Hay competencias pavotas, como la carrera de bicicletas que perdió un español por festejar antes de tiempo, algunas marketineras, como el Festival de Cannes y otras espantosas, como la que enfrentó a Caín con Abel. Pero aparecieron nuevas y es mejor conocerlas.

 

Yo lo que quiero que me salga bien es la vida”, dice Miguelito en una de las tiras de Mafalda pergeñadas por Quino, flamante premio Príncipe de Asturias. Pavada de aspiración. En esa frase creo que se resume –por todo lo que no se dice y se infiere– el peso intangible de la competencia nuestra de cada día. ¿Y si hacemos un pase de magia y borramos la rivalidad de un plumazo? Seguro que la vida nos saldría bien, claro que para eso tendríamos que ser uno solo en el Universo.

 

 

Para que se establezca una competencia –disputa o contienda entre dos o más personas sobre algo– se necesita al menos un par de sujetos. Si la contienda se establece “sanamente” en el plano profesional, científico o deportivo, tanto la batalla en sí misma como el triunfo final de una de las partes podrían considerarse “puras”, libres de sentimientos non sanctos como los celos, la envidia o el odio, inspiradores de disputas de incierto final. Los celos entre hermanos son fatales. San Agustín, en sus Confesiones, lo dice bien clarito: “He visto con mis ojos y observado a un pequeño dominado por los celos.

 

 

Todavía no hablaba y no podía mirar sin palidecer el espectáculo amargo de su hermano de leche”. Un caso de paradigmático upgrade es el de Caín y Abel, protagonistas en el Antiguo Testamento de la parábola sobre la rivalidad entre hermanos. Cuenta la leyenda que Jehová pidió a Caín y a Abel que cada uno le ofreciera un sacrificio. Caín, dedicado a la agricultura, entregó los frutos de la tierra, productode su cosecha. Abel, pastor, ofrendó las ovejas primogénitas de su rebaño. Este sacrificio resultó de gran impacto para el Dios de la Biblia: eligió la ofrenda de Abel. Caín, cegado por los celos, mató a su hermano menor. Desde una perspectiva puramente sociocultural no religiosa, el acto de Jehová señala una de las grandes líneas que marcan la cultura actual. Mal que nos pese se elige el tremendo espectáculo de la sangre ante la modestia de los frutos. (Si hacemos una lectura de marketing, en aquellos tiempos puede apreciarse que los veganos estaban muy para atrás.)

En vuelo rasante hasta llegar a nuestro siglo XXI, aquella línea sanguinolenta que expulsó a Caín de su tierra (luego del asesinato de su hermano, Jehová lo sacó de pista y lo convirtió en nómada hasta que terminó su periplo fundando un nuevo país) sigue ganando en materia de competencias.

 

 

No hace falta que nos detengamos en guerras frías y calientes. Ahí tenemos a las doscientas chicas raptadas en Nigeria, a los ucranianos que siguen muriendo (al punto de que el príncipe Carlos de Inglaterra –quizá un poco fumado– comparó a Putin con Hitler) y a los miles de masacrados en manos de los narcos en México, país donde la diosa del amor azteca descubrió el cacao devenido elixir, ¡el chocolate!

 

 

Para saber de contiendas, pujas, combates y ainda mais detengámonos a mirar un instante el mercado global. El gran show continúa en un mundo signado por los contrastes. El escándalo sigue en la cima de todas las batallas. En el festival de Cannes de este mayo último (los ricos verdaderos no se lo perdieron) el alquiler de un departamento con vista a la bahía durante la muestra alcanzó la friolera de 50 mil euros. Por cada día de amarra de un yate de 60 esloras o uno pequeñito de 35, los dueños del lujo pagaron alrededor de 650 euros y las it girls –actrices, princesitas burguesas y modelos– se pasearon de París a la Croisette yendo y viniendo en jets privados.

 

 

 

Un dato referencial: quienes debieron alquilar uno por avería circunstancial del propio tuvieron que oblar 6.490 euros. Nada, si se piensa que algunos pagaron dos mil euros la noche por dormir en el ya mítico hotel Carlton. Todos estos sacrificios existenciales culminaron con un final a toda orquesta. ¿Quien ganó la Palma de Oro? El director turco Nuri Bilge Ceylan, con su filme Winter Sleep, rodado en Capadocia, que dedicó el triunfo a la juventud turca y a los muertos en el eterno conflicto con Siria.

 

 

 

FELIPE, EL CONQUISTADOR

 

 

Claro que entre tanta contienda preocupante, siempre hay un despistado que da la nota. “Vísteme despacio que estoy apurado”, le decía Napoleón a Josefina. El ciclista español Eloy Teruel hizo todo lo contrario: celebró antes de tiempo la victoria en el Gran Tour de California. Una vuelta antes de terminar, Teruel se levantó en la silla de la bici pensando que había vencido cuando aún restaba todo un giro al circuito de Pasadena correspondiente a la séptima etapa. Exultante y confiado levantó los brazos al cielo y se dio varios golpes en el pecho mientras celebraba lo que creía era una importante victoria.

 

 

Sin embargo, cuando vio que el pelotón, lejos de frenar, se le acercaba más y más, la expresión del ciclista español viró al estupor. Al final, el inglés Bradley Wiggins fue el vencedor. Teruel concluyó la etapa en la posición 56. Un papelón.

 

 

En tren de lanzarse a la competencia infinita, a la conquista del espacio, concretamente del planeta Marte, ya que la Tierra, al parecer, no da para más, un argentino de 31 años, marplatense, integrará el plantel de audaces un tanto zarpados que viajará al planeta rojo en 2023. Felipe Campos Otamendi, así se llama, es técnico en alimentos en el Inti y padre de un chico de 11 años. El viaje será solamente de ida, ninguno de los organizadores se refiere al regreso, aunque sí se informa que según la velocidad que puede alcanzar hoy una nave espacial, la travesía podría durar unos 250 días, o un poco más. Lo que en verdad inquieta es que se trata de un viaje sin retorno, sin embargo, hubo más de doscientos mil interesados de distintos puntos del globo que se inscribieron para participar en el programa Mars One, que planea fundar una colonia humana en el planeta rojo. Luego de dos preselecciones, quedaron 705 aspirantes y uno de ellos es nuestro valiente compatriota. (¡Y pichón de colonialista!) Campos Otamendi se enteró del proyecto por las redes sociales, luego se informó de los detalles y se inscribió sin vacilar. Cuenta su experiencia como si estuviera planeando sus vacaciones y se define como un “aventurero”. Dice que le hubiera gustado ser uno de los marineros de Cristóbal Colón, o haber escalado el monte Everest. “Este proyecto se asemeja. Nos proponen colonizar un planeta –dice sin ningún tipo de complejo progre– y esto es histórico.”

 

 

 

 

Mientras algunos aspiran a abandonar para siempre nuestro baqueteado planeta (para 2050 los pronósticos son apocalípticos: el ártico se quedará sin hielo y la amazonia estallará en incendios múltiples), otros más optimistas apuestan a la utilización de las tecnologías de información y comunicación (TIC) y al comercio electrónico por parte de los sectores empresariales para que la competencia económica siga pum para arriba. Nosotros, entre el spleen que nos habita, la vaga resistencia y el temor, recordando aquello de que el miedo no es zonzo, apostamos a aquella frase imperdible del viejo y noble escribiente Bartleby, el del relato de Herman Melville, y dejamos a consideración del lector sus delicadas y por cierto poco inocentes palabras, aplicables a cualquier tiempo y lugar: “Preferiría no hacerlo”. Y con mucho respeto.