas de encontrarse con los viejos cool cats que habían quedado acá y que tenía ganas de ver un partido de Newell’s. Seguimos almorzando, pero yo ya estaba inoculado. Muchas veces había soñado con ver al Gato en vivo y no sabía si ese almuerzo realmente estaba sucediendo o era parte de mi mundo mental paralelo.

 

 

 

Nos despedimos y le prometí que averiguaría qué chances existían de traerlo. Me despedí del Sr. Musotto padre y de Jorge Schussheim y en cuanto nos separamos volé con el auto hasta la oficina de Daniel y le conté mi encuentro.

 

 

 

Como siempre, Grinbank dudó de todo, pero sospechando que algo habría de cierto me mandó a decírselo a Fernando Moya, en esos años su socio. Referido el relato a Moya, me dijo que haría las averiguaciones del caso y me avisaría.

 

 

Volvimos a almorzar muchas veces en el restó de Schussheim con el Sr. Musotto sin novedad en el frente, hasta que un día me llamó Fernando para que llevara al Sr. Musotto a su oficina.

 

 

Jamás supe de qué hablaron, pero a los dos meses el Gato tocó en el Gran Rex dando unos shows inolvidables. Por primera y supongo que única vez en mi existencia, me presentaron a un tipo y sólo atiné a abrazarlo con respeto y genuino cariño y, sin decirle nada acerca de mis lágrimas, apenas pronuncié: “Thanks”.

 

 

Era decirle gracias por Caliente, su disco del 76, el primer disco que me dio verdaderas satisfacciones con las chicas, el disco que me mostró el verdadero camino de la música latina, el disco que confirmó a Leon Ware y a Carlos Santana como mantras para mí. El disco que me inició en el jazz, nada menos.

 

 

Ya había hecho lo suyo en los sesenta con el inmenso Lalo Schifrin, que fue quien lo llevó a los EE.UU., y con Don Cherry, un pedazo grande de la historia de la avant-garde del jazz americano, con los que el Gato se destacó y por fin logró el prestigio del mundo del jazz: músicos, productores y fans se pusieron de acuerdo en colocar a Barbieri en el estante de los cool cats a tener en cuenta.

 

 

En los setenta llegaría la consagración mainstreem cuando hizo la música de El último tango en París, la película de Bernardo Bertolucci con una inolvidable actuación de Marlon y ese tsunami de onda y belleza que era Maria Schneider, que terminó bastante mal, pobrecita.

 

 

Allí el Gato, llevado a Europa por su esposa Michelle, se encargó de la partitura del filme. Y arrasaron en todo el mundo subidos al caballo del escándalo y del más elevado escalón del séptimo arte. Película y disco hoy son clásicos, y eso no es poco decir.

 

 

Pero fue promediando la década, en 1976 más exactamente, y el Gato firmó contrato con A&M Records, en ese entonces uno de los sellos discográficos más exitosos, y salió Caliente, quizás el más famoso de sus discos además de El último tango en París.

 

 

A&M estaba dirigida por el músico y arreglador Herb Alpert, que un tiempo antes, al frente de su Tijuana Brass, había abierto el oído del estadounidense medio para penetrarle los ritmos latinos, sin sutilezas y ni siquiera buen gusto, pero era lo que esas orejitas podían entender.

 

 

Digamos que Herb Alpert era a la salsa de la Fania y a Mongo Santamaría lo que Bossa and Stones a los Rolling Stones. Pero bueno, era el director de A&M, no el ideólogo. Así es que enseguida Herb se dio cuenta de lo que el Gato era capaz de brindar, comercialmente hablando, y decidieron sacar el disco.

 

 

 

Claro que era el Gato Barbieri a quien tenía enfrente Herb Alpert, así que el buen gusto primó sobre los negocios, y salió una obra que aún emociona y pervierte.

 

 

Algunas piezas originales divinas, como “Fiesta” y “Don’t Cry Rochelle”, con el sello Barbieri en cada acorde y en cada grito (porque el Gato a veces grita en medio de un tema y lo hace como si gritara “¡gol de Ñuls!”, según dice él mismo), sumados a un par de covers magníficos, como su versión de “Europa”, de Carlos Santana y la definitiva “I Want You”, de Leon Ware, que hiciera famosa Marvin Gaye, le dan a este disco un sabor pop del más eximio nivel. Aquí yace el verdadero jazz & pop tan mentado por esos tiempos.

 

 

Y la banda, mi dios, ¡qué pibitos! Lenny White en la batería, que venía de hacer Bitches Brew con Miles Davis y de acá saltaría al Return to Forever de Chick Corea; el salsero de Fania; Gary King al bajo; el finísimo guitarrista de sesión Eric Gale; Don Grolnick en los teclados, quien tocaba con los hermanos Brecker y con James Taylor entre otros, y el legendario percusionista Ralph McDonald. Un dechado de dulzura y sensualidad, este disco, que nos muestra la mejor versión de este Gato Barbieri que aclara siempre sentirse ciudadano del mundo y fan de Newell’s, un genio musical del siglo XX.

 

 

Hay unas cuantas veredas argentinas en NYC y parejas de franceses bailando tangos de París por toda Europa. De no haber sido por el tango parisino del Gato, el Gotan Project y mismo al Bajofondo Tango Club, mucho más les hubiese costado encontrar público lejos de Buenos Aires.

 

 

 

Junto a Piazzolla, no tan vastamente, embajador del tango moderno asimilado en los catálogos de jazz más importantes del mundo, de un dandismo encantador, he ahí el aporte del Gato Barbieri a los anaqueles de argentinos que nos hacen quedar bien siempre. ¡Salud a todos! Adiós.