La Marcha del Orgullo Gay en Miami convocó a cien mil personas de todo el mundo para vivir una alucinante fiesta de doce horas non stop. Ahí estuvimos, y así lo contamos.

 

Son las 12 del mediodía del domingo 13 de abril de 2014 y nuestros cuerpos están listos para un último round. Seis periodistas de distintas partes del mundo fuimos invitados a vivir cinco días de locura en Miami. Algo así como la película The Hangover en versión gay latina.

 

 

Un alemán, un español, un inglés, un canadiense, un neoyorquino y quien escribe, representando a Sudamérica, estamos embarcados en un tour de prensa destinado a probar las bondades de Miami como destino LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) predilecto en todo el mundo.

 

 

El trip, que incluye recorridos urbanos, degustaciones en restaurantes de lujo, una visita al impresionante Pérez Art Museum Miami (recientemente inaugurado y estandarte del mes de los museos, que transcurre en mayo en esa ciudad) y fiestas, muchas fiestas, concluye con el evento más esperado del viaje: la Miami Beach Gay Pride, algo similar a la Marcha del Orgullo que se celebra cada mes de noviembre en Buenos Aires, pero con algunas diferencias: arena blanca en lugar del cemento caliente de Avenida de Mayo, mar cristalino de fondo reemplazando al pasto de la plaza Congreso, Gloria Estefan como anfitriona en lugar de Sandra Mihanovich, drag queens salidos de Las Vegas (no, no hay travestis estilo trash) y gente de todo el mundo con la única misión de vivir un día de festejos. Es que esta parade, a diferencia de muchas otras que ocurren alrededor del globo, no tiene como objetivo el reclamode derechos para la comunidad LGBT, sino la celebración como premisa fundamental.

 

 

 

 

La fiesta arranca pasado el mediodía con un desfile de imponentes carrozas que circulan entre las calles 5 y la 15 de la Ocean Drive Street, a pocos metros de la playa, y termina a medianoche con un grandísimo despliegue de fuegos artificiales a orillas del mar. Esta parade, como toda la fiesta que le sigue, es absolutamente gratuita, abierta a todo el público y puede disfrutarse parado al borde de las vallas de contención con una cerveza de cinco dólares en la mano, o sentado en una de las privilegiadas mesas ubicadas a los costados, tomando una copa de Veuve Clicquot a un precio promedio de 300 dólares por persona. Todos, desde el que compra la cerveza barata hasta quien invierte en un champagne carísimo, la pasan igual de bien.

 

 

Una vez concluido el desfile, de aproximadamente dos horas y por el que Gloria Estefan se pasea a bordo de un Rolls-Royce vintage, la multitud se traslada a la playa, donde un enorme escenario, en el que tocan diferentes DJ y se presenta la misma Estefan con su grupo de baile, funciona como epicentro de esta impresionante marcha fiestera. 

 

 

Miami es una de las ciudades más gays del mundo, con 1.700 millones de dólares anuales generados por el turismo LGBT.

 

 

 

 

Todos bailan y agitan sus cuerpos al ritmo de la música pop hitera, sin mirar al de al lado ni preocuparse demasiado por qué dirán del propio aspecto. Hay gays típicos –musculosos y bronceados que lucen los speedos de rigor–, mulatas pulposas agitando las caderas como Beyoncé, familias homosexuales y parejas heterosexuales con y sin hijos bailando como si estuvieran en una kermesse escolar, drag queens de dos metros vestidas de gala, señoras de setenta años que disfrutan del espectáculo sin asombro y hasta representantes de comunidades religiosas que uno no sabe muy bien por qué están ahí. Pero están, y no molestan a nadie, y nadie los molesta. La tolerancia, ese día y en ese lugar, parece signar el espíritu de esta celebración, que puede ser una de las experiencias más divertidas que hayamos vivido, si somos capaces de dejar los prejuicios en el control de inmigraciones y disponernos a disfrutar de la fiesta más grande que auspicia la ciudad del sol.