Actor, director y dramaturgo, el hombre mito pone su sólido prestigio a disposición de único y heroico destino: preservar su libertad y sublimar la existencia.

 

Si. Impone todo el respeto que uno puede creer que impone nada más que de verlo en la tele o en el cine. Norman Briski tiene esa presencia y mirada que hacen que a nadie se le ocurra tratarlo de otra manera que no sea de usted. Ni siquiera a sus vecinos de mesa en el bar que frecuenta, que casi lo emparejan en edad y podrían cometer la picardía de dejarse llevar por esa paridad y tutearlo. Le dirán que admiran su talento y que es un lujo tenerlo en el barrio. El barrio es Barracasm y el talento, indiscutible. 

 

 

–¿Por qué Barracas?

 

 

–Cuando vuelvo, decididamente busco el sur. Tiene que ver también con el taller que está en la calle México (N. de la R.: habla de su escuela y teatro, Calibán), pero es verdad que es una elección ideológica porque si me decían “che, vamos a vivir en Barrio Norte”, hubiese dicho que no. Debe ser una metáfora del norte, de Estados Unidos, del imperio que es el norte y el sur, que somos nosotros, andá a saber… Pero la decisión es clara, buscar algo por el sur.

 

 

–Hasta en una charla trivial sobre el barrio surge el tema del exilio. ¿En todo lo atraviesa?

 

 

–Es endémico, está incluido en la cotidianeidad. El exilio es muy marcador. Yo voy a un aeropuerto y ya siento un malestar, es así de automático. Haber estado preso desde un viernes hasta un lunes en la alcaldía también te marca mucho; los viernes en general hablo algo del tema, está presente sin duda. A mí el exilio me atraviesa en todo, desde la elección de un barrio para vivir hasta lo profesional.

 

 

–¿Cómo recuerda su infancia en Santa Fe?

 

 

–Viví ahí hasta el 47. El Paraná a mí me marca, cada 15 días estoy por allá, tengo una lancha, voy a pescar. Tengo una relación con el agua desde chico, fui campeón de natación. Y soy un gran nadador contra la corriente.

 

 

–¿Por deporte o porque nació así?

 

 

–Me parece que si hay alguna cosa con la verdad, con el cambio, con la revolución, es contra la corriente. Y yo tengo esa vocación. No es tanto que quiera, sino que me tiro al agua y empiezo a nadar para el otro lado. Soy contrera.

 

 

–¿Qué es Las 50 nereidas, su nueva obra?

 

 

–Siempre me cuesta contestar… Las nereidas son una invención de los hombres, sería como la idea de que los hombres inventaron la libertad, que la libertad nunca existió y los hombres la inventan y, al inventar la libertad, inventan las nereidas. Esa invención quiere tener su alternativa de vida propia cuando una de las nereidas cree que puede entrar en las conductas humanas, pero está la idea de no existencia, digamos: ¿cómo va a existir algo que no existe? Y el arte, las invenciones, son una tendencia a inventar algo que no existe. La discusión es si podemos o no podemos vivir de las ideas, y yo no sé, lo que tengo claro es que la invención es un ahuyentador de la muerte, como la emancipación; cada vez que queremos liberarnos de algo estamos ahuyentando a la muerte, no es que no nos vamos a morir, eso está clarito, es la intención, el vano entusiasmo. Yo, que soy tan ateo pero tan ateo, creo que la fe es una muy buena materia: ver adónde la estás poniendo. El trabajo del actor, por ejemplo, está basado en la fe de que yo soy Ramiro o Pedro y así, soy; pero hay otra fe que no sirve para nada, la fe de que el progresismo va a cambiar al país. Sucede que hay juegos con creer: llegás a tener hijos o tenés fe en que ese compañero o compañera es con quien vas a compartir tu cuerpo y tu vida y te mandás a esa aventura, pero ni habría que preocuparse por cómo termina, si sabemos que no hay ninguna luz al final del camino. Eso es ser ateo, y Las 50 nereidas es eso: la discusión de que podríamos llegar a existir y una vez que entrás en el existir ya entrás directamente en la nada pero con un entusiasmo bárbaro para llegar a, por lo menos, entrar.

 

 

–Enfatiza en su ateísmo. ¿Nunca tuvo ni siquiera la fantasía de creer en algo?

 

 

–Creo en las personas; creo que esta nota va a ser linda; creo que va a ir gente a ver la obra; creo en el amor en el sentido de una linda aventura, de personas que se entusiasman, no creo en el amor eterno, digamos. Con todo lo que sea eterno y una vida mejor, ya me pongo nervioso.

 

 

–¿Por qué?

 

 

–Y, porque le están inventando un delirio sistemático a la gente, le están diciendo “vas a tener una mejor vida”. Si hay otra vida mejor, está acá.

 

 

–En este acá, ¿se siente respetado por la gente, por sus pares? Es consciente de que impone un respeto en el otro, ¿no?

 

 

–Sí, querida, sí. Me doy cuenta de que todavía hay una sociedad que inventa esos espacios de prestigio y valores. Es como cuando era chico y lo veía a Alfredo Alcón, por ejemplo, que sería bueno recordarlo, porque era un tipo que estaba todo el tiempo desarmando esa posibilidad, pero no es tan fácil porque uno lo ve y tiene todas esas escenas en uno. Es como si me topara con Fangio… o con Bochini; si me cruzo con Bochini se entiende que yo lo miraría con cierta admiración y él me miraría como diciendo “no sé qué querés que te diga…”. Es muy probable que si yo parezco distinto a algo así es porque cuando estoy hablando de una cosa que escribí o de una cosa que actué, me agarra un poco de miedo.

 

 

–¿Miedo a qué?

 

 

–Muy bien, porque el tema es qué es lo temido. Lo temido es “no voy a saber qué decir”, es “me voy a olvidar”. Hay muchos miedos y yo no sé tanto de qué miedo se trata este. Miedo a que me estén mirando, miedo a que no estén mirando… y así sucesivamente. Uno no tiene una cabeza analítica, tiene una cabeza apasionada.

 

 

–¿Por eso usted no compone personajes sino que “asume roles”, según sus propias palabras?

 

 

–Sí, no hay nada que traiga más alegría. Para mí el placer más placer, incluso comparable con la sexualidad, es la idea de encarnar, estar viviendo la escena. Ese placer tan exquisito, que es muy difícil de compartir porque sólo los colegas pueden tener idea de lo que significa, se te pone adelante de cualquier otro juego. Hay que tener cuidado porque eso fue escrito para ser una escena y, de vez en cuando, vos lo corrés de la escena y lo metés en la cocina de tu casa.

 

 

–¿No es peligroso?

 

 

–Es mucho más peligrosa la representación. Ahí sí te ponés en peligro físico porque no estás viviendo, estás haciendo como si fueses Julián, pongamosle. Es “como si estuvieses queriendo al otro”; “como si estuvieses deseando su muerte”. Casi todos los directores dicen que el trabajo del actor es de un sufrimiento tremendo pero a ellos no los aplauden. No es que el aplauso me importe mucho, también hay que retirarse.

 

 

–¿Pensó en hacerlo?

 

 

–Yo nunca me retiro porque no me tiro. Yo entro y salgo porque no es mi único juego, tengo otros juegos que no puedo dejar de lado: ahora estoy haciendo una película que se llama Marena con muñequitos de un centímetro en mi taller y he tenido problemas muy serios porque me entusiasmo con ese juego y me olvido de otros. ¿Por qué tenemos que tener un solo juego? Me parece también que con la edad uno quiere entregar la antorcha y disfruta muchísimo viendo a los jóvenes empezar a jugar bien.

 

 

–¿Siempre tuvo la convicción de que iba a vivir de la actuación?

 

 

–Me parece que ahora es conveniente que crea que no voy a hacer otra cosa, me parece que ya está, pero con el exilio y el impedimento de trabajar en los canales, hubo varios momentos en los que tuve que hacer otras cosas. Creo que siempre conté con la capacidad de despojo y ahora tengo la suerte de trabajar de esto, pero no sé hasta cuándo será. Esto es un trámite, se viene Massa o se viene Scioli y nos vamos a cerrar otra llave más. Son momentos que uno cree que los arma uno y los está armando el social histórico. Hoy las cosas están aburridamente pacíficas para mi gusto. De todas maneras la paranoia te la tenés que agarrar de algún lado porque nadie te persigue. Pero yo sin paranoia, ¿qué hago?